[Mattia Pascal]. Protagonista y «deus ex machina» de El difunto Matías Pascal (v.) de L. Pirandello (1867- 1936), en el cual hallamos el más característico ejemplar de los personajes pirandelianos más famosos y discutidos a lo largo de la fantasía dramática o narrativa de ese escritor.
Vinculado todavía por más de un motivo al arte naturalista de los Cuentos para un año (v.), Pascal pertenece ya, con toda la sustancia de su aventura y la complejidad o complicaciones de su carácter, a la problemática que Pirandello había de desarrollar más tarde con tanta insistencia: en rigor, puede afirmarse que con Matías Pascal se inicia el personaje-tipo de Pirandello. Sus aspectos naturalistas predominan en la primera parte de la obra, cuando Pascal limita su drama a las penas de la miseria y de un matrimonio desdichado, y sueña continuamente en «evadirse» como una Madame Bovary (v. Emma Bovary) cambiada de sexo y trasladada a Sicilia.
Pero ya la referencia de cada uno de los episodios vividos y de todos los sentimientos, entre las deformaciones lógicas de una mente atormentada y fría, prepara los sucesivos desarrollos. La fuga a América, la etapa en Montecarlo, el prodigioso éxito y luego, durante el regreso, la portentosa noticia de su propio «suicidio» descubierto en su pueblo, constituyen la base novelesca del tema fundamental que se inicia. Tenido por muerto, Pascal, que de improviso ha ganado una fortuna, intenta huir para siempre de las tiranías sociales, de las costumbres y de las leyes, del mismo modo que se halla fuera del registro civil, llevando una existencia de viajes y de contemplación, bajo su nueva personalidad de hombre sin nombre, libre de convenciones y cerrado a los errores que de éstas derivan.
No es todavía un espectro: es más bien, diríamos, el hombre aislado de Rousseau o el Robinson (v.) de una isla desierta creada por su extraña situación en medio de la vida de todo el mundo. Pero Pascal, el difunto Matías Pascal, de pronto se enamora y cobra afecto a personas a quienes quisiera defender contra otras que solapadamente intentan atacarlas; en una palabra, vuelve a vivir entre los hombres, y la falta de un nombre le impide la vida. Más allá de la situación en sí misma, interesan entonces los continuos movimientos del personaje, cuya derrota final, después de una vana tentativa de regreso a su pueblo (su esposa, creyéndole muerto, ha contraído nuevas nupcias, ha tenido hijos de este nuevo matrimonio, y Pascal renuncia por ello a todo derecho a volver a ser quien fue), coincide con el abandono a su papel de espectador.
Las razones pesimistas y los motivos grotescos se entrelazan cada vez más, en una mescolanza completamente pirandeliana. Indudablemente, Pascal no es un «carácter», por cuanto el juego de los símbolos domina demasiado en él; no es tampoco un personaje de significación universal, porque su vida interior es en exceso sibilina y sofística; pero sí es una figura absolutamente representativa de la inspiración que en la madurez de Pirandello había de desplegarse con la tenacidad y los ecos que tan fuertemente anclan su arte en la cultura contemporánea, entre «la poesía» y «el pensamiento».
G. Ferrata

