Pangloss

En el Cándido (v.), de Vol­taire (François-Marie Arouet, 1694-1778), es el preceptor de la joven Cunegunda, en el castillo del barón Thunder-ten-Tronck, en Westfalia, o dicho con mayor precisión, es su maestro de metafísico-teológico-cosmolonigología, o sea, en definitiva: la op­timista filosofía cuyas lecciones había de aprender Cándido (v.), con la buena fe propia de su carácter y de su época.

Pero tanto Cándido como Cunegunda estaban destinados a servir de material de expe­rimentación y a recorrer el mundo entero, poniendo a dura prueba las optimistas lec­ciones de su maestro. Éste, a su vez, aun­que víctima de no menores infortunios, no se rinde a la experiencia, por cuanto sus desventuras — meras combinaciones de circunstancias fortuitas — no tienen perso­nalidad ni le impiden seguir juzgando im­pertérritamente su propio destino. ¿Hu­biera acaso podido hacer algo mejor que considerarlas a la luz del más obstinado optimismo? «Está demostrado — dice — que las cosas sólo pueden ser como son, ya que, puesto que todo está ordenado a un fin, este fin es también el mejor.

Así, fijaos que, como las narices están hechas para llevar anteojos, se han inventado los anteojos», etc. De aventura en aventura se ve nada menos que ahorcado y, al parecer, sin otra vida que el recuerdo que de él pueda guar­dar su fiel discípulo; pero éste le halla tiempo después, aunque más de hueso que de carne, remando en una galera. Cándido, después de libertarle, no puede por menos que plantearle sus dudas. En el curso de tantas vicisitudes, le pregunta: « ¿Habéis siempre seguido creyendo que todo iba del mejor modo posible en el mejor de los mundos posibles?» «Sigo creyéndolo — res­ponde el doctor—, ya que, a fin de cuen­tas, soy filósofo y no puedo desdecirme». En esta frase, prescindiendo de las que siguen, se encierra el retrato de Pangloss.

R. Franchi