Gedeón

[Ghidh’ōn]. Fue el sexto juez de Israel. Su vocación tiene un lejano sabor de Anunciación: «El Ángel del Señor se le apareció y le dijo: El Señor es contigo, oh el más fuerte de los hombres… Pero él respondió y dijo: Señor mío, dime, ¿có­mo puedo yo libertar a Israel? He aquí que mi familia, es la menos importante de Manasés, y yo soy el menor de la casa de mi padre.

Y contestóle el Señor: Yo estaré contigo». Gedeón tuvo siempre conciencia del misterio: «Oh, Señor Dios mío, yo he visto cara a cara al Ángel del Señor. Y el Señor le dijo: La paz sea contigo; no temas, que no morirás». Desde aquel momento, jamás dejó de mirar en el abismo de lo sobrenatural: a la sombra del altar escogió a sus trescientos compañeros, y en la em­boscada nocturna contra los madianitas sal­teadores, entre resonar de trompetas, es­trépito de vasos quebrados y púrpura de antorchas y de sangre, el nombre de Dios retumbaba sobre la desatada batalla. Toda su obra fue una vocación, desde el saludo angélico hasta la elección de aquellos po­cos soldados, trescientos entre treinta mil, y la fe humilde con que el valeroso héroe aguardaba los prodigios* del rocío nocturno.

Respondió al pueblo que le aclamaba rey: «Yo no voy a ser señor vuestro, ni tam­poco lo será mi hijo, sino que os gobernará el Señor». Persuadido de no ser más que una espada en las manos de Dios, también en su caso el vínculo con las alturas re­presentado por el espíritu de los Jueces (v.) preservó la teocracia de Israel de la materialidad de los reinos paganos. Cuando quede cortada la mencionada e invisible unión, he ahí que el juez se convertirá en rey: una modificación meramente interior e imperceptible, debido a la cual, empero, Israel hubo de verter muchas lágrimas y mucha sangre bajo el cetro de Abimelec (v.), hijo de Gedeón.

P. De Benedetti