Paulina

[Pauline]. Personaje de la tra­gedia Polieuctes (v.), de Pierre Corneille (1606-1684). «Resistió a las lágrimas de su esposa Paulina, y perdió su vida en el martirio».

Así se expresa la antigua histo­ria; esto es cuanto sabemos de ella. Pero bastó al poeta para fundar sobre el cristal de aquellas lágrimas la intriga y el signi­ficado de una de las obras más fuertes del teatro clásico francés. Corneille vio un sueño reflejado en una lágrima, vio en él consumirse a una mujer, toda ella terror y aprensión, en el misterio de una previ­sión capaz de corromper su cartesiana pru­dencia rodeándola de fantasmas y de som­bras… Y así Paulina se transfigura por el hechizo de la poesía. «El amor y el odio proceden del conocimiento», escribió Descartes (1596-1650).

La crítica, en efecto, quiso ver en la figura de Paulina, en su complejo e ininterrumpido «devenir» psico­lógico, una ilustración poética del aserto cartesiano: Paulina ama aquello que cono­ce, y cuanto más conoce, más ama. Y ama mejor lo que mejor conoce, o sea el ob­jeto que la razón le presenta como más digno. Si la poesía no se empeñase en contradecir, cada vez que se la pone en tela de juicio, a la razón y sus pruebas, ninguna figura de mujer podría conside­rarse nacida más puntualmente que la de Paulina para «demostrar» líricamente una proposición lógica en virtud de la cual una criatura tan enamorada puede cambiar el objeto de su amor sin desmerecer de sí misma y -— más sutil hazaña — sin cam­biar nada en sí ni de sí, de su verdadera esencia; el cambio de objeto no sería otra cosa sino el perfeccionamiento del sujeto amante.

En lugar de ello, se empieza por un ensueño. Éste es anterior al razona­miento, anterior a su perfección, anterior, por lo tanto, a las persuasiones cartesianas del propio Corneille; surgió como pura apa­riencia poética, como una sombra luminosa en la que se confunde la crudeza de los contornos revelados a la luz del día, di­fundiendo alrededor de las imágenes de la vida un sugestivo halo de aquel misterio que constituye su oculta y ardiente matriz. El nuevo objeto del amor, para la cas­tísima Paulina, nace misteriosamente en la sorpresa de un sueño: y es la verdad final­mente alcanzada en la que ella se trans­figura profundamente y vive, aunque su vida deba ser la muerte.

La esencia hu­mana se ha fundido en ella con la esencia poética: así también, en su figura se fun­den los motivos de una tragedia que, al primer brillo de una lágrima, de una lá­grima de mujer caída en vano, se ha ilu­minado con todos los reflejos del dolor y se ha desvanecido en la caricia del amor, cual suave viento que empuja y conduce la vida hasta los libres y altos espacios del cielo.

G. Veronesi