[Mathilde de La Mole]. Importante personaje femenino de la novela Rojo y Negro (v.) de Stendhal (Henri Bey le, 1783-1842), donde aparece como segunda amante, y finalmente esposa, de Julián Sorel (v.). Su figura orgullosa, altanera y autoritaria contrasta con la suave y humilde de la señora de Rénal (v.).
Nacida de una de las ilustres familias de Francia, Matilde de la Mole no logra satisfacer las ansias de su vivo espíritu y de su inquieta inteligencia en los salones del aristocrático Faubourg Saint-Germain de París. La revelación, para ella lo mismo que para la señora de Rénal, aunque de modo distinto, habrá de ser Julián Sorel, secretario de su padre: su persona, sus juicios, su tono, su estudiada frialdad e incluso su exagerada indiferencia, le darán por primera vez la idea de lo que es un hombre verdadero y le harán pensar en el amor. Antes de abandonarse totalmente a éste, Matilde sostiene una larga lucha con su orgullo, en la que alternan los arrebatos de apasionado amor con la más desdeñosa displicencia.
El orgullo es para Matilde lo mismo que el fervor religioso y el sentido del deber habían sido para la señora de Rénal; ¿acaso Matilde, que tan devoto culto rinde a su antepasado Bonifacio de La Mole, amante de Margarita de Valois, decapitado en 1574, no teme de vez en cuando envilecerse al lado de un hombre de tan humilde extracción como Julián? Pero una vez vencida, cuando en su alma enérgica haya desaparecido toda huella de repulsión y de arrepentimiento, ¿acaso no la complacerá que su Julián trueque su plebeyo apellido por el noble de señor de La Vernaye, oficial de húsares? También en el amor de Julián desempeña un papel la vanidad de semejante conquista: le parece, y goza en ello, que «estrecha entre sus brazos a una reina».
Y verdaderamente Matilde, con su altivo porte, su bella cabellera rubia y sus grandes ojos azules, tiene algo de regio, por más que, cuando aquél debe morir, se muestre tan sencilla, tan humana y tan enamorada. La joven marquesa no ha vacilado en elegir el más humilde disfraz, a condición de poder llegar a la celda del hombre amado; y se acordará del blasón de los La Mole cuando, como Margarita de Valois, luego de muerto su amante, mandará recoger y enterrar la cabeza de éste. Al hacer semejante gesto, su firmeza no vacila y sus ojos no derraman lágrimas: mientras renueva la antigua página de historia familiar, tan conocida y tan amada, aquel anhelo romántico por un recuerdo se transforma en virtud que frente a la muerte ha sabido demostrar su temple.
G. Falco

