Raquel

[Rāhel]. Esposa de Jacob (v.) y una de las más destacadas figuras feme­ninas de la Biblia (v.). Raquel no es, como Rebeca (v.), el hechicero símbolo del eter­no femenino, sino una conmovedora y hu­mana personificación del patetismo que emana de las criaturas en las que el amor, para triunfar, debe vencer mil humillantes y dolorosos obstáculos.

Por ello si Rebeca posee la mágica y casi irreal diafanidad de la visión y del sueño hasta llegar a parecer una criatura de abstracta fantasía, Raquel, por el contrario, es un ser concreto y vivo, sobre todo por el dolor que a la vez la tortura y la aureola. Su primera aparición, como bella pastora que apacienta sus rebaños y los lleva hacia un pozo en medio de los ricos pastos de Harran, en nada cede a la inolvidable presentación de Rebeca al dirigirse hacia la fuente de aque­lla misma ciudad.. Jacob, al verla, a pesar de que su situación de fugitivo apenas se presta a pensamientos amorosos, se siente súbitamente conquistado: sin lograr conte­nerse, «la besa, da un grito y rompe en sollozos». Siete años tendrá que servir al padre de la doncella para obtenerla como esposa, mas para su amor aquellos siete años son un precio casi irrisorio.

Lo que ocurre es que, cuando finalmente llega la noche de la boda, Labán (v.) cambia a Raquel por su hermana mayor, que jamás había tenido pretendientes, y Jacob tiene que servir otros siete años si quiere poseer a su amada. Jacob no vacila ni un momen­to, pero mientras tanto la estratagema pa­terna ha trazado ya en Raquel un primer surco de desilusión y de amargura. Poco más tarde, tras los primeros goces del -amor, Raquel descubre horrorizada que es estéril, y su vergüenza se agrava por con­traste con la feliz fecundidad de su her­mana. Desesperada casi hasta anhelar la muerte, Raquel ofrece una de sus esclavas a Jacob para obtener hijos de ella, pero Lía (v.), que no quiere ser derrotada, hace lo mismo antes de volver a su vez a dar nuevos hijos a Jacob. El Génesis (v.) re­cuerda con exactitud no exenta de cierta crueldad esa mezquina rivalidad como para dar con ella mayor realismo a la expresión de desconsuelo que refleja el bello rostro de Raquel.

Finalmente, tras varios años de celos y desavenencias, Raquel da a luz su primogénito, José. Pero la felicidad le sonríe por poco tiempo. Algunos años más tarde, mientras la caravana de Jacob atra­viesa el valle de Efrata en camino hacia Canaán, Raquel es súbitamente asaltada por nuevos dolores, y nace su segundo hijo Benjamín (v.), a quien ella sobrevive poco tiempo. Tal vez en aquellos últimos mo­mentos la consolaría la visión de otra jo­ven israelita que mil años más tarde habría de dar a luz, en aquel mismo valle, y entre el mismo inmóvil estupor de pastores y rebaños, pero esta vez con un parto prodi­giosamente feliz, al Redentor del mundo. Pero María era la mujer en quien el amor humano debía ser infinitamente trascendi­do por el amor divino, mientras Raquel debía quedar como en símbolo doloroso de los límites del amor terrestre, fatalmente incapaz incluso de poder mantener sus se­ductoras y demasiado sobrehumanas pro­mesas.

G. Falco