Lulú

Protagonista de los dramas Espí­ritu de la tierra (v.) y La caja de Pando­ra (v.), de Frank Wedekind (1864-1918). «Una belleza infernal»: he aquí la defini­ción de Lulú que aparece ante el lector desde las primeras frases del drama y que es, quizá, la única que de ella puede darse.

Lulú, vampiro que arrastrará a la abyección o al suicidio a cuantos hombres vivan bajo la influencia de su halo voluptuoso, es, no obstante, una mujer, y no un abstracto pretexto literario; si su figura ha alcanzado valor de símbolo en la lite­ratura dramática moderna, ello se debe a que todo en ella, desde la belleza hasta la voluntad y desde la sexualidad hasta el cinismo, supera los límites dentro de los cuales los caracteres humanos son percep­tibles en los individuos; sin embargo, todas sus características son, precisamente, hu­manas: Lulú es una mujer, y ninguna hipocresía de lector o de censor cualquiera será capaz de impedir que algunos de sus rasgos puedan reconocerse en toda mujer y aun en todo ser humano.

En ella, empero, no hay nada suavizado por la educación, los convencionalismos, los prejuicios, la debilidad o la moralidad; na­da es pequeño: ni su belleza ni su per­dición. Y, precisamente por cuanto a tra­vés de toda su historia sucumben las de­más figuras, mientras ella resiste hasta el final, y no hay otro remedio que darle muerte sin razón para que perezca y para que deje de existir, se nos manifiesta siempre victoriosa, aun en sus mismos fríos despojos, sobre la miserable descomposición de los que la rodean.

Posiblemente naci­da bajo el aspecto de Naná (v.) de las páginas de Zola, se ha encontrado con las mujeres de D’Annunzio y ha pasado a la obra de Wedekind, y a lo largo de ese proceso ha ido haciéndose cada vez más complicada y difícil, a pesar de haber si­do antes tan natural y diáfana, y, precisa­mente en aquellos puntos en los cuales cedía fácilmente al carácter humano de una imagen que reflejaba mil ejemplos de la crónica más vulgar, se ha convertido en absoluta, hasta el punto de alcanzar, en su misma absurda pero probable verdad, el límite extremo de la verosimilitud; y así ha llegado a transformarse en Lulú.

Sobre sus espaldas han caído los «proble­mas» del sexo, su esclavitud y su libertad, las rebeliones del espíritu moderno con­tra las hipocresías convencionales, las crisis sociales y la corrupción, ahora ya desenmas­carada, del decadente mundo burgués: en resumen, el drama entero de la vida euro­pea en los umbrales del nuevo siglo y de la sangrienta tempestad, la guerra, que había de poner claramente de manifiesto todas sus miserias. Todo ello ha descendido sobre las blancas espaldas de Lulú niña cual una enorme y única interrogación a la que ésta responde con su misma exis­tencia, a través de la cual va destruyén­dolo y alumbrándolo todo, aun siendo ella la primera Víctima de la inconsciente re­saca que su misma vida representa. «A los doce años vendía flores ante el Café Alhambra, y vagaba descalza entre los clientes todas las noches, de doce a dos…».

Diez años después, la voz de un estudiante que luego se suicidará a causa de ella grita a los jueces, durante el proceso en que Lulú se verá condenada por haber dado muerte a su tercer esposo: «¿Acaso podéis imaginar qué hubierais llegado a ser si a los diez años hubieseis debido andar descal­zos por los cafés?». La existencia de Lulú es, por lo tanto, una denuncia y una vin­dicación; ni siquiera en nombre del amor podría ser juzgada, por cuanto su vida lo ha ignorado. «¿Quién, en este mundo, me ha querido jamás de verdad?» Éste es su único clamor, que ha permanecido inatendido por los hombres de su vida e incomprendido por los lectores de su his­toria: Lulú, al hablar así, se refería al amor en cuanto necesaria caridad.

G. Veronesi