Pelo de Zanahoria

[Poil de carotte]. El niño de cabellos rojoamarillentos, amar­ga y doliente creación de Jules Renard (1864-1910), en la narración y en la co­media que llevan su nombre (v.), no es una figura convencional de pequeño már­tir, colmado de todas las virtudes.

El des­amor, y aun la aversión, de su madre y el abandono en que vive en medio de su fa­milia le han hecho casi malo, enseñándole a defenderse con mentiras y con pobres astucias. A pesar de algunas veleidades de rebelión, acepta su destino (« ¡No todos pueden ser huérfanos!»), consolado a veces por la ternura de su padrino, y sobre todo por algún breve abandono en su padre. Su mayor desventura es no saber mostrar la verdadera bondad de su corazón: incapacidad, torpeza o coacción infligida a su alma por la frialdad del ambiente. Así, más que una persona, es una melancólica visión de la vida y de la imposibilidad de expresarse que hace sufrir a ciertas almas, aun de las mejores, encerrándolas toda­vía más dolorosamente en sí mismas.

Pelo de Zanahoria — ya nadie, en su casa, sabe su verdadero nombre — es, pues, una acti­tud, un pliegue del espíritu: humilde y sin gracia, su figura viene a sumarse a las demás figuras del arte que expresan la inevitable pena de los hombres. En la co­media, más crecido y consciente, sufre también más, razona su desventura, pero logra vencer la congoja que le llevó casi a buscar la muerte, con la conquista final del afecto y las palabras de su padre. En el film de Julien Duvivier (1932), si bien el ambiente y el clima provinciano francés están admirablemente conservados, el alma del muchacho no es la que Renard pintara: la víctima inmaculada, dolor osa y trágica de la maldad materna; la insistente y ob­sesionante escena de su frustrado suicidio traiciona el espíritu del libro y del per­sonaje.

V. Lugli