Oberón

Christoph Martin Wieland (1733-1813) utilizó la figura de Oberón en el poema de este nombre (v.), que une la fantasía shakespeariana con un romanticismo clasicizante.

Oberon aparece por primera vez en la puerta de oro de un castillo «que parece tejido de ocaso y se eleva brillante en el aire», guiando un carro tirado por leopardos. Su aspecto es el del dios del amor, el del niño que salió del regazo de Venus, dotado con el poder de dominar y trastornar la Naturaleza. Aparece, pues, como una potencia extraña: como un nórdico rey de las hadas y de los elfos encarnado bajo rasgos clásicos, potente dominador de los elementos, que en una ulterior apari­ción asume el aspecto de un «ángel recién nacido», «apoyado en un lirio» y llevando «pendiente de su flanco un cuerno de mar­fil».

Es muy bello, pero su mirada irritada causa pavor a quienes la contemplan. Hay en él una parte humana y bondadosa a la par que un misterio demoníaco y tenebroso, que le hace implacable juez y señor de los huracanes. Su bastón de mando, em­pero, es decir, su varita mágica, es el lirio, símbolo de la purera de costumbres. En efecto, a diferencia del dios pagano del amor, el Oberón de Wieland es el pro­tector de los amores virtuosos. Aparece y desaparece mágicamente como un geniecillo caprichoso y ligero y es una fuerza omni­presente e incaptable, como la misma vir­tud, tan difícil de encarnar.

Su ira es justicia, y enseña a los hombres el camino de la expiación. Sin embargo, su humana comprensión les ayuda a redimirse. No sólo continúa los caprichos del Oberón shakespeariano, sino que sigue una línea de conducta clara y precisa como conviene a una moral iluminista, que combate las debi­lidades y las pasiones y exige del hombre una perfección que constituya un fin en sí misma. Oberón encarna perfectamente con ello la formación de su autor, versátil y dúctil, cosmopolita y volteriano. No tie­ne la pesadez del gnomo, tal como lo entiende la poesía popular alemana, que ve en esta especie de enano, unas veces bené­volo y otras maligno, un ser mucho más grosero que aquel sutil espíritu surgido de la fantasía irlandesa y francesa.

Tampoco se halla indisolublemente ligado a la natu­raleza, como el «Kobold»: por el contrario, Oberón se emancipa de ella y la supera. No le faltan rasgos típicos de su intrínseco origen inglés, o sea las características de la filosofía de Shaftesbury, en cuanto la conquista de la virtud se identifica con la felicidad. En rigor, nadie es más feliz que Oberón, cuando ve a sus protegidos, a quie­nes ha tenido que someter a duras prue­bas, reunidos y felices en la corte de Pa­rís. En suma, es un espíritu impregnado de profunda humanidad, que sabe sacar par­tido del mundo tal como es y, sin perder la confianza y el optimismo, sabe encon­trar en él el bien y la felicidad.

G. F. Ajroldi