Pablo

[Paul]. Personaje de la novela Pablo y Virginia (v.) de Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre (1737-1814). Dulce y servicial con su madre y con la de Virginia (v.), sonriente con todos, dispuesto a partirse el pan con los necesitados y a encargarse de cualquier tarea para aliviar el sufrimiento ajeno, dotado desde su in­fancia de un sentido de justicia que es su rasgo más característico, Pablo, -si hoy des­embarcásemos en su isla, nos resultaría inmediatamente familiar por su sonrisa leal, por su modo a la vez ingenuo y penetrante de mirarnos, y por la alegría que exhalaría su rostro.

Tras la partida de Virginia, a cuya vera había convivido durante tantos años de juegos, excursiones, vicisitudes y esperanzas comunes, la melancolía oscure­ció su noble rostro impulsándole a largas caminatas solitarias por las selvas, durante las cuales confía su pena a los árboles y al cielo. Se nos ocurre que la joven hubiera debido resistir más, y huir a los bosques para no emprender su desdichado viaje y no logramos olvidar que, por el contrario, se avino a él, siquiera fuera con resignado dolor, en aras del pretendido bien de Pablo y de las madres de ambos. Pero Pablo no habría jamás dicho que sí, ni aun a media voz: para hacerle embarcar, hubieran de­bido encadenarle o darle muerte. A la in­justicia hubiese reaccionado con la fuerza, y hubiéramos visto su mansedumbre transformarse en la exasperada violencia de una fiera.

Al reconocer en él, extremadas y por lo mismo alejadas de nuestras im­perfectas existencias, algunas de las virtudes que quisiéramos ver cundir entre la especie humana, nos sentimos impulsados a participar en su destino de personaje novelesco. Hasta el último momento, nos nega­mos a creer en el naufragio, esperando que Pablo se salve. Quisiéramos que el mar se calmase y Pablo pudiera llegar a la nave; que subiera a ella ágil y seguro y volviera a bajar llevando en sus brazos a una Vir­ginia pálida pero viviente. No sucedió así. Lo mejor para nuestro héroe era la muerte: el destino, al dársela, nos parece haberse compadecido de él.

G. Falco