Alicia

[Alice]. Protagonista de La puer­ta estrecha (v.), de André Gide (1869- 1951). «Todo terminó. iAy de mí! Escapó de mis brazos como una sombra… No puedo aceptar mi desdicha… ¿Pero puede tener mérito una virtud de la que mi corazón en­tero reniega? Secretamente, yo desmentía las palabras que Dios ponía en mis la­bios…».

Alicia, con su propia renuncia pascaliana, renueva el homenaje a la muerte que otra sublime figura literaria, Otilia (v.), de Las afinidades electivas (v.), había ren­dido un siglo antes, en la total anulación de su ser. Pero si una actividad moral igualmente intensa lleva a morir consumi­das por igual amor no consumado a ambas heroínas, hermanándolas, el significado úl­timo de su sacrificio sitúa en extremos opuestos los ideales que las crearon: Oti­lia, al morir, recobra la paz, mientras Alicia muere desesperada por haber visto, en una brusca y cruel iluminación, la atroz des­nudez de su vida luego que «todo terminó»: aquel «todo» de que ella vivía era el amor.

En vano quiso negar la vida, en vano se mortificó en silencio ante el amor que a pesar suyo la exaltaba hasta el delirio y en vano se mintió a sí misma: no la guia­ba el amor a Dios, sino el amor a un hom­bre a cuya felicidad en Dios ofrendaba su propio holocausto. «Entre Dios y él no hay más obstáculo que yo», dice la pobre Alicia, segura de amar y de ser amada y, por lo tanto, de poder abrir para el hombre ido­latrado la gran puerta florida de la felici­dad terrenal.

Su Dios ordena: «Esforzaos en pasar por la puerta estrecha»; y cuando ella ve al amado dirigirse hacia la alegría, teme por él: aquél no es el camino que conduce a Dios. Alicia renuncia, pues, por amor y miente por el bien del amado, es­perando que éste, a través de la puerta es­trecha, llegará a encontrar a Dios, pero no a ella, que en lo más íntimo y «verdadero» de sí misma sólo es capaz de amar huma­namente: «…no obstante, bastaría que me hiciera una seña y tal vez no espero otra cosa…».

Su abandono a la muerte se trans­forma, pues, en un himno a la vida en el momento en que finalmente, pero ya demasiado tarde, reniega de su virtud y casi cede a la blasfemia, al ver que todo ha sido un error irremediable. En el desesperado grito con que rehúsa su soledad final, hay que ver al propio Gide, que afirma los derechos de la vida, reconociendo en ella a Dios, más allá de Pascal y más allá de Calvino, e incluso más allá de la metafísi­ca goethiana de Las afinidades electivas. Alicia, que es uno de los más perfectos y más patéticos personajes de Gide, es la imagen y el sentimiento de la crisis esen­cialmente ética en que se debate la con­ciencia del hombre moderno, a quien inútil­mente el viejo Dios puede inducir todavía al ideal del sacrificio: si el precio de la virtud es la vida, en el umbral de la puerta estrecha se hallarán la angustia, la blas­femia y la muerte.

G. Veronesi