Fray Junípero

 [Frate Ginepro]. Es el protagonista de un diáfano librito que suele ir anejo a las Florecillas de San Francisco (v.): Las florecillas de fray Junípero. Per­sonaje real, por lo tanto, aunque en la ardiente facultad de ión de la mística del siglo XIII se convirtiera es­pontáneamente en literario.

Dotado de toda la universalidad de sus más logrados con­géneres, fray Junípero es quien, para sa­tisfacer el deseo de otro fraile enfermo, corta un pie a un cerdo, vivo y se lo guisa; quien, para mortificarse ante una muche­dumbre admirada de su piedad, sube a un columpio y se mofa de sí mismo hasta el anochecer; y es también él quien, con objeto de poder dedicar a la oración parte del tiempo que emplea en la cocina, mez­cla al azar en una caldera toda clase de víveres — gallinas con plumas y verduras sin mondar — y lo hace hervir todo en un momento.

El tipo del «perfecto loco», sur­gido de la cristiandad medieval, alla en él a su representante más completo, tal es su ingenuidad y su natural alegría, su desasimiento de todo egoísmo y su caridad humana rayana en lo grotesco. Fray Juní­pero lleva la regla franciscana a sus ma­yores extremos, y llega a verse frenado por sus superiores, asustados; sin embargo, con su modo de proceder acrecienta la ejemplaridad de dicha regla y da una con­firmación más segura de su bondad; que poquísimos son los ideales humanos capa­ces de ser enaltecidos hasta la locura sin verse degenerados.

La poesía de fray Ju­nípero reside en su inconsciencia, en su incapacidad de distinguir lo ridículo de lo sublime cuando ambos se encuentran jun­tos en el mismo camino que lleva a Dios, y en su constante alegría; tres cualidades que el hombre no consigue alcanzar jamás sino a condición de ser santo o necio, y que el humilde fraile halla instintivamente en sí mismo, manifestando la santidad de la insensatez. Hay asimismo en él, por otra parte, una sagacidad que no habría de es­capar a Cario Porta (1776-1821) cuando trató este motivo en una poesía suya en milanés titulada Fraa Zenever (v. Fray Ju­nípero), en la que cuenta de nuevo el epi­sodio del cerdo; siempre sencillo y bon­dadoso, el frailecillo abandona aquí su poé­tica necedad para triunfar a fuerza de as­tuto sentido común, y, de no sostenerle el eco todavía vivo de su antiguo ascetismo, sería sólo una graciosa caricatura milanesa.

U. Déttore