Es la figura más típica de la sátira humanisticogoliárdica del siglo XVI en alemania. En aquella época en que la civilización cortesana y caballeresca decae y los poetas cantores de los ideales de cortesía dejan el paso a los poetas «errantes» que celebran la desfachatez, aparece en la literatura alemana, que, por lo demás, reflejaba las condiciones sociales, un tipo de «goliardo» perteneciente a la mejor burguesía y rebelde a todas las reglas de la buena educación por espíritu de contradicción y por afán de originalidad.
Su comportamiento era deliberadamente el contrario de aquel que las obras didácticas como los Disticha Catonis (v. Dichos de Catón) o El Huésped Italiano (v.), de Thomasin von Zirklaere y otras pretendían enseñar. Su tipo fue inmortalizado con el nombre de Grobiano (Grobianus) en una obra así titulada (v.) que el estudiante Friedrich Dedekind (m. en 1598), asqueado por la mala educación reinante en los ambientes estudiantiles de las universidades alemanas, publicó en el año 1549. La palabra «grobián» aparece por primera vez, según se cree, en el Vocabularius Theutonicus, de Zeninger, como traducción del latín «rusticus».
Sebastián Brant, más tarde, en su célebre Nave de los locos (1494, v.), imitando la figura de «San Nemo», propia de la sátira de los poetas «errantes», había inventado un «San Grobián», protector de los invitados mal educados y de groseros modales. Algo más tarde, Thomas Murner, en su Corporación de los bribones (1512, v.) llama Grobián al cerdo que preside la mesa de unos insaciables tragones. Todos estos precedentes literarios explican que Dedekind diera también el nombre de «Grobián» al héroe de su sátira. Éste es representado en su triple condición de sirviente, huésped y dueño de la casa.
Y en las tres ocasiones hace decididamente lo contrario de aquello que las buenas costumbres aconsejan: no se lava, ni se peina, ni se asea, es desvergonzado con todos, emborracha a los invitados que le estorban, entona canciones, alborota, suscita disputas, expulsa a sus huéspedes, se sirve en la mesa las mejores tajadas, vuelve tarde a casa y por la calle se porta tal y como sus necesidades le imponen. En una segunda edición (1552) de su obra, Dedekind añadió un tercer libro en el que formula el código de la «grobiana»: deberá ser descarada por la calle, charlatana, comer a diestro y siniestro, frecuentar las tabernas, embriagar a su amante para arrancarle una promesa de matrimonio y finalmente combatir las pulgas de un modo peculiar.
Grobiano tuvo un éxito enorme: Kaspar Scheit tradujo sus aventuras al alemán, ampliándolas y convirtiéndole en un maestro de grosería que enseña sus métodos a todos y acaba incluso fundando una escuela (v. Grobiano. Costumbres villanas y comportamiento descortés). En 1567, Wendelin Hellbach tradujo en pareados alemanes la tercera edición de la obra con el título Grobianus und Grobiana, y en 1607 Peter Kienheckel hizo de esta versión una reducción en prosa, con el título Grobianus Redivivus. También Hans Sachs en 1563 escribió una parodia de las normas de sentarse a la mesa (Cómo sentarse a la mesa al revés de Grobiano [Die verlcehrt Tischzucht Grobiani]), en la que Grobiano aparecía como un villano tragón y borracho, ruidoso y desvergonzado.
Grobiano se hizo popular también en Hungría e Inglaterra. Por encima de su significación satírica y moral, Grobiano pertenece a aquel grupo de personajes difícilmente asequibles que, como el Panurgo (v.) rabelaisiano, están cuajados de elementos negativos y no obstante resultan positivos en su conjunto. Su secreto, su secreta y poética vitalidad, consisten en su demoníaca capacidad de anular el mal de que están hechos gracias a su genuina alegoría: son rebeldes, pero rebeldes inocentes y burlones cuya sublevación no tiene lugar en la vida sino en un clima carnavalesco que automáticamente les hace inofensivos.
Entre ellos y la dramática realidad del hombre media un abismo igual que entre la verdad y la burla y este mismo abismo hace posible una alianza ideal entre ellos y los hombres de verdad: ambos mundos logran tocarse, por un momento, a través del frágil puente de una carcajada.
M. Pensa

