Comendador de Ulloa

Antagonista de don Juan Tenorio (v.), don Gonzalo de Ulloa aparece al lado de éste desde el pri­mer drama que lleva a la escena al famoso «Burlador».

Pero en el drama de Tirso de Molina (v. Don Juan), el padre de doña Ana interviene sólo para que a los demás delitos de don Juan se sume el asesinato, para luego convertirse en instrumento de Dios en el castigo final del culpable. En el Don Juan Tenorio de José Zorrilla (v. Don Juan), el Comendador no sufre la violencia del seductor, sino que la provoca; no se contenta con tutelar el honor familiar, sino que se erige en predicador de él, y la vir­tud que predica acaba siempre perdiendo puntos frente al vicio que actúa.

Ante el Tenorio el público español, que no oculta jamás su simpatía por el impío pero fasci­nador don Juan ni su compasión por la in­feliz doña Inés, detesta sin rebozo a ese Comendador tan desconfiado que, para es­piar a don Juan, no vacila a seguirle a la taberna. El público exulta cuando don Gon­zalo de Ulloa llega al convento después de que don Juan ha raptado a doña Inés: la audacia gusta más que la prudencia. Pero lo que nadie logra perdonarle es su negativa a salvar un alma, la de don Juan, cuando éste, arrepentido, implora a sus pies el perdón, para rehacer su vida según unos nuevos principios de lealtad y de honor.

Al negarle la posibilidad de rehabilitarse, el Comendador se hace responsable de la re­caída de don Juan en su vida de vicio y de pecado. Y su odio por su enemigo es tan persistente que aun después de muerto don Gonzalo quiere ser el instrumento de la venganza y aguardar el regreso del se­ductor a Sevilla y el final de su vida para arrastrar su alma al infierno. Este odio mo­nótono e implacable del Comendador, que ignora la virtud cristiana del perdón, que­dará compensado por un sentimiento más vivo y más humano: el amor de doña Inés, que abrirá a don Juan las puertas de la salvación eterna, a pesar del rencor de su padre.

El cual, implacable en la muerte como lo fue en la vida, sin cambiar de idea se retirará sombrío y ceñudo a su eterna morada, convencido de que todavía tiene razón y manteniéndose como el «gran antipático» del drama religioso y fantástico de José Zorrilla.

F. Díaz-Plaja