Marqués de Posa

Personaje de Don Carlos (v.), de Friedrich Schiller (1759- 1805), que se destaca del tenebroso fondo de la corte de Felipe II de España como el genio de la libertad. Adorado, desde sus años mozos, por el Infante don Carlos (v.), éste entonces no le inspiraba, en cambio, otro afecto que el estricto y frío respeto que se le debía como hijo de rey.

Pero el homenaje de un sacrificio de sangre traslada ese respeto al plano de una recí­proca y para siempre jurada amistad. Pa­sarán los años, y el marqués se hará fa­moso por sus grandes hechos, de los que, sin embargo, no pide recompensa, ya que le causaría demasiada repugnancia recibir, por ellos, honores y cargos cortesanos. Personalmente, cree que el Príncipe ha de res­catar un día de las tinieblas de la Inqui­sición a todos los pueblos del vasto im­perio en cuyos territorios jamás se ponía el sol. Noticioso de su valor y de su mo­destia, Felipe le llama junto a sí, o, me­jor, cual nuevo Diógenes, busca y encuen­tra en él al Hombre, y la confianza de que le hace objeto parece no deba tener lí­mites.

El marqués de Posa emplea un len­guaje desconocido en la corte: «Si reba­jáis en los demás el nivel de la dignidad humana, ¿cómo pretendéis que alguien pue­da, siquiera sea por un momento, sentir al unísono con vos?». Tales palabras con­mueven al rey, hasta el punto de hacerle desear profundas transformaciones. Y así, Rodrigo de Posa adquiere nuevos bríos, y actúa totalmente de acuerdo con su propia personalidad: por el bien de los pueblos y por la gloria del Infante encaminada a tan buen fin, debe obstaculizar hasta con el uso maquiavélico de la traición los proyectos que el Rey abriga de acuerdo con su antiguo y fundamental programa, aun cuando dejando siempre a salvo, con sus palabras y actos, el respeto al hombre.

Este juego, que las circunstancias exigen temerario, le pierde, y acarrea también la ruina del Príncipe. Con todo, su muerte roba la paz al monarca, quien dirigién­dose a Dios con palabras delirantes excla­ma: «Devolvedme aquel muerto. Opinaba mal de mí y murió. Me es- preciso tenerle. Debe pensar mejor acerca de mí». Así se cumple el alto destino del marqués de Posa: encender en el alma de Felipe la chispa de una duda, de una nostalgia hu­mana y de una íntima revolución, aun cuando inmediatamente venga a extinguirla el respeto a una preestablecida e inquebran­table idea del deber.

En efecto, y no sin repugnancia, Felipe abandona también a su hijo a la justicia del gran Inquisidor. Dice éste: «Ante la fe no existe la voz de la naturaleza», y cede el monarca, víctima a su vez del trágico lazo que le arrebató al marqués, y que, a no tardar mucho, hará igualmente con el Infante. Sin embargo, la figura de Rodrigo, marqués de Posa, destaca, en el poema dramático de Schiller, sobre todas las demás.

R. Franchi