Ivanov

Protagonista del drama de su nombre (v.) de Antón Chejov (1860-1904). Una enigmática enfermedad moral, y quizá más la hipocondría, han apagado en Niko­lai Alekseevich Ivanov el ímpetu vital que tanto calor daba a su personalidad. Pero, sobre todo, lo mismo a él que a Nikolai Stephanovich, el protagonista de la Historia aburrida (v.), le falta la «idea general», que, manteniendo en su espíritu una uni­dad, habría podido salvarle.

Ivanov no se puede concebir sin su mundo, la «intelli­gentzia» de los últimos decenios del si­glo XIX, de la cual él es una expresión. Mundo árido, desilusionado, en cuya so­ledad luchan en vano las almas sedientas de luz. Ivanov condena, al alejarse de él, este mundo que ha sido el suyo, pero por otra parte carece de la energía activa que, afirmándose en la elocuencia de los hechos, pudiera conferirle el derecho a juzgar. Iva­nov es la víctima de una fatal debilidad, que constituye el centro del drama.

A pe­sar de ser un hombre superior, que a los ojos de alguno ejerce una auténtica fasci­nación, Ivanov es, ante sus propios ojos, un vencido, abrumado por un oscuro senti­do de culpabilidad. Su misma sinceridad, en la que se expresa su absoluta rectitud, se convierte en culpa: Ivanov no puede mentir, ni a los demás ni a sí mismo, y por lo tanto es incapaz de suscitar ilusio­nes, ni siquiera a sus propios ojos. Moderno Hamlet (v.) provinciano, Ivanov tiene una conciencia demasiado aguda de su desequi­librio interior. Y su suicidio, al final de la obra, no es únicamente una solución y una evasión, sino también una condena, que le permite superar una vida menos grande que él.

B. Del Re