El Marqués de Priola

[Le marquis de Priola]. Apuesto, elegantísimo, con «ojos de ave de presa», con «pupilas de gavilán», lleno de experiencia, fascinador, aunque ya no joven, temido, adorado, fal­to de escrúpulos y audaz: tal es el pro­tagonista de la comedia de su mismo nom­bre (v.), de Henri Lavedan (1859-1940), que en los salones parisienses y en su casa repleta de bellos muebles y brocados di­funde su centelleante dialéctica amorosa entre las incautas damas que acuden a visitarle, un viejo amigo que le escucha con admiración, y su único discípulo, un hijo, que le escucha mal de su grado.

El marqués de Priola, que profesa un pro­pio y cínico credo según el cual no hay en el mundo más que enemigos, amantes y siervos, es, a pesar de todo, un infeliz, por cuanto su árido corazón no conoce afectos, a no ser para aquel hijo que ha descubierto con horror su pecaminoso ori­gen, tras haber rechazado el demoníaco adiestramiento en el libertinaje. Su funesta seducción reside en el aire de seguridad que, para el mundo, lleva escrito en sus fa­tales ojos; en la opinión, ratificada por los hechos, de que todas las mujeres han de ser presa de su capricho; en la simulada fuerza que tiene su origen en la debili­dad ajena; y en la precisión punzante y amarga de las palabras que una experiencia cada vez más dominada, sagaz y total brin­da a su maligno temperamento.

La más­cara del autor, tan perfecta en las varias actitudes de un único juego perverso, se completa y refina. El hábito de esta fatiga escénica crea en el espíritu del viejo li­bertino una opinión de invencibilidad, que el tiempo debería compartir y respetar. Cruel enemiga, la parálisis progresiva le acecha tras una derrota que, con sus acos­tumbradas artes, trataba de transformar en victoria, y que quizá hubiera conseguido cambiar, por lo menos, en un medio desastre; sin embargo, su espíritu de invencible triunfador se ve ahora superado por la naturaleza. Tal vez por largo tiempo de­berá aguardar, inmóvil, con la mirada apa­gada, vencido en todas sus artes, pero con la mente todavía viva, un ocaso mucho más angustioso que la misma muerte.

G. Falco