Bellido Dolfos

Es uno de los más notables personajes del Romancero (v.). En la galería de tipos literarios españoles, Bellido Dolfos corresponde al del «traidor» por antonomasia.

Para obtener tal primacía le bastó con salir de la ciudad de Zamora, sitiada por Sancho II, y prometer al sobe­rano, a cambio de su amistad, que le reve­laría un punto desguarnecido de la muralla, a través del cual podría, fácilmente, penetrar en la ciudad; fiado en tal promesa, el rey, sin escolta de ninguna clase, siguió a Bellido Dolfos, quien, en el momento oportuno, le dio muerte vilmente y se re­fugió luego en la ciudad que con su hábil estratagema salvara. Testigo lejano de la traición fue Rodrigo (aún no llamado el Cid, v.), el cual, a pesar de haberlo in­tentado, no pudo alcanzar al asesino por no llevar calzadas las espuelas, y, según se cuenta, maldecía desde entonces a los caballeros que, en este mundo de engaño y perfidia, cabalgaran sin ellas.

En torno a Bellido Dolfos florecieron muchos roman­ces, entre los que quizás el más notable sea el que dice: «Rey don Sancho, rey don Sancho, / no dirás que no te aviso / que del cerco de Zamora / un alevoso ha sa­lido. / Bellido Dolfos se llama, / hijo de Dolfos Bellido; / cuatro traiciones ha he­cho / y con ésta serán cinco… / Gritos dan en el real, / a don Sancho han malheri­do: / muerto le ha Bellido Dolfos, / gran traición ha cometido. / Por las calles de Zamora / va dando voces y gritos: / ésta es hora, doña Urraca, / de cumplir lo pro­metido».

El romance, de tendencia sanchista, da cabida, hacia su final, a la «vox populi» que acusaba a doña Urraca (v.), señora de la plaza fuerte y hermana del rey asesinado, como instigadora del crimen. Pero, como dice Segismundo (v.) en La vida es sueño (v.), «el traidor no es menes­ter / siendo la traición pasada»; y así, doña Urraca y los suyos despreciaron al asesino e incluso llegaron a idear un «juicio de Dios» para probar su inocencia con respecto al delito. El Romancero no nos dice nada más de Bellido Dolfos, que se desvanece en la oscuridad, a excepción de su nombre, que permanece proverbialmente en el len­guaje popular como sinónimo de traidor des­leal, típico «malo» entre los personajes li­terarios españoles.

F. Díaz-Plaja