Flores y Blancaflor

[Floire et Blancefior]. Protagonistas de la leyenda de su mismo nombre (v.), obra de un trovero francés anónimo del siglo XII.

«La tumba de Blancafior era de mármol fino, de color verde, amarillo y encarnado, y relucía al sol; toda ella tenía incrustaciones de oro, plata, cristal y esmalte… En los olorosos arbolillos que la rodeaban se oía el canto de mil pájaros, y cuando soplaba el viento cantaban mágicamente las estatuas… En el mármol se leía: “Ci-gît la belle Blanchefleur / à qui Flore eut grand amour”».

Este amoroso sepulcro es una tumba de mi­niatura oriental; en ella no yace una mu­chacha, sino el amor, quien, no siendo mortal, halló finalmente su propio sepul­cro, convertido en vida, día y luz. En verdad, es en el Oriente soñador donde hay que buscar el origen de la dulce Blancaflor, deshecha en lamentos amorosos, flo­reciente de besos entre el perfume de las rosas y rodeada tiernamente por los brazos del amante; sus mil sonrisas de amor han llenado las páginas miniadas de las novelas bizantinas, para pasar luego a decorar con riquísimos hilos de púrpura y oro el bello tapiz que la Edad Media francesa, la más caballeresca de Europa, quiso tejer como fondo de sus propias gestas.

Símbolos, jun­tamente con Aucassin y Nicolette (v.), de un «formulismo» de amor que disfrazaba bajo deliciosas y sutiles invenciones la sen­sualidad intensa que regó con su sangre el amor y la vida de toda una época, Flores y Blancafior carecen de figura, de nombre y de historia; son únicamente el deseo y el dolor amorosos, el mismo Amor, su des­lumbrante figura, su aliento y su fuerza; son Abelardo y Eloísa (v.), Tristán (v.) e Isolda (v.), Julieta (v.) y Romeo (v.), Pa­blo (v.) y Virginia (v.); poseen a través de los siglos todos los nombres del amor y el único semblante de éste: el que la poesía quiso darle.

G. Veronesi