Clyde Griffiths

Protagonista de la novela Una tragedia americana (v.) del es­critor americano Theodore Dreiser (1871- 1945). El mismo estupor que experimenta Jenny Gerhardt (v.) frente al místico as­pecto de los árboles, las nubes y la lluvia, lo siente el joven Clyde Griffiths ante el «movido panorama» de relojes de oro, cor­batas de cinco dólares, automóviles velo­ces, piscinas particulares y restaurantes de lujo.

Nació de errantes y miserables pre­dicadores espiritualistas en un tugurio de Kansas City y fue un despierto chiquillo de negros cabellos y nariz recta. El autor sitúa a Griffiths en su amplia galería de ingenuos provincianos separados del mun­do en que viven, y de todo contacto directo con la propia vida, por sus sueños a ojos abiertos, y atribuye a Clyde «un exótico sentido de lo fantástico». El muchacho in­tenta «mejorar su situación», esto es, libe­rarse de las últimas e irritantes huellas de intimidad con la vida — su asombro y su estupor — convirtiéndose en algo así como un objeto metálico que suscite esos mismos sentimientos en los demás.

Los mismos mé­ritos personales que hacen de Hurstwood (v.) el próspero «maitre» de un salón de recepciones, procuran a Clyde un empleo de botones en un hotel comercial, donde se muestra «voluntarioso, cortés, listo, amable con todos… limpio y ordenado». Pero tiene que escapar de allí, para sus­traerse al proceso resultante de un acci­dente de automóvil. De ciudad en ciudad y de empleo en empleo (v. Holgrave) — pinche de cocina, camarero, empleado en una heladería, conductor de una camioneta de reparto a domicilio, etc.— se va trasla­dando gradualmente hacia el Este, hasta lle­gar por fin, con su seductor sueño de absolu­ta redención de la vida humana, a la región superior del Estado de Nueva York, donde ciento cincuenta años antes Natty Bumppo (v.), cazador solitario en una salvaje tierra virgen, había acariciado también el sueño de la ideal excelencia humana.

Allí entra como empleado en la fábrica de cuellos y camisas de un rico tío suyo. Traba íntimas relaciones con una obrera, Roberta, que se da cuenta de haber quedado encinta precisamente cuando él iba a emprender un idilio más prometedor con la hija de una familia rica. Ante el obstáculo que se opone a la realización de su sueño, Clyde concibe el proyecto de dar muerte a Ro­berta; pero por una vacilación en el último momento, lo que había de ser un asesinato se transforma en un fatal accidente que él contempla pasiva y abúlicamente: la joven se ahoga ante sus ojos.

A pesar de todo es acusado de homicidio: una vasta máquina social y legal se pone sordamente en movi­miento, cerrándose sobre aquel muchacho de 21 años; después de un largo proceso, es condenado y ajusticiado. El nomadismo geográfico de este «trágico canalla» corres­ponde al nomadismo espiritual que distin­gue a Clyde Griffiths y a tantas otras fi­guras de la moderna literatura americana, como Charley Anderson, Mac o Popeye (v.). Moralmente desplazado, sin pertenecer a ningún lugar, clase, tradición ni oficio; moviéndose entre dos aguas, fuera del al­cance, por así decirlo, de la naturaleza y del espíritu, alejado ya de la vida de los pobres, a pesar de su pobreza, pero no por ello vinculado con la vida de los ricos; prestando su inhábil cuerpo a una serie de inconexas actitudes convencionales y su in­articulada boca a una serie de convencio­nales formas, Clyde Griffiths pasa del re­fugio nocturno para mendigos de paso, en que nació, a vestíbulos de hotel, habitaiones amuebladas, pensiones y finalmente a una celda de cárcel para asesinos en ca­pilla, destinados a la silla eléctrica.

En rea­lidad, Clyde no viene de ningún lugar ni va a ninguna parte y nada altera en su ca­mino. Los actos de Clyde no surgen de ningún pasado ni engendran ningún futuro que sean «suyos»; cuando demuestran aca­rrear consecuencias, él se ofende o per­manece incrédulo, pues nada tienen que hacer con él o con sus recíprocas relaciones, sino que están simplemente ensartados unos tras otros como cuentas de un collar, en un tenue sueño a ojos abiertos. Clyde no puede defenderse, por medio de alguna interpretación verdadera, contra las falsas interpretaciones que ante el tribunal se dan a sus actos, ya que cualquiera de ellas es falsa en cuanto se les atribuye cierta cohe­rencia dramática o continuidad moral de que carecen.

S. Geist