[Māttithyāh]. La historia de Matatías, padre de los cinco hermanos Macabeos (v., y v. Macabeos), representa el reverso del helenismo. En él, el rostro de la belleza griega se deforma en máscara diabólica a trasladarse al país de la verdad; los armoniosos gritos de Fidias y de Teócrito son «la abominación de la desolación» en el Templo de Israel, y a los himnos helénicos responde otra poesía: «Hubo gran llanto en Israel y en todo el país.
Los príncipes y los ancianos gimieron, y los jóvenes y las muchachas fueron abatidos, y se marchitó la belleza de las mujeres. Llevaron luto los recién casados y las esposas lloraban sentadas en su lecho nupcial». La persecución de Antíoco hacía estragos: «ante las puertas de las casas y por las plazas quemaban incienso, y ofrecían sacrificios, y arrojaban al fuego los libros de la ley de Dios, después de haberlos rasgado». El mundo griego nacía en la sangre «y las mujeres que habían circuncidado a sus hijos eran llevadas a la muerte, con éstos suspendidos a su cuello, según la orden del rey Antíoco». Matatías surge en aquel doloroso abandono como el consuelo viviente de Israel: mata al mensajero real que le invitaba a la apostasía, mata al judío que allí mismo ante sus ojos había ofrecido incienso a los dioses, derriba el ara y huye a la montaña diciendo: «Quien quiera observar celosamente la ley y mantener la Alianza, sígame». El Templo estaba desierto; el ejército de Matatías fue el Templo viviente de las montañas, terrible e inviolable como el Tabernáculo de Moisés (v.)
A su alrededor todo está vivo, almas y cuerpos; todo está claro; en sus acciones no hay el misterio de escándalo que nos hace vacilar frente a otros héroes, como Jael (v.) o aun el propio David (v.). De entre la sociedad religiosa, ahora teñida de fariseísmo, Matatías se eleva con la decisión de una alma moderna. Yendo más allá de la letra de la Ley, prefiere combatir el sábado a seguir a los mil ortodoxos que por1‘ respeto a la fiesta se dejaron asesinar «sin arrojar ni una piedra contra los enemigos, ni cerrar siquiera la entrada de sus escondrijos». El tesoro que tiene que defender vale demasiado, ya que es Dios y la Ley, para que él pueda gozar del martirio.
En ello consiste su diferencia inmensa con respecto a los héroes de Roma, de Grecia y de Italia: «Matatías rodeó el lugar con sus compañeros y derribaron los altares, circuncidaron a los niños incircuncisos… y no dejaron triunfar al pecador». ¿Qué es el pecado en la historia de los héroes? Tal vez nada, tal vez su gloria. Matatías sólo persigue el pecado, sus armas y sus hombres combaten visiblemente el pecado: la vida que llevan, en la historia y en las estepas, es la vida interior de todo hombre. Los griegos de Antíoco dirán que es la guerra; él la llamará tentación, ya que sus ojos profundos contemplan las cosas a infinita distancia desde el lugar donde Antíoco Epífanes no es más que un pecador y donde el abstracto rollo de la Ley se convierte en viva realidad del Verbo y en razón divina de su vida.
P. De Benedetti

