K

Es la inicial que bastó al gran es­critor Franz Kafka (1883-1924) para nom­brar a los protagonistas de sus dos obras más importantes: El proceso (v.) y El cas­tillo (v.).

Ello es debido a la voluntad del autor de convertir al hombre en una abs­tracción, en «uno cualquiera». El protago­ista de El proceso, Joseph K., apoderado de un Banco, es detenido una mañana, sin motivo alguno. Dos misteriosos personajes le notifican su detención en virtud de un proceso que se ha incoado contra él. A partir de ahora Joseph K. luchará hasta el último instante para defenderse, para saber de qué es acusado. Los dos misteriosos per­sonajes son simples funcionarios que se li­mitan a cumplir su cometido, a saber, no­tificarle su detención. Ellos no saben de su caso ni siquiera de la Ley.

Es inútil que Joseph K. quiera conocer el delito o pecado de que se le acusa. Para Kafka el hombre mismo es pecado: «El estado en que nos encontramos — dice en Hochzeitzs- vorbereitungen auf denn Lande — es un es­tado pecador, independientemente del pe­cado». Es inútil intentar objetivar la culpa. Joseph K. se convierte en un héroe obs­tinado que no ceja en su empeño de es­clarecer la culpa. Joseph K. es dejado en libertad tras advertirle que el proceso ha comenzado. Será citado en domingo para los interrogatorios a fin de no perturbarle en su trabajo.

Joseph K., y más aún K., el protagonista de El castillo, representan sim­bólicamente el «acercamiento que dura toda la vida» («ein lebenslängliches Ankommen») que según G. Anders fue la vida de Kafka. Los obstáculos se revelan ya de buenas a primeras como completamente infranquea­bles («völlig undurchdringlich»), Joseph K. tendrá que subir y bajar muchas escaleras, llamar a muchas puertas, perderse en un laberinto de corredores. Las vías de acceso a la Verdad aparecen «extrañas» a Jo­seph K.: las sesiones del Juzgado de Ins­trucción se celebran en casa de un carpintero, los libros de la Ley son nada más y nada menos que novelas sádicas e inde­centes, los Archivos Judiciales están ins­talados en el granero de una casa misera­ble; la atmósfera es allí irrespirable y en ella los empleados escriben incesantemente sobre sus pupitres.

Pero Joseph K. ya está comprometido, está en su situación antes de elucidarla y ésta le constriñe en una senda circular para partir al descubrimiento de la culpa. Joseph K., preocupado funda­mentalmente por ver claro, por saber a qué atenerse, no toma a lo trágico lo que le sucede. Si tiene importancia para él es porque resume la manera como se procede con otros muchos. Joseph K. habla, actúa en su nombre. Joseph K. sabe que detrás de las manifestaciones de esta justicia que le procesa sin darle ninguna razón, se en­cuentra una gran organización cuyo sen­tido es hacer detener a los inocentes y abrir­les un proceso sin motivo.

La Justicia, la Ley trasciende al hombre. Sólo le queda al hombre luchar por librarse de la Culpa, no desmayar. El tío de Joseph K. lleva a éste a su abogado, un viejo enfermo que recibe a sus clientes en la cama y cuya enfermera es atraída eróticamente por to­dos los procesados. Pero el amor lleva a un callejón sin salida, pues se reduce a pura vida animal, a la cosa más sucia («Schmutzigste») del mundo. Joseph K. apa­rece cada vez más obsesionado por el proceso. El abogado no consigue adelantar en el asunto.

La absolución es posible, pero sólo posible. La leyenda dice que hace mu­chísimos años se dictó fallo absolutorio, pero lo cuenta la leyenda y el hecho no merece ningún crédito. Los fallos del Tri­bunal no se publican nunca. Joseph K. puede ser absuelto — le informa un pintor retratista de jueces —, pero aparentemente, lo que equivale a decir que el día menos pensado puede volver a ser detenido. La antevíspera del trigesimoprimer aniversa­rio de su nacimiento, hacia las nueve de la noche, dos caballeros de levita y sombrero de copa se presentan en la casa de Jo­seph K. Le conducen a la calle, pegados a su espalda, formando los tres una especie de bloque, «del que no se hubiera podido destruir a uno de ellos sin destruir a los otros.

Realizaban una cohesión que casi no se puede obtener en general sino con la materia muerta». Caminan hasta las afue­ras de la ciudad. Tras muchas cortesías uno de los caballeros le quita a Joseph K. su chaqueta, su chaleco y su camisa. Joseph K. tiembla involuntariamente y el caballero le da en la^ espalda una palmadita para in­fundirle ánimo. Pliegan cuidadosamente su ropa, le obligan a arrodillarse, le hacen apoyar la cabeza sobre una piedra. Uno de los caballeros saca un cuchillo de carnicero. En ese momento Joseph K. ve una lejana silueta que se asoma a una ventana: « ¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Un alma buena? ¿Al­guien que participaba de su dolor? ¿Al­guien que quería ayudarle? ¿Era uno solo? ¿Eran todos? ¿Quedaba todavía un recur­so? ¿Había objeciones que aún no habían sido puestas? Ciertamente, las había.

Por inquebrantable que sea la lógica, no re­siste a un hombre que quiere vivir. ¿Dón­de estaba el juez al que nunca había visto? ¿Dónde el tribunal supremo al que no ha­bía llegado nunca?» Joseph K. levanta las manos en ademán de impetrar justicia, pero «ya uno de los caballeros le hundió el cu­chillo en el corazón y se lo volvió a hundir dos veces más». Sólo tiene tiempo de de­cir: « ¡Como un perro!» («wie ein Hund») y era como si la vergüenza debiera sobrevivirle. Si el protagonista de El proceso apenas tiene nombre, el de El castillo ca­rece de él; K. el agrimensor es, como dice Camus, «un cualquiera». K. llega a la aldea situada al pie del castillo y emprende el camino, monte arriba, hacia él, a través de la nieve, pero se extravía. Regresa a la aldea ya de noche.

Bruma y tinieblas ro­dean la colina y ni el más débil resplandor revela la existencia del castillo. Pernocta en el albergue del lugar, pero le despier­tan porque no tiene permiso de residencia, y la aldea es propiedad del castillo; quien en ella vive o duerme, en cierto modo vive o duerme en el castillo y nadie puede ha­cerlo sin permiso del conde. K. ha sido llamado por el conde para trabajar a su servicio; primero desea saber qué clase de trabajo se le asigna, si, por ejemplo, debe trabajar en la aldea. K. desea trabajar en la aldea, pues no sería de su agrado — así lo cree — vivir allá arriba. Él quiere ser li­bre siempre.

La carretera no conduce hacia el castillo: tan sólo acerca a él; y luego, como si lo hiciese adrede, dobla, y si bien no se aleja del castillo, tampoco llega a aproximársele. Los habitantes de la aldea no son hospitalarios. No quieren llevarle al castillo. Sin permiso ningún forastero pue­de ir al castillo. K., por medio de sus ayudantes Arturo y Jeremías, lo solicita por teléfono. La respuesta no puede ser más explícita: « ¡No! Ni mañana ni otro día». Se pone él mismo al aparato. El teléfono da un zumbido extraño, respuestas desconcer­tantes; negativa rotunda — finalmente — a la pretensión de subir al castillo. Al agrimen­sor se le ofrece un mensajero, Barnabás, quien le entrega una carta de uno de los jefes de las oficinas del castillo.

En ella se le notifica que es aceptado para el servi­cio señorial, como ya sabía. Su superior in­mediato es el alcalde de la aldea, el cual le informará acerca de todo lo concerniente a su trabajo y a las condiciones de salario, y al cual deberá K., a su vez, rendir cuen­tas. El jefe que firma la carta de manera ilegible ya no perderá de vista al agrimen­sor. La gente de la aldea echa a K. o le tiene miedo. En el mesón donde pasan la noche cuando se les hace tarde los funcio­narios del castillo, K. entra en relación con Frieda, la amante de aquel jefe. Pero la nueva perspectiva de comunicación se revela ilusoria. Se entrevista con el alcalde de la aldea y éste le explica que no ha sido contratado como agrimensor. No lo necesitan.

Debe ser producto de una con­fusión, cosa natural en una administración tan compilada como la del castillo. La carta es una carta particular, de ningún modo una comunicación oficial, no tiene ningún valor. K. no ceja en su empeño. Mantiene su inquebrantable resolución: «He venido para quedarme y me quedaré». K. no pretende evadirse, se siente comprometido en la empresa. Se daría por satisfecho con sólo tener una oportunidad de hablar con su invisible y remoto jefe, pero todo es en vano. El agrimensor recibe una nueva mi­siva en la que se le expresa la aprobación por los trabajos de agrimensura por él rea­lizados y se le aconseja que no ceda en su empresa. La verdad es que K. no ha hecho ningún trabajo de agrimensura.

Un equí­voco se interpone siempre entre el cas­tillo y la aldea. K. persiste en su empeño de entrar en contacto efectivo con el cas­tillo. Es recibido de noche, en el mesón, por un secretario de su jefe, que está acostado. El secretario le aconseja que no se arredre ante los desengaños porque a veces se dan ocasiones en las cuales, me­diante una palabra, una mirada, una señal de confianza, puede lograrse más que con todos los empeños que le llevan a uno la vida entera, consumiéndolo. En realidad, K. no ha avanzado un paso en su objetivo. Cuando parece más cerca de la tierra pro­metida, K. está durmiendo, cerrado contra todo lo que le sucede («abgeschlossen gegen alies, was geschah»). Después de tantos in­tentos, el castillo permanece inaccesible más aún que la noche de su llegada a la aldea.

Como dice Albert Camus, el destino y quizá también la grandeza de la obra de Kafka consiste en que deja abiertas todas las posibilidades de entendimiento sin imponer ninguna. Robert de Rochefort y Max Brod — el amigo y descubridor de Kafka — han dado la interpretación reli­giosa. A esta interpretación se opone la in­terpretación marxista según la cual la obra de Kafka sería una dolorosa protesta contra la alienación del hombre. No ha faltado quien ha visto en el escritor checo una in­tención puramente satírica. Charles Moeller afirma que la esperanza de Kafka no era teologal, sino simplemente en la tierra pro­metida de aquí abajo.

Toda interpretación lineal de la obra del gran escritor corre el riesgo de limitar precisamente su valor y alcance. Éstos residen justamente en la creación de una simbología — como dice Aranguren — referida a las ultimidades de la existencia. Kafka ha sabido expresar de modo acezante el sentimiento de desarraigo y de culpabilidad que están en la raíz de nuestro existir. Culpables en un mundo donde ya no tenemos una verdadera mo­rada, no cejamos, como K., en hacer oír nuestra voz.

J. M.a Pandolfi