Millamant

[Mrs. Millamant]. Heroína de la comedia Así anda el mundo (v.) de William Congreve (1670-1729), presenta un carácter de complejidad verdaderamente moderna.

Caprichosa y ligera, amante de preciosismos y agudezas, avara de su afee- to y ansiosa de verse adorada y cortejada, impertinente y voluble, enamorada del lu­jo y de la vida independiente, Mrs. Millamant tiene gran inclinación por las rarezas y el ocio, odia el campo y todo cuanto a él se refiere, pero tampoco parece dema­siado entusiasta de la ciudad ni de los ga­lanes que la frecuentan. Sin embargo, esta actitud, que podría parecer fruto de un me­ro preciosismo dieciochesco entreverado de rasgos sentimentales, tiene una realidad que rebasa todas las apariencias y revela en Mrs. Millamant una enfermedad psíquica, aunque ligera, una especie de embriaguez cerebral sutil y mal cuidada.

Su aspecto soñoliento y perezoso es a veces algo más que una «pose»: tras él se adivina un can­sancio del alma y algo así como un opaco vuelo de los instintos en un vacío interno que la aproxima a una figura más digna de Dostoievski que de Marivaux. Basta pensar en algunas de sus risotadas histé­ricas o en algunos de sus arranques de in­diferente crueldad para con Mirabell, que son muy distintos de las habituales velei­dades de los enamorados. Mrs. Millamant lleva la ironía hasta el cinismo, sin res­petar siquiera la ingenuidad y la poesía de su propio amor. Su feminidad la impulsa a ceder y a abandonarse a la personalidad más robusta y varonil del enamorado («Si Mirabell no hubiera de ser un buen ma­rido — confiesa a su amiga —, estaría per­dida, porque me doy cuenta de que le amo con violencia»).

Y sin embargo le tor­tura y se ríe de él y no le oculta la re­pugnancia con que considera el pensamien­to de una futura maternidad. Le exaspera y le induce a romper su afecto, pero al mismo tiempo se ríe de su incapacidad por olvidarla («¿Qué no daríais por poder de­jar de amarme?»). Y por su parte recono­ce que también es incapaz de romper aquel lazo, ya que ambos están «enfermos el uno del otro». Es, pues, sincera cuando dice que le ama, pero lo es también cuando con­fiesa que «le gusta hacerle daño». Su pa­sión es completamente moderna, por cuan­to, surgida del corazón, intoxica el cerebro y se esteriliza en la vacuidad del juego y de la intriga.

N. D’Agostino