Menelao

Hermano de Aga­menón (v.) y marido de Elena (v.). La gran alianza de los reyes y pueblos del mundo griego contra Troya se proponía recobrar a Elena y castigar a Paris (v.), su raptor. E

n la Ilíada (v.), el rapto de Ele­na es asimismo la causa de la guerra de Troya, pero Homero no asigna a Menelao el principal papel que cabría esperar. Me­nelao posee, ciertamente, todos los ras­gos que en la épica antigua no pueden fal­tar a un gran rey, pero no tiene el mando de la expedición, que ostenta su hermano, ni la superioridad física en el campo de batalla, que corresponde sin discusión a Aquiles. Homero no quiere presentar la guerra de Troya como un duelo grandioso alrededor de Elena y por lo mismo deja deliberadamente a un lado la causa y el principio de la expedición, y termina su relato mucho antes de la caída de la ciu­dad.

El argumento de la Ilíada no es más que un episodio de la guerra, y sus prin­cipales personajes — Aquiles (v.), Patroclo (v.) y Héctor (v.)—son precisamente los menos interesados en el rapto de Elena. La Ilíada es pues el poema de quienes más o menos explícitamente condenan la guerra y mueren después de haber protestado con­tra los responsables. Homero no interviene personalmente para juzgar la oposición en­tre el mundo de los jefes y el de los combatientes, pero la propia estructura del poema lleva a las figuras más generosas a afirmarse al final, en la conmovida ce­lebración que en los últimos cantos une a los muertos, Patroclo y Héctor, con los que van a morir, esto es, Aquiles y los troyanos.

De los causantes de la guerra no se vuelve a hablar, pero su desaparición sig­nifica una condenación solemne y severa para quien se mantiene ajeno a los epi­sodios de generoso furor y de humana pie­dad con que termina el poema. Cierto es que Menelao, como Agamenón o como Paris, da en el campo de batalla pruebas de ex­celente valor: así en su duelo con Paris, en el canto III, o en la defensa del cadá­ver de Patroclo, en el canto XVII; pero en sus relaciones con los demás héroes aparece vacilante y reflexivo. Homero no describe a sus personajes, limitándose a dejarles actuar y a que de sus relaciones resulten las proporciones individuales de cada uno. La posición de Menelao en la sociedad homérica viene ya indicada por su dependencia con respecto a su hermano; como orador, es más reservado y menos hábil que Ulises (canto III).

Es la víctima elegida por Pándaro (v.) en el atentado que rompe la tregua y enciende de nuevo las hostilidades (canto IV). En esta su ín­tima debilidad, Menelao guarda cierta se­mejanza con su adversario, Paris. Los lí­mites de uno y otro, como los del propio Agamenón, han sido fijados por el propio Homero para dejar al margen de la ac­ción a los responsables y jefes de la gue­rra y dejar paso a los nuevos y más ge­nerosos héroes. En la Odisea (v.), que tra­ta de la época en que la guerra pertenece ya al pasado, Menelao vive en su casa con Elena, y parece hallarse más a su sabor en una sociedad dedicada a las artes de la paz.

Su corte es soberbia, pero sus sentimientos distan mucho de los que co­rresponden a un rey vencedor y feliz: Menelao, por el contrario, recuerda con nostalgia a sus compañeros y llora a los muertos. En su persona se expresa el ideal de la vida larga y tranquila y la prefe­rencia, que reina en toda la Odisea, por las artes del ingenio antes que por las de la guerra. De Menelao puede decirse, según el elogio de Elena, que no le falta ninguna excelencia «ni de la mente ni de la persona». Pero una vez más, en la Odi­sea, Menelao no domina por sí solo la es­cena; tanto en su hospitalaria acogida a Telémaco cuanto en el ejercicio de sus po­deres reales, tiene siempre a su lado a Elena, que con su hechizo parece acaparar la atención del poeta.

La poesía posterior acentuó aún las discretas reservas de Ho­mero. Sófocles, en su Ayax (v.), asigna a Menelao el odioso papel de rey egoísta que quiere impedir, en oposición a Teucro, que Ayax sea sepultado. En el drama so­bre la debilidad de los hombres, su pre­tensión aparece como un abuso y una mez­quina interpretación de sus privilegios. La intervención de Ulises, en nombre de una visión iluminada y generosa de lo aconte­cido, triunfa finalmente de su arbitrariedad. En distintas tragedias de Eurípides, Mene- lao se halla en postura todavía menos ha­lagüeña. En Las Troyanas (v.) se trata, entre otros episodios, de su encuentro con Elena después de la caída de Troya.

Fren­te a su mujer, Menelao parece decidido a la mayor severidad, según una nueva ver­sión del mito, que haría de él una figura de insólita energía, si precisamente la no­vedad de su comportamiento en una le­yenda de todos conocida no debiese hacer sospechar la hipocresía y el disimulo. En la Elena (v.), Menelao aparece una vez más en actitud pasiva frente a los acontecimien tos inesperados, recurriendo a la guía de Elena, cuyo valor y astucia predominan en todo el drama. En éste, la oposición entre el afán de venganza del marido que se cree traicionado y la real inocencia de Elena, ante la cual Menelao se halla enfrentado en la más inesperada forma, acaba arras­trando a situaciones ridículas al sorprendido y desorientado héroe. Estos límites, más o menos acentuados, definieron el carácter de Menelao en la literatura griega y latina posterior.

F. Codino