La señora Lisetta de casa Quirino es uno de los personajes del Decamerón (v.; jornada IV, cuento 2). Pertenece al grupo de necios que tanta importancia tienen en esta obra de Boccaccio, y su necedad es presentada con tanta menor indulgencia cuanto que ofende el ideal femenino del escritor, quien no por casualidad pone esta narración en boca de Pampinea, tan prudente como bella, y hace que ésta, que parece personificar el mencionado ideal, manifieste singular interés en subrayar la insensatez de la mujer veneciana.
Hermosa, pero completamente insulsa, la señora Lisetta no tiene otro sentimiento que el de la vanidad de su propia belleza, de la que llega aun a jactarse ante su mismo confesor, y esta debilidad suya la predestina a ser víctima, como los demás tontos de Boccaccio, del primero que sepa aprovecharse de ello. Con el fin de que el engaño aparezca todavía más humillante, el autor ha hecho que el impostor sea un tipo sospechoso, que, contando con un triste pasado, se ha hecho religioso con el nombre de fray Alberto, y, a fuerza de hipocresía, ha logrado ocultar sus propias faltas en Venecia.
Digno del uno y de la otra es el medio de que se vale el fraile para conseguir sus fines: nada menos que la extraordinaria patraña de que el arcángel Gabriel se ha enamorado de la hermosura de la mujer y se daría por muy satisfecho de gozar de ella asumiendo forma humana, bajo el aspecto, como es natural, de fray Alberto. ¡Sólo un ángel podía merecer los favores de la señora Lisetta! Pero ésta, según puede comprenderse, no es capaz, a pesar de las promesas explícitas hechas al religioso, de no decir nada acerca de su celestial amante, y ello da origen a la catástrofe que arrastra en su furia aun al mismo fray Alberto, muy distinto de otros semejantes suyos que pueden inspirar a Boccaccio, benévolo observador de la naturaleza humana, indulgencia o simpatía.
En la historia de fray Alberto y la señora Lisetta, que pecan por vulgar lujuria e infinita estupidez, no puede hallarse, en cambio, ninguna luz de inteligencia o de sentimiento.
M. Fubini

