Paris

[Llamado también Alejan­dro], Hijo de Príamo (v.) que, al raptar a Elena (v.), provocó la gue­rra de Troya. La Riada (v.) alude sólo una vez, en el canto XXIV, al famoso jui­cio de las tres diosas, con el que Paris se granjeó el favor de Afrodita al mismo tiempo que el odio de Hera y de Atena.

Puede sospecharse que en tiempo de Ho­mero la leyenda del juicio no había sido todavía elaborada completamente, a pesar de aquella alusión, pero el problema no tiene aquí gran importancia. En cambio, interesa observar que Homero pasa por alto, además del juicio de Paris, la causa y el principio de la guerra, del mismo modo que no habla tampoco del final, del cual sólo anticipa el presentimiento para contemplar con un aspecto doloroso y re­signado las dos figuras capitales de Aquiles (v.) y Héctor (v.).

Respecto a los acon­tecimientos que han dado origen a la gue­rra, sólo aparece ocasionalmente un juicio reticente y apenas expresado, aunque su­ficiente para indicar la posición de Homero frente a su asunto, o sea la matanza gene­ral y la muerte de los héroes. Durante la batalla del canto V perece Fereclo, valiente artesano «que había construido a Paris aquellas excelentes naves, causantes de ma­les, que acarrearon la ruina a todos los troyanos y aun a él, que nada sabía de los divinos decretos». Homero no juzga jamás a sus personajes como se juzga a los hom­bres reales, ni siquiera los describe uno por uno, sino que deja que de vez en cuando cada uno de ellos actúe según su lógica, sin que el poeta intervenga con ningún comentario.

A pesar de todo, les impone una fisonomía coherente, creando figuras humanas a base del material que los mitos le brindan. El rápido juicio antes transcrito acerca de las naves es todo cuan­to Homero dice, en nombre propio, de la culpa de Paris. Por lo demás, éste es un campeón igual a los mejores, dotado de grandes virtudes, como no podía por menos de suceder desde el momento que los dio­ses se sirvieron de él para llevar a efecto sus designios; bello como un dios, como correspondía al hombre amado por Elena, y guerrero valeroso y fuerte, por cuanto el valor acompaña siempre a una alta po­sición social, y además hijo de un rey.

Pero estos rasgos no bastan a caracterizar por completo el Paris homérico: más allá de la narración imparcial e impersonal de la litada puede descubrirse una interpre­tación y una crítica personalísima del mito que Homero recrea a base de unos ideales muy concretos que se propone afirmar y enseñar. En el mito, Paris no sólo era el causante de la guerra, sino que tomaba personalmente gran parte en ella, mientras que Héctor quedaba en segundo plano, re­ducido tal vez a no ser más que una en­tre las oscuras víctimas de Aquiles. En la Ilíada, en cambio, se establece una con­traposición intencionada, y por lo mismo una comparación, entre los dos hermanos, en la que Héctor pasa a primer término como defensor principal de Troya y, al final, como personaje en quien se centra el interés poético.

En el famoso canto VI, en el que el presentimiento de la muerte de Héctor y de la ruina de Troya se con­vierte en certeza, los dos hermanos apa­recen dialogando, y a su lado se hallan sus mujeres, Elena y Andrómaca (v.). Héc­tor no pronuncia ni una palabra de censura contra Paris, a pesar de que éste perma­nece en su estancia durante los combates más peligrosos, y se limita a invitarle a que le siga al campo de batalla. Paris queda así subordinado a su hermano, in­cluso en sus relaciones personales. A con­tinuación, Paris se convierte en un perso­naje marginal, mientras Héctor pasa poco a poco a ser, con Aquiles^ el protagonista de toda la acción.

Homero no censura abiertamente al provocador de la guerra, pero su juicio queda a pesar de todo visi­blemente expresado por el hecho de de­jarle caer en la sombra. La poesía ulterior, inspirándose en Homero, interpretó este discreto silencio como una abierta conde­nación. La Odisea (v.) no habla de Paris, pero presupone su muerte, y los poemas del Ciclo épico griego (v.) referían proli­jamente la leyenda del juicio de las tres diosas, la muerte de Aquiles a manos de Paris y la muerte de Paris por obra de Filoctetes (v.). Sófocles y Eurípides dedi­caron sendas tragedias, perdidas ambas, a Paris: en la de Eurípides se recordaba el sueño de Hécuba (v.), la cual, antes del nacimiento de Paris, había soñado que daba a luz un tizón ardiente, por lo que, junta­mente con su esposo y para evitar el fu­nesto presagio, había decidido hacer morir al futuro infante.

En estas historias se afir­ma decididamente, según una moralidad más moderna, la responsabilidad de Paris. Más tarde, los mitos siguieron ampliándose y Paris se convirtió definitivamente en el tipo del vil egoísta. Así le vemos en Ho­racio, cuando en la profecía de Nereo (Odas, I, 15) dice: «En vano, orgulloso del favor de Venus, cuidarás de tu cabellera y entonarás cantos agradables a las mu­jeres…».

F. Codino