Pellerin

Personaje de La educación sentimental (v.), de Gustave Flaubert (1821-1880). Encarna la figura del pintor desprovisto de todo talento artístico, pero rico de ambiciones no vulgares, de pala­brería y de teorías a la moda.

Tras haber leído todos los tratados de estética, conven­cido de que en ellos hallará la fórmula que habrá de permitirle lograr su obra maestra, Pellerin, a los cincuenta años, no había pintado más que algunos bocetos. Fe­derico Moreau (v.), que había ido a su estudio para solicitar lecciones de pintura, sólo ve dos grandes telas empezadas, «La locura de Nabucodonosor» y «Roma incen­diada por Nerón», aparte de numerosos caprichos a la pluma, a la manera de Callot, Rembrandt o Goya.

Las bestias negras de Pellerin, como las de todos los artistas a él parecidos, son los «burgueses», contra los cuales despotrica violentamente en el banquete en honor del comerciante Arnoux, en el baile de Rosannette (v.) y casi cada vez que aparece en la novela. A la propia Rosannette, cuyo retrato está pin­tando, no sin dejarse llevar por infinitas preocupaciones de «puesta en escena» to­talmente extrañas al arte, le contesta irritadamente que «el rojo de los pintores» es una cosa muy distinta del «rojo de los burgueses», aludiendo a que, en su retrato, ha pintado en rojo los cabellos castaños de aquélla, llevado por su ambición de imitar a Tiziano.

Intrigante y vanidoso, Pellerin asiste a todos los entierros y otros acontecimientos sociales de los que luego habrán de dar noticia los periodistas. Lla­mado por Federico para que retrate al niño recién muerto de Rosannette, no logra ha­cer otra cosa que una escandalosa orgía de colores. Tras el derrumbamiento de la mo­narquía de Luis Felipe, Pellerin se adhiere en seguida a la Segunda República y a las nuevas ideas y, para demostrarlo, pinta un cuadro simbólico, que luego adquiere el banquero Dambreuse, en el cual la Re­pública, bajo los rasgos de Jesucristo, con­duce una locomotora que atraviesa una selva virgen. Pero al fin nos enteramos de que abandona la «gran pintura» por un arte nuevo: la fotografía.

B. Dal Fabbro