[Marguerite Gautier]. Protagonista de una popular novela y de un todavía más famoso drama de ella derivado de Alexandre Dumas, hijo (1824- 1895), La dama de las camelias (v.), así como de una ópera de Francesco Maria Piave (1810-1876) con música de Giuseppe Verdi (1813-1901), La Traviata (v.), en la que aparece bajo el nombre de Violeta. Es, quizás, el más simpático y patéticamente popular de los personajes femeninos.
Su creador conocióla como mujer real antes de elevarla a figura literaria; esta hija de porteros, Marie Duplessis, convertida en refinada cortesana, maestra de elegancia, aficionada a las artes, si no entendida en ellas, generosamente alocada, minada por un mal que la tradición guardaba solamente para las más puras doncellas, y siempre circundada por la más inexpresiva de las flores, que, sin embargo, de ella debía recibir su significación, había creado, ya en vida, su propio mito: habíase elevado por sí misma a la categoría de personaje. Decíase de ella que hacía destruir los patrones de sus trajes para tener así modelos únicos; que gastaba cantidades de locura para dar una velada; y que empeñó su última joya para salvar a una amiga.
Luego sobrevinieron la enfermedad, la miseria y la muerte; Marie Duplessis no había querido testigo alguno de su ruina. Alexandre Dumas quiso dar a esta mujer su drama, aun cuando no el decadente y mundano que había insinuado Paul de Kock en sus Cortesanas famosas, al poner en evidencia su señorío, su gusto y su fortuna en contraste con su rápido fin, sino el sentimental que podía aproximarla a motivos románticos sugeridos por su dolencia y su generosidad. Convertida en «la dama de las camelias», Margarita se eleva hacia el amor puro,, al sacrificio de otras heroínas. Se trata de un amor casi materno, iniciado en ella como un juego y posteriormente desarrollado gracias a su misma fuerza hasta alcanzar la felicidad, para ser luego negado, mortificado y ofendido a fin de no obstaculizar la vida burguesa normal de un jovenzuelo cualquiera.
En ello, y quizás inconscientemente por parte de su autor, reside la poesía de Margarita, en esta simple sumisión a las exigencias de una burguesía media sencillamente respetada por la hija del portero. Las reacciones quedan recluidas en su interior, para consumirla rápidamente; ninguna desesperada inmersión en la orgía para olvidar, ni tampoco ninguna carcajada entre las mal reprimidas lágrimas, cual ocurrirá en el «fin de siglo» con tantos otros personajes femeninos en ella inspirados; sino sólo la aceptación de una conducta normal para una mujer de su clase y que cualquier otra hubiera seguido sin vacilar, mientras ella, en cambio, era la única que hubiese sabido rechazar. Desde ese instante, cuanto acontece en torno a Margarita es mediocre: su vida de entretenida, los escándalos de Armando Duval (v.), que quiere pagarle, y su misma enfermedad.
Esa hetaira pasada ya a la leyenda como muy refinada, no busca ahora un ambiente de tragedia intelectual, sino que se deja destruir silenciosamente, aproximándose a su primitivo origen. Cuando Armando vuelve a encontrarla, moribunda, no es ya más que una buena muchacha del pueblo que ama y muere. Es posible que la conmoción desde siempre suscitada por este personaje sea debida al mencionado fondo popular que conserva y que permitió al también popular Giuseppe Verdi reconocerla y sentirla, aunque bajo otro nombre y deformada por la estilización sentimental de un libreto de melodrama.
Al reaparecer en un film americano titulado con su nombre primitivo, Margarita pierde su antiguo clima para asumir la más reciente personalidad de otra figura: Greta Garbo. Se trata de un encuentro de personajes demasiado distintos para constituir un momento vivo e importante en la historia de ninguno de los dos.
U. Déttore

