María Estuardo

[Mary Stuart]. En las reencarnaciones artísticas del personaje histórico de la reina de Escocia pueden fácilmente distinguirse dos categorías prin­cipales. La primera, integrada por obras (la mayoría dramáticas) no muy posteriores a los acontecimientos, considera a María Estuardo como exponente de una fe reli­giosa, y la convierte en un símbolo de la lucha entre el Catolicismo y el Protestan­tismo.

Salvo pocas excepciones, se trata de autores de países católicos que ensalzan a la reina de Escocia como una mártir ávida, en la sublimidad de su ardor religioso, de derramar su propia sangre por la fe; tal es, por ejemplo, la Estuardo protagonista de La reina de Escocia, de Federiço della Valle (1565?-1629?), así como también la de María Estuardo, la reina mártir (1646), del gran poeta católico holandés Joost van den Vondel (1587-1679), y aun la que inspiró el poema de Félix Lope de Vega Carpió (1562- 1635), La corona trágica (1627) y otras obras menores de los siglos XVII y XVIII (v., para todas ellas, María Estuardo). En lugar apar­te queda la María Estuardo de Vittorio Al- fieri (1749-1803), quien concibió a la reina de Escocia como una criatura pura y dé­bil dominada por sus consejeros.

La María Estuardo de Schiller inaugura el segundo de los grupos principales: en lugar de una mujer extenuada por veinte años de cau­tiverio, el autor nos presenta a una criatura en la plenitud de su belleza, que experi­menta y provoca violentas pasiones, que ha pecado y se ha manchado con infames delitos, y, no obstante, mantiene su pu­reza de espíritu aun en la culpa; se trata de una concepción romántica que exhala una seducción fatal, de la que es víctima, entre otros, el apasionado Mortimer (v.), quien se halla pronto a arrostrar cualquier tortura en favor de la reina. Tales motivos aparecen totalmente desarrollados por Swin­burne (1837-1909) en la trilogía Chastelard (v.), Bothwell y María Estuardo, en la que analiza minuciosamente el carácter de la reina, y, en el personaje de Chastelard, presenta a un Mortimer más complejo y atormentado.

En el transcurso de la trilo­gía de Swinburne, el carácter de María Estuardo sufre una notable evolución. En Chastelard, la soberana es la mujer fatal por excelencia, un tipo creado por la ín­tima sensualidad del poeta, sin respeto alguno a la verdad histórica: es presen­tada cual la quiere Chastelard, o sea el mismo poeta, reflejado en este personaje; a tal monstruo se aplica precisamente, de una manera simbólica, el pasaje del libro de viajes que apareció bajo el nombre de sir John Mandeville (siglo XIV), adoptado como lema: «Otra isla existe en la parte septentrional del mar Océano, donde mo­ran mujeres de carácter muy cruel y mal­vado; y éstas tienen piedras preciosas en los ojos, y son de una tal especie que si mi­ran a un hombre le matan inmediatamente con sus miradas, como hace el basilisco».

La María Estuardo de Chastelard es fría; no sabe llorar, sino que más bien se com­place en ver sufrir: es un verdadero vam­piro. Chastelard quisiera obtener de ella que se le entregara al precio de su vida: «Hubiese querido entregar su cuerpo a la muerte tras haber abrazado el mío. Ahora, y Dios lo sabe, no tengo ningún hombre dis­puesto a ofrecer una sola gota de su san­gre para alimentar con ella mi belleza, ni aun cuando hubiera de descender pálida a mi tumba por falta de sangre. No, no creo poder contar con tal hombre. Pálida… estoy demasiado pálida, en efecto». Detrás de tales palabras se vislumbran las figuras de las mujeres de Théophile Gautier, la Cleopatra (v.) de Una noche de Cleopatra (v.), y la Clarimonde de La muerta ena­morada [La morte amoureuse], la vampi­resa. Advirtamos asimismo la palidez: la mujer fatal típica es pálida, como lo eran los héroes de Byron (v. Lara, Giaur, Childe Harold). Incluso la apariencia de María Es­tuardo es imaginada como temible, cual lo es la de la Nyssia del Roi Candaule (v. Giges y su anillo), de Gautier.

Una de sus futuras víctimas, Darnley, dice a la rei­na escocesa, que ha hablado de piedad (ac­to IV, escena I de Chastelard): «A juzgar por vuestro semblante, nadie, pienso, po­drá creeros santa. Cuando habláis, tenéis compasión en la boca, os alimentáis de san­tidad, os ponéis a Dios bajo la lengua, os nutrís de cielo, con temor y fe — en materia de fe no sé nada—, y luego mi­ráis como si esperarais ver a hombres muer­tos que os sirvieran de pasatiempo y regocijo; más aún: vuestros ojos parecen amenazar calamidades. ¿Cómo lo haréis para que los hombres crean en vuestras dulces palabras?… ¡Compasiva!… Lo sois como quien cobra por dar la muerte y prefiere el matar a la paga». Chastelard aspira a ser la víctima de esta esfinge cruel, y bus­ca el dolor como un goce. Por esta causa, introdúcese en la habitación de la reina, permanece en ella hasta ser descubierto, y saborea ya por anticipado la fruición de ver su sangre derramada ante los ojos de aquélla; su acto parece un rito cruel ce­lebrado al pie de un ídolo sanguinario.

Por un lado, María se manifiesta como una divinidad destructora, y, por otro, cual mujer sujeta a las pasiones y debilidades humanas. En ella alternan el paroxismo y el cálculo; o, mejor aún, este último no es tal, por cuanto se presenta como otra fiebre dentro de la suya propia, y aun cuando la reina valore con ojos inquisido­res a hombres y cosas, lo hace con un ardor no natural. Así, se halla presa de una volubilidad morbosa: no puede permanecer en su estado de mujer, que siente inferior, y aspira violentamente a la masculinidad; y la sensación de inquietud que de esta suerte se apodera de ella se ve intensifi­cada por su alcurnia, que le exigiría un pul­so de hierro. «Quisiera ser el rey», exclama en una ocasión. No sabe dominar los acon­tecimientos, sino que se ve más bien so­juzgada por éstos, y se convierte en es­clava rebelde e inquieta de ellos.

Y en la angustia de esta sujeción, exacerbada en lo más vivo de su alma por el estigma de su sexo, se agita desesperadamente y arras­tra consigo a la ruina, cual si de una iró­nica venganza se tratara, a los hombres débiles y a los seres que, como ella, po­seen un carácter intermedio. Es insensi­ble al amor y tremenda en el odio. Herida en su orgullo, « clama venganza, y la desea cruel e inolvidable; y no sólo contra los hombres, sino también contra los lugares que la han visto humillarse, contra el sue­lo donde su realeza ha sido vilipendiada. En el momento de abandonar Escocia, sus labios profieren una imprecación vehemente y desesperada contra la tierra en cuyo fé­rreo seno han bebido sus enemigos la le­che de la traición (Bothwell, acto V, es­cena 13); y también es de venganza su último pensamiento antes de morir.

Por una parte, exalta el orgullo de su majestad y de su religión, y, por otra, no se de­tiene ante mentira alguna para poder lle­var a cabo sus venganzas, y emplea toda su energía y toda su sagacidad en innu­merables proyectos de destrucción; sin em­bargo, sus características son la intriga, no la política, la guerrilla fraudulenta y no la lucha leal, y miserables son a menudo los fines que pretende con una fuerza excesiva y obstinada. De esta suerte, a medida que se desarrolla la trilogía, el temperamento de María Estuardo va perdiendo algo de su rígido fatalismo inicial; manifiéstanse en él sorpresas y contradicciones, de forma que la heroína, aunque siga siendo fatal para cuantos hombres la aman, aparece voluble y viva, figura poética al fin, estudiada con amor de psicólogo y no vista ya solamente a través de la desesperación lírica del ado­rador sediento de martirio, Chastelard.

Ma­ría Estuardo es también un personaje de El abad (v.) (1820), de Walter Scott: ca­rácter _ verdaderamente real por su forta­leza y dignidad, y más que real aún por su ingenio. Escribe Scott: « ¿Quién no ima­gina inmediatamente, en cuanto se pro­nuncia el nombre de María Estuardo, una figura de mujer tan cara como pueda serlo la de su primer amor o bien la de una hija querida? Incluso quienes se hallen dis­puestos a creer todo o la mayor parte de cuanto le han atribuido o reprochado sus enemigos no pueden dejar de admirar aquel rostro que lo expresa todo menos los crímenes de que se la acusó en vida y que todavía proyectan, sino una mancha, por lo menos una sombra sobre su nombre».

M. Praz