Blancanieves

[Schneewittchen]. Co­mo las demás niñas, también las princesitas de las fábulas pueden quedar huérfanas de madre. Los reyes sus padres, que, dados los tiempos en que vivieron y teniendo en cuenta que, por ser también ellos personajes de fábula, no debían haber leído nin­guno de esos cuentos maravillosos y llenos de enseñanzas, ignoraban que, al casarse de nuevo, darían a la princesita huérfana una madrastra y, como consecuencia, ex­pondrían a su inocente hijita a los malos tratos de una especie de ogro con faldas.

A ello se debe que también las princesitas de las fábulas se vean obligadas a pasar horas tremendas, zaheridas y castigadas por madrastras envidiosas y malignas. Éste es el caso de Florinda, la princesita del «Pá­jaro azul», en el cuento de Perrault, y el caso de Blancanieves, en el cuento de este nombre (v.) de los hermanos Grimm. Blan­canieves se ve sometida a adversidades de toda clase por la envidia de su madrastra, que se cree la mujer más bella del reino, y a la que un pequeño espejo le dice: «Sois muy bella, pero Blancanieves lo es aún mil veces más».

Por orden de la madrastra, la princesita es abandonada en un bosque, donde hubiera muerto de miedo y de ham­bre de no haber hallado a los siete enanos que se compadecen de su caso y la prote­gen contra toda represalia de aquélla; sin embargo, la madrastra, disfrazada de men­diga, consigue hacerle aceptar y probar una manzana envenenada que la sume en un profundo letargo. Más tarde, vendrá el consabido príncipe azul a despertarla a la vida y al amor.

Decimos el «consabido príncipe azul» porque, como el que hace despertar de su sueño a la Bella Durmiente (v.), el que ahora nos ocupa pertenece al tipo corriente del galán de fábula, arro­gante y hermoso, muy noble y feliz, que acude, siempre en el instante oportuno y sin pincharse un solo dedo, a sacar de en­tre las más espinosas malezas a las rosas florecidas con el primer aliento de la pri­mavera. Blancanieves, como Caperucita Roja (v.), es bella y desgraciada, imprudente y graciosa, un tanto fatua, pero, en compen­sación, con todas las buenas cualidades necesarias para hacer de hermanita de los siete enanos solterones que la toman bajo su protección.

Walt Disney ha inspirado en ella uno de sus más famosos «dibujos ani­mados» que ha paseado por todo el mundo la carita sentimental de Blancanieves, sus maneras de niña malcriada y picara y sus primeros mohines amorosos. Junto a ella, quizás excesivamente mórbida y languiducha, Walt Disney ha dado vida a los siete enanos, cada uno de ellos con un carácter cómico preciso y bien diferenciado. Los sie­te constituyen un logradísimo grupo per­fectamente armonizado por un ritmo ligero y contrastado como el de ciertas melodías sincopadas, una de las más felices creaciones de la técnica y del arte de los dibujos animados.

O. Vergani