Anquises

[Anchisa, Anchises]. Según Homero (litada, XX, 215 y ss.), Anquises desciende de Zeus por Dárdano y Asáraco y es padre de Eneas (v.) y de Hipodamia (XIII, 428).

Homero habla tam­bién de sus amores con Afrodita (Venus) sobre el monte Ida, de los cuales nació pre­cisamente Eneas, amores que menciona tam­bién Hesíodo y que se narran más amplia­mente en el himno homérico a Afrodita (v. Himnos homéricos). En este último la diosa predice a Anquises el nacimiento de Eneas y le prohíbe que revele a éste el secreto de sus amores; pero Anquises des­obedece y por ello es castigado con el rayo de Júpiter, que le da muerte o le ciega, según las distintas versiones.

De acuerdo con otra tradición, Anquises habría tenido de Afrodita un segundo hijo, Lido. La historia narraba que Anquises se re­tiró con Eneas al monte Ida, donde su culto está atestiguado, después de la destrucción de Troya. La versión, que se remonta a Estesícoro, según la cual Eneas peregrinó por Occidente, traslada también a estas tierras a Anquises: ésta es la tradición se­guida por Virgilio, el cual hace narrar al propio Eneas cómo salvó a su padre llevándolo sobre sus hombros, y retirándose primero al monte Ida, como pretendía la tradición más antigua, e iniciando desde allí sus viajes.

Las fuentes sitúan en dis­tintos lugares, pero siempre durante esas peregrinaciones, la muerte de Anquises; Virgilio le hace llegar hasta Drépanon, en Sicilia, antes de que Eneas sea llevado por las olas a Cartago. Cuando Eneas desembarca en Sicilia por segunda vez, instaura juegos solemnes en honor de su padre, a imitación de los que en honor de Patroclo se celebran en la llíada, y le consagra un bosque junto a Acesta (Segesta).

Mientras tanto Anquises se aparece en sueños a su hijo, después que las mujeres troyanas, can­sadas de navegar, han incendiado las na­ves, y le ordena que lleve a Italia única­mente a los jóvenes más escogidos y que una vez en Italia visite el antro de la Sibila y el reino de los muertos. Eneas en­cuentra allí más tarde, en los Campos Elí­seos, la sombra de su padre, que le mues­tra en el valle del Leteo las almas destina­das a encarnarse en sus descendientes, hasta César y el nieto de Augusto, Marcelo.

El episodio recuerda el encuentro de Ulises (v.) con su madre en el Hades, narrado en la Odisea; pero no es homérica la cita de los héroes que figura en la Eneida para glorificación del linaje de los Julios. Que Anquises desciende de Asáraco, nieto de Dárdano, lo dan a entender, entre otros au­tores, Ennio y Ovidio; a su fuga de Troya sobre los hombros de Eneas, alude varias veces el propio Ovidio (v. Fastos y Meta­morfosis).

En Virgilio la figura de Anquises es digna de veneración, pero no desempeña ningún papel decisivo; hay en ella algo de hierático, pero no toma resoluciones, sino que se limita a dar consejos, a alentar a los afligidos, a dirigir plegarias a los dioses y a interpretar los prodigios y señales di­vinos; representa la prudencia pensativa y serena, que desdeña las vanidades, que en los Campos Elíseos revela a su hijo la esencia del mundo y que en todo momento sirve de guía y de luz a la proverbial pie­dad de Eneas.

A. Ronconi