Fiesco

[Gian Luigi Fieschi]. Conde de Lavagna, es el héroe del segundo drama de la época juvenil de F. Schiller (1759- 1805) La conjuración de Fiesco (v.). Par­tiendo de una referencia de Sturz a las Memorias de J. J. Rousseau, Schiller quería hacer de Fiesco un héroe de la libertad; sin embargo, el personaje fue modificándose en sus manos, debido a la influencia de las fuentes de que se valió (la Historia del rei­nado de Carlos V, del cardenal De Retz, la Historia de Génova, de De Mailly, y la Noticia historicopolítica de la República de Génova, de Háberlin), las cuales, en lugar de aquel aspecto, acentuaban su ambición de poder.

Así, se propuso plantear en su Fiesco un conflicto entre el ansia de liber­tad, que le enfrenta al dominio de los Do­ria, y la seducción del poder, a causa de la cual el hundimiento de aquéllos pondrá en sus manos la señoría de Génova. No obs­tante, domina excesivamente este segundo aspecto para que el primero pueda llegar a convencer. Y, en efecto, vemos cómo Fies­co medita, solitario, sus planes, y cómo se yergue, misterioso, cubierto con una más­cara, no sólo ante sus adversarios, sino también frente a los demás conjurados, a los que profesa un íntimo desprecio; ena­morado fingido de la voluptuosa y frívola condesa Giulia Imperiali, hermana de Giannettino Doria (v.), parece olvidar sus deberes para con su esposa Leonora, noble y buena — excepto cuando se quita la más­cara y avergüenza al amante—, y, solo o con la ayuda de un hábil intrigante, el Moro, va desarrollando la acción que debe colocar en su cabeza la corona ducal.

Cuan­do, por un instante, parece vacilar en la promesa de dar la libertad a Génova para volver a confundirse luego entre sus ciu­dadanos (monólogos de las escenas 19 del acto II y 3 del III), ello obedece también, en realidad, únicamente a su ambición, que en aquel momento le hace concebir una mayor dignidad para su gesto, por cuanto si «conquistar una diadema es algo grande, rechazarla es algo divino». A causa de ello, esta duda es breve, y no se traduce en nin­guna modificación de sus planes.

Cuando luego los hechos se desenvuelven, éstos no son más que «su propia» acción, que opo­ne un tirano a otro tirano, y los conjurados y el levantamiento popular sólo son ins­trumentos de sus fines. La misma pérdida de su mujer, quien, movida por su afecto previsor, ha tratado en vano de alejarle de la acción y de la ruina y ahora le busca entre la lucha por las calles de Génova, en las que halla la muerte, es interpretada por él como un aviso del Cielo, que le ha oca­sionado esta herida «con el fin de probar su corazón para la vecina grandeza».

Pero cuando tiene ya la victoria al alcance de su mano y el tirano verdadero, Giannettino Doria, ha sido muerto por el conjurado Borgognino, él cae a su vez bajo el puñal del republicano puro Verrina, y Génova, malogrado el sueño de su libertad pero li­bre también, con la muerte de Fiesco, del que habría sido otro tirano aún más peli­groso, pasa al dominio de Andrea Doria. En el personaje de Schiller hay cierta gran­deza, especialmente en su ambición de po­der y en su desdeñoso aislamiento que le convierten en un típico héroe del «Sturm und Drang» (v.), pero hay también, preci­so es reconocerlo, un exceso de énfasis de­clamatorio.

G. A. Alfero