Josías

[Yo’ siyyāhū]. Rey de Judá entre los años 639 y 609 a. de C., aparece en la historia bíblica como el último valeroso campeón, antes del destierro, del naciona­lismo hebraico (Reyes, II, 22-23).

Los Paralipómenos (v.), en su libro II, cap. 34, trazan un breve pero significativo retrato de este rey, cuando con frase estereotipada afirman que «obró justamente a los ojos del Señor y caminó por los caminos de David (v.) sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda». A la edad de ocho años, después del largo reinado de su abuelo Manasés (v.) y del brevísimo de su padre Amón, subió al trono y hubo de enfrentarse con la ardua tarea de depurar el culto de Yahvé y restaurar, en una suprema tenta­tiva, la independencia nacional, ya que tanto el uno como la otra estaban fuerte­mente contaminados y amenazados por la invasión asiria.

Se dedicó con indómito ar­dor a la renovación eticorreligiosa, resta­bleciendo el antiguo mosaísmo y la tradi­ción de los profetas, tarea en la que le ayudó el renovado movimiento de éstos, personificado por Jeremías (v.). Contribuyó considerablemente al celo del rey el des­cubrimiento, en 621, del texto de la Ley Mosaica, que durante la degeneración re­ligiosa precedente había quedado olvidado en un desván del Templo, de donde salió a la luz con ocasión de la restauración de éste. Cualquiera que sea la interpretación histórica que se quiera dar a aquel hecho, lo cierto es que con él se vincula, en vís­peras de un desastre inmenso, la total recuperación de los valores del pasado: úni­co bagaje espiritual de los deportados, que habrá de servirles de guía y de promesa de una futura restauración.

El fin del gran rey imprime un trágico relieve a su gene­rosa entrega a la causa nacionalista. Los asirios, en lucha mortal con Babilonia, se habían refugiado en la tierra de Harrán; el faraón de Egipto, Nekao II, con agudo sentido político, acudió en su socorro atra­vesando antes Palestina y Siria. Pero el in­significante rey de Jerusalén sale a cerrarle el paso,^ ya que no está dispuesto a trocar un dueño por otro, antes por el contrario ha decidido, con insensata esperanza, reco­brar la independencia absoluta.

La batalla, que no tarda en entablarse en Megiddo, trae consigo la muerte del rey, víctima de tres graves heridas, y con ella el fracaso de su sueño nacionalista. En efecto, poco des­pués, Nekao será derrotado en Karkemish; el rey babilonio Nabucodonosor (v.), fatal para el reino de Judá, obtendrá la victoria. Por todos estos hechos y por su intrínseco valor personal, la figura de Josías está llena de sentido histórico y de dramática poesía, a la que el narrador bíblico alude rápida­mente en acentos de sincera emoción.

El reinado de Josías señala el fin de una épo­ca, así como el de aquella concepción po­lítica en cuyo derrumbamiento perece tan trágicamente; pero también se destaca por su valioso e imperecedero contenido espi­ritual.

E. Bartoletti