Soldado finlandés inmortalizado por Johan Ludvig Runeberg (1804- 1877) en Cuentos del Alférez Stal (v.). Munter, en el breve poema épico que lleva su nombre, ha muerto ya, y su figura es evocada por el ingenuo y conmovido discurso fúnebre que un viejo cabo pronuncia sobre su tumba.
Descendiente de una estirpe de soldados que jamás pasaron de las más bajas graduaciones, Munter había nacido para la guerra. Hombre de pocas palabras, pero que siempre daban en el blanco, estaba hecho para obrar y no para bravuconear. Leal, sereno, bueno como un niño, a pesar de sus cabellos grises, Munter combate porque es su deber, aunque apenas siente odio hacia el enemigo. Así se dibuja, a través de las sencillas palabras de su camarada, la figura ideal del soldado finés, de infinita paciencia y de absoluta lealtad, íntimamente sostenido por una fe en la que se funden el sentido moral y el sentido patriótico.
Cuando la granada fatal cae en la sala del Consejo supremo, Munter instintivamente la agarra con sus manos habituadas al fuego y se la lleva fuera: allí el artefacto explota y le da muerte. Después del discurso del cabo, unas pocas palabras del general que preside el acto bastan para caracterizar la figura de Munter con la lapidaria fórmula: «Era un finés».
T. Tuulio

