Hija de Zeus y de Leda y esposa de Menelao (v.), fue raptada por Paris (v.) dando así ocasión a la guerra de Troya. Este mito era uno de -los más conocidos y difundidos en la antigüedad, y poetas, mitógrafos, filósofos y declamadores lo refundieron e interpretaron en las más variadas formas.
La versión más antigua que conocemos es la de Homero. La Ilíada (v.) conoce probablemente el mito del juicio de Paris, pero no se detiene a hablar de él, porque no le interesa ni el principio ni el fin de la guerra de Troya, que se hallaban fuera de los objetivos poéticos de Homero y eran, en cambio, familiares a todos. Claro está que, para Homero como para los demás autores, Elena es la causa de la guerra, juntamente con su raptor, pero el poeta no toma en consideración su responsabilidad y ni siquiera censura a aquélla.
Si los dioses han querido servirse de Elena para llevar a cabo sus designios de arruinar Troya, Elena será sin discusión un modelo de virtud. Y Homero la celebra, pues, como mujer de singulares dotes, como todos los héroes de la Ilíada, y sobre todo como mujer bella, ya que la belleza es la primera virtud femenina a los ojos de la sociedad caballeresca. No importa que Elena se llame a sí misma «perra funesta y despreciable»; ninguno de los hombres que por su causa combaten le echa en cara su culpa, antes todos la tratan con las consideraciones qué normalmente se deben a una mujer.
Héctor (v.) jamás se muestra descortés para con ella; los ancianos de Troya sucumben ante sus hechizos («No se puede censurar a los troyanos ni a los aqueos si sufren tanto y por tan largo tiempo a causa de esa mujer que tan extraordinariamente se parece a las diosas inmortales»). Y Príamo (v.) la llama «querida hija». Por consiguiente, en contraste con los mitos tradicionales, Homero rinde homenaje a la virtud y en este caso particular al hechizo femenino de Elena.
Pero la Ilíada no es una mera exposición de un mito, ya que éste, a lo sumo, permanece formando parte tanto de los antecedentes de la obra como en su fondo, y después queda olvidado en los episodios centrales y finales del poema; en el centro de la trama de la Ilíada no está la guerra de Troya, sino un episodio de guerra; no están los dos ejércitos, sino algunos hombres, y ni siquiera Menelao, en concepto de ofendido, ni Paris, ni Elena, sino Aquiles (v.), Patroclo (v.) y Héctor. Elena, pues, resulta protagonista del mito, pero figura secundaria del poema y por tanto no exenta de ciertas incertidumbres y contradicciones estéticas.
Poco tiene que ver con la Ilíada, ya que en ésta se trata de la vida de Aquiles, y cuando se apunta la posibilidad de restituir a Elena para poner fin a la guerra, todo el mundo se da cuenta de que el proyecto es inútil y de que> ahora se trata únicamente de la muerte de Patroclo y no ya del rapto de Elena. Elena es la causa de la guerra de Troya, pero Aquiles es la causa de la Ilíada; ambos están condenados a la inactividad, pero la de Aquiles regula la acción de todos los demás, y se desarrolla a su vez preparando los acontecimientos finales, mientras Elena permanece igual a sí misma, siempre en su posición profundamente contradictoria e indeterminada.
Ni siquiera tiene un ideal ni un deseo en que apoyarse, ya que no tiene culpa, y no está a favor de los griegos ni de los troyanos, ya que unas veces echa de menos a Menelao y otras a Paris. El homenaje que Homero le tributa es frío y sin interés; frío como el que le tributa Héctor, en el Canto VII, cuando a Paris y a Elena se oponen Héctor y Andrómaca (v.), es decir, las figuras a las que corresponde crear la acción. Elena se queda al margen de ésta, porque Homero no gusta de representar dramas íntimos, en su inmutabilidad, y si alguna vez el personaje es puesto en movimiento por la poesía, ello sucede en virtud de aquella humana simpatía que los personajes realísticamente creados y conducidos, como el de Héctor, saben difundir a su alrededor, como puede verse en el lamento final de Elena sobre el cadáver de su cuñado: «…‘te lloro a ti y al mismo tiempo a mí misma, con el corazón despedazado, porque en la anchurosa Troya no me queda nadie que sienta por mí benevolencia ni amistad, sino que todos me ven con horror’.
Así decía llorando, y con ella lanzaba sus lamentos la turba infinita». En la Odisea (v.) Elena sigue representando el ideal femenino de la aristocracia griega. Pero ahora las condiciones han cambiado: es la misma sociedad de la Ilíada, pero ahora se ocupa de los trabajos de la paz y de la vida de la corte: es una sociedad que gusta de evocar gloriosos recuerdos, más que de acudir a los combates: en cada corte hay una mujer que se distingue por su gracia personal, pero también por su autoridad junto al rey: Penélope (v.) en Ítaca, Arete en Esqueria, Elena en Esparta. Elena vuelve a compartir con Menelao la casta tranquilidad del ambiente doméstico.
A las dotes que la distinguían ya en la Ilíada, la belleza, que Homero no describe nunca (y que por lo mismo hay que suponer divina), y a la habilidad en las labores de su sexo, se añade ahora una nueva prudencia, de reina prevenida y cortés y de heroína audaz (en los breves relatos de los dos episodios acontecidos durante la guerra), digna de competir con el astutísimo Ulises. Más tarde se introdujeron en el mito complicadas variaciones, afirmando o excluyendo la responsabilidad de Elena en el rapto y en la guerra, y en relación con los cultos que hacían de ella una divinidad. En el Ciclo épico griego (v.) y en Hesíodo se desarrollaban las partes de la historia relativas a los antecedentes de la guerra de Troya así como a los acontecimientos posteriores a ésta.
Y es conocida la leyenda de Estesícoro, que por haber descrito una Elena conforme a la tradición, se volvió ciego, y no recobró la vista hasta haber publicado una Palinodia según la cual Elena no estuvo siquiera en Troya; puede suponerse que en realidad, Estesícoro ofendió la opinión corriente, que consideraba inocente a Elena y la veneraba como tal. Su segunda versión fue aceptada por Eurípides, que ya al final de su Electra (v.) anunciaba: «Menelao y Elena enterrarán a Clitemnestra (v.)».
En efecto, Elena ha regresado de Egipto, devuelta por Proteo, pues no estuvo en Frigia, sino que Zeus, para provocar una matanza entre los hombres, envió una imagen de aquélla a Ilion». Éste es el argumento de la Elena (v.) euripidiana. En esta obra Elena vive realmente un drama ya que se siente despreciada y odiada, y percibe su belleza como un peso y una maldición mientras ella, inocente, se mantiene fiel a Menelao; y apenas salida de su pesadilla, halla valor suficiente para organizar la fuga, y sutiles astucias para hacerla posible.
Eurípides utiliza hábilmente la posibilidad que le ofrece la tradición popular, para recrear con los viejos mitos situaciones nuevas, y para sacar partido de su absurdidad. (La existencia del fantasma igual a Elena, por ejemplo, se fundaba en un culto popular, pero su súbita desaparición, en la tragedia, da lugar a rasgos humorísticos). Por otra parte, la vieja tradición homérica siguió ofreciendo argumento para ejercicios dialécticos a oradores y filósofos. De tales discusiones se hallan rastros incluso en el propio Eurípides, en Las Troyanas (v.) y en Hécuba (v.).
F. Codino

