Griselda

La heroína quizá más célebre de todos los cuentos del Decamerón (v.) de Boccaccio (1313-1375) es esta humilde y obediente pastora, que durante siglos ha conmovido la fantasía popular y ofrecido asuntos figurativos a las distintas artes. Dos son sus momentos característicos: la guardiana de rebaños, que ante la humilde cabaña de su padre y frente al cortejo que acompaña a Gualtieri, marqués de Saluzzo, es pedida en matrimonio por éste y aban­dona sus pobres andrajos para adornarse con las vestiduras que requiere su nueva condición.

Su aceptación sencilla, pero a su modo resuelta, hace presentir las durísimas pruebas que secretamente amenazan casi con restablecer el equilibrio normal del ca­prichoso exceso de la fortuna, poniendo al mismo tiempo de manifiesto la fuerza y la virtud extraordinaria, la fidelidad y la pa­ciencia que darán a Griselda un acento casi milagroso, que durante siglos seguirá hablando al corazón de los hombres. El segundo momento se descompone mejor en sucesivas fases dramáticas: el marido (que para probarla le ha arrebatado a los hijos y finge haberles dado muerte) la envía de nuevo a la choza paterna, con una sola ca­misa; ella vuelve luego a casa de su ma­rido, a dirigir los trabajos de las sirvientas para acoger a la nueva esposa; y finalmente, el marido le devuelve los hijos y la abraza declarando haber querido probar su fide­lidad, constancia y obediencia y, bajo las apariencias de la presunta novia, le resti­tuye nada menos que a su propia hija.

Gri­selda, como suele ocurrir con las figuras populares, es psicológicamente casi indi­ferente: pocos son sus rasgos quejumbrosos y rígida su resistencia a las pruebas. Sin embargo, esta figura no es la de Boccaccio, sino la que éste recogió de la tradición: a la humildad del nacimiento debía contra­ponerse un valor concreto muy distinto: el de la prudencia y la sensatez. La Griselda de Boccaccio no se extraña de que su es­poso y señor ponga a prueba su virtud: ella es digna de él, y en rigor Gualtieri permanece en la sombra; y la prudencia, la fuerza y la cordura hallan su manifesta­ción práctica en Griselda, y se siente que se ajustan a la moral mundana y práctica de su marido. Así, lo mismo Griselda que Gualtieri hacen frente a la realidad y su perfil se destaca enérgicamente; aun en la obediencia, sobre la pastora humilde y su­misa se sobrepone la imagen de quien sabe dominar y crearse un destino en la vida.

Con ello queda subvertida la moraleja que los doctos, empezando por Petrarca (1304- 1374), quisieron sacar de la Griselda de Boccaccio: de un ejemplo cristiano de re­signación, que podía desplegarse en una rica gama de tiernas notas en la caracte­rización de la víctima. Por ello parece que la Griselda boccacciana sea una figura mu­cho más abstracta que las de Petrarca, Fe­lipe de Méziéres y Chaucer, en las que verdaderamente toda la luz cae sólo sobre un personaje que, en Boccaccio, justificaba indirectamente y, en cierto modo, no podía por entero separarse de la moral de Gual­tieri. La de Boccaccio no es ya la heroína de virtudes cristianas: bajo esa apariencia, se adivina a la mujer del Renacimiento, dotada de un valor y una prudencia viriles. Pero Boccaccio mismo no pudo o no quiso insistir y precisar el valor original de su protagonista, y ello explica que su Griselda sirviera sobre todo para reforzar la boga de la historia medieval de la pastorcilla que tan cara pagó su buena fortuna.

A. Borlenghi