Lucinda

Es el personaje femenino que da nombre a la novela fragmentaria así de­nominada (v.), de Friedrich Schlegel (1772- 1829).

Debido a que la extraña obrita «ha­bla — como dice Gundolf — de un ‘a priori’ del intelecto que vuela por encima de los fenómenos», y a que, en otros términos, la esencia de esta novela «sui géneros» sólo en ciertos casos es fantástica, dando lugar casi siempre a lucubraciones y digresio­nes de carácter filosófico, la figura de Lu­cinda aparece muy esfumada y abstracta. Portavoz o símbolo, jamás adquiere relieve ni concreción, ni tampoco se individualiza nunca en actitudes precisas o movimientos reales.

Acá y acullá relampaguean algunos vagos rasgos de cierta femineidad, pero ello es muy poca cosa. En el capítulo «Fidelidad e ironía», quizás el más expresivo desde el punto de vista de la representación artís­tica, podemos percatarnos de algunos as­pectos físicos de Lucinda («los sagrados ojos oscuros, los largos cabellos negros en medio del centelleante resplandor del sol vespertino») y oímos algunas frases de un recatado diálogo que se desenvuelve en la intimidad entre los dos amantes. Dado que la novela, por ser de carácter autobiográfico, obedece a una concepción netamente schlegeliana, podríamos suponer que los -dos pro­tagonistas de Lucinda son ciertamente re­flejo del autor y de su esposa Dorotea.

Pero, si ya pálida es la imagen del per­sonaje Julio (quien, no obstante, nos hace las «confesiones» de su «ineptitud» ama­toria, y, singularmente en el capítulo «No­viciado de la virilidad», cuenta las ex­periencias de su pasado), más esfumados quedan todavía — en una imprecisa vapo­rosidad — los trazos de Lucinda. Ésta, en el mencionado capítulo «Fidelidad e iro­nía», finge, desde el principio, evidente­mente con intención irónica, una apática gravedad frente al impetuoso e inhábil amante que irrumpe en su aposento y le pide un largo beso, y luego muchísimos otros; la mujer, con una sonrisa no exenta de malicia, exclama : «No me beses así si no quieres que pierda la cabeza, pues esas caricias despiertan malos pensamientos».

Aparecen ya, por lo tanto, los malos de­seos, los cuales, no obstante, en el «ars amandi» romántico-schlegeliana que nos ocupa, no son precisamente malignos, so­bre todo para las mujeres, «entre las cua­les — como el autor explica en otro lugar — no existen las no iniciadas, por cuanto el amor se halla fuertemente arraigado por naturaleza en cualquier mujer». En las pá­ginas tituladas «Alegoría de la deshonesti­dad» se indica, en efecto, que «nada hay tan natural en una mujer como el deseo». Y así, Lucinda luego se deja de cumplidos, y mientras se dirige con Julio hacia el pabellón del jardín florido para un íntimo «tête-à-tête» ella misma observa: «Querido amigo, si empiezas a sentar cátedra de moralidad, mejor será que volvamos atrás; yo prefiero darte otro beso y seguir ade­lante».

De esta suerte, entran en el pabe­llón, donde, entre los acostumbrados for­cejeos, su amor llega a su cumplimiento. Sin embargo, poco después pasan a las contiendas dialécticas, y su conversación tiene por objeto los más variados temas: la generosidad, la galantería, las relaciones del amor sexual con la amistad, la fidelidad, las conversaciones, la sociabilidad, el matrimo­nio, y así por el estilo. También este ca­pítulo, por lo tanto, se desvanece en abs­tracciones, y este humo metafisico no tarda en velar el semblante de Lucinda, que pa­recía vislumbrarse algo. Menos se percibe todavía en las otras páginas, dedicadas en gran parte a la casuística romántica acerca del amor, la amistad y el matrimonio.

Como es evidente, este carácter teórico permitió a un teólogo, Schleiermacher, defender, en las Cartas confidenciales sobre la Lucinda de Federico Schlegel (v.), la obrita frente a los corifeos románticos, aun cuando ésta fuera reputada lúbrica e inmoral. Afirma el autor en Lucinda: «De todo hay en el amor: amistad, sociabilidad amena, sensualidad, pasión; el amor debe contenerlo todo, y una cosa ha de fortalecer y purificar la otra, y, también, vivificarla y acentuarla». Ello justifica, precisamente, el juicio de Schleiermacher, según el cual en la Lu­cinda de su amigo «el amor es todo de una pieza; el elemento más espiritual se halla unido al más sensual». La teoría y la tesis serán, justamente, lo que más impre­sionará al teólogo, no las escasas y vagas alusiones a los episodios de la casi inexis­tente aventura, de la que, por consiguiente, no puede emerger ninguna verdadera fi­gura.

En una poesía satírica de la época a propósito de la obra de F. Schlegel, se lee lo que sigue: «La pedantería pidió un beso a la fantasía… y ésta le indicó la pecaminosa lascivia. Él la abrazó con apatía y sin vigor, y ella parió una criatura muer­ta, llamada Lucinda». El nombre referíase aquí a la obra y no al personaje; pero tam­poco éste logró nacer — desde el punto de vista artístico — vivo y vigoroso.

G. Necco