Laudas, Lorenzo el Magnífico

[Lau­di]. Se ha discutido mucho si la religiosi­dad del Magnífico (1449-1492) fue sincera. A nosotros nos parece que sí, a condición de que se entienda que surge de su mismo humanismo, de la insatisfacción de la pe­renne búsqueda de nuevos motivos y de la aspiración de reposar en algo seguro: reli­giosidad típicamente neoplatónica que a través del amor a los bienes terrenos quiere alcanzar el bien perfecto del cual aquéllos no son más que la sombra.

Algunas de las Laudas más personales nos muestran este itinerario espiritual: «Tu sei per tutto, in ogni luogo, o Dio/e in alcun luogo non ti trovo mai» [«Tú estás en todas partes, oh Dios,/y yo no te hallo nunca en parte al­guna»]. Cansancio de una vida dispersa, afán de paz, ansiosa e insatisfecha aspira­ción mística. El tono, si ya no es intelectualista como en las obras neoplatónicas (v. Discusiones y Capítulos) queda no obstante indefinido, y el grave endecasílabo le sienta muy bien. La más conmovida y significa­tiva es «O Dio, o Sommo Bene, or come fai?» [«Oh Dios, oh Sumo Bien, ¿qué haces ahora?»]. En otras laudas, en cambio, lo trascendente no se busca en lo íntimo sino que se ve en el hecho simbólico de la reli­gión revelada, en las figuras de Cristo y de la Virgen, en la tradición católica, concreta y figurativa. El sentimiento se encarna en la imagen, de un realismo popular, ingenua­mente material, que recuerda las estatuas de cera con los rojos arroyuelos de sangre que corren por las carnes amarillentas: ex­presión más idónea al temperamento artís­tico del Magnificó, aunque más exterior en su expansiva sinceridad.

En líneas sintéti­cas se fijan de un modo inmediato simples motivos, impresiones visuales, y los versos tan breves y musicales, en el ritmo rápido de los bailes. No en vano se cantan con la misma música; distintas por el contenido, eran afines por el arte, y en unas y otras el Magnífico llevaba la voz de su pueblo y de sus superficiales emociones amorosas y religiosas. La mejor de todas es «Vieni a me peccatore», que recuerda un Crucifijo de Fray Angélico.

E. Rho

Laudas del Cielo, del Mar, de la Tierra y de los Héroes, Gabriele D’Annunzio

[Laudi del cielo, del mare, della térra e degli eroi]. Es el título de la obra, más importante de Gabriele D’Annunzio (1863-1938). En el pri­mer proyecto tenía que abarcar siete libros, cada uno dedicado a una de las Pléyades. Fueron publicados solamente los tres prime­ros volúmenes Maia (v.) en 1903, Electra (v.) y Alción (v.) en 1904. Más tarde, en 1912, Las canciones de la gesta de Ultramar (v.) escritas con ocasión de la guerra de Libia, fueron consideradas como cuarto li­bro de las Laudas, dedicado a Mérope (v.).

E. De Michelis

La obra de Gabriele D’Annunzio, en toda su unidad, abarca un siglo y una era: es la gran pira de maderos perfumados sobre la cual, gloriosamente, y en una especie de júbilo nervioso, se .consumió la última vida de un ropaje espiritual de diecinueve siglos, la segunda época de la humanidad civil de Occidente: sobre todo se consume en ella alegremente las últimas actitudes del siglo XIX, el siglo reacio a morir. (M. Bontempelli)

Laudas, de Jacopone da Todi

[Laudi]. En la edición impresa florentina de 1490 son un centenar, de las que pueden consi­derarse auténticas con certeza noventa y tres; pocas más parece que puedan sumarse a éstas, entre las muchas atribuidas al beato de Umbría (h. 1230-1306) que no figuran en aquella antigua edición, la cual nos ofrece, a falta de una moderna edición crí­tica, una recopilación casi completa y suficientemente segura de la poesía lírica de Jacopone.

Esta colección se distingue neta­mente de los laudarios contemporáneos, vo­ces de una religiosidad colectiva, caracte­rísticamente populares en el contenido y en la forma; porque Jacopone, lejos de ser, como pareció en un tiempo, el «juglar de Dios» que se hace intérprete de los senti­mientos populares en sus laudas compues­tas para el pueblo, es, a su modo, un poeta artístico dotado de una cultura literaria y, lo que más importa, un espíritu excepcio­nal, que ha vivido una experiencia religiosa propia de la que ha hecho tema de su lí­rica. Como aquellos más humildes autores de laudas, Jacopone no perseguía tampoco el hecho estrictamente poético, sino que escribía las suyas, como dice su editor del siglo XV, «para utilidad y consuelo de aque­llos que desean por vía de Cruz y de las virtudes seguir al Señor», ya sea hacién­dose monitor y reprensor de sus semejan­tes, ya sea que intentase transportar en verso su propia experiencia de místico. Por esto las laudas tienden ora a un tono neta­mente didascálico («Or vedette» [«Ahora ved»], «Oh, guarda» [«Oh, mira»], «Pensa» [«Piensa»] es la constante advertencia que en ellas resuena), ora a la apasionada invec­tiva, ora en fin a la expresión superabundan­te y tumultuosa propia de una « desmesura» de afecto que ignora, y quire ignorar, la me­sura de la poesía.

Pero si raras veces la pasión de Jacopone se purifica y se calma en un canto sereno, halla en su violencia una expresión inconfundible, y por así decirlo, relampagueante de poesía, que hace de estas laudas una obra única en la lite­ratura italiana. Odio y amor,, odio de sí mismo y amor de Dios, son los términos opuestos en que el ardiente fraile ve cifra­da su experiencia y su «filosofía»; aversión y amor, exclusivos y extremados, informan la mayor parte de sus laudas. Seguidor de San Francisco y militante entre los «espi­rituales», defensores de la más estricta ob­servancia de la regla franciscana, Jacopone hace suya la voluntad de sufrimiento, úni­ca en la que el alma puede encontrar la «perfecta leticia»; pero, desconocedor de la superior serenidad del Maestro, exaspera aquella humildad en un afán nunca saciado de humillación, en el «odio» a sí mismo, que, mucho más que la «perfecta leticia», pasa a ser el tema de su meditación y ¿un de su vida.

Aquel odio le hace invocar, en un ardor de purificación, males sobre males («Oh signor per cortesia,/mandami la malsania!») y le inspira en medio del horror de la cárcel en que su gran adversario, el papa Bonifacio VIII, le ha encerrado, el grito de triunfo y de burla de sus propios dolores y su propia humillación : «O mira- bil odio mio d’onne pena hai signorio. / Nullo recepì ingiurio: vergongna t’è esalta­zione…/Questa pena che m’è data trent’an- ni è che l’aggio amata:/Or è gionta la giornata d’esta consolazione… / Fama mia t’aracomando al somier che va ragliando…» [«O admirable odio mío, de toda pena tie­nes señorío./No recibí injuria ninguna: la vergüenza te es exaltación.. ./Esta pena que me es’ dada, hace treinta años que la amo:/ ahora ha llegado el día de esta consola­ción…/Fama mía, te encomiendo al asno que va rebuznando…»]. Y semejante odio, como se comprende, no se puede limitar a su persona, sino que afecta a toda la naturaleza humana, débil y pecaminosa, que las laudas no se cansan de descubrir en todas sus fealdades físicas y morales con sutileza psicológica, imágenes crudamente realistas y una ironía voluntariamente ruda y grosera. Obsesionado por el mal que sien­te en sí y en los demás, ¿cómo podría un espíritu semejante usar de moderación fren­te a sus adversarios, los franciscanos dege­nerados, los prelados políticos y mundanos, y Bonifacio VIII, el pontífice a quien no ha querido reconocer y que le ha excomul­gado? La invectiva surge terrible de su pluma («Fansi chiamare Ecclesia le mem­bra d’Anticristo» [«Hácense llamar Iglesia los miembros del Anticristo»]), y el sarcasmo resuena en su epístola de reto y amenaza al pontífice: «O papa Bonifazio molto hai iocato al mondo :/Penso che giocondo non te porrai partire» [«Oh papa Bonifacio, mu­cho has jugado en el mundo,/pero pienso que no podrás marcharte de él tan alegre»].

En tan gran encarnizamiento contra sí mis­mo, contra sus enemigos y contra el mundo, Jacopone es presa de vez en cuando de una angustia sin nombre : la ironía y el sar­casmo se convierten entonces en desolada constatación («O vita penosa continua bat- taglia./Con quanta travaglia la vita è me­nata… Non è nel mondo cosa che piaccia./ E questa traccia non è mai finita» [«Oh vida penosa, continua batalla./Con cuánto tra­bajo se lleva adelante la vida… No hay en el mundo nada que guste/y este camino no se acaba nunca» ] ), y la invectiva contra sus adversarios en el lamento de la Iglesia abandonada («Piange l’Ecclesia, piange e dolura / Sente fortura di pessimo stato…/ O’son li patri pieni di fede?…/0’son li pro­feti pieni di speranza?… O’son gli apostoli pieni di fervore?…» [Llora la Iglesia, llora y sufre / y siente el agobio de su pésimo estado…/¿Dónde están los padres llenos de fe?…/¿Dónde están los profetas llenos de esperanza?… / ¿Dónde están los apóstoles llenos de fervor?…»], y en la pavorosa re­presentación del mal triunfante («Or se parrà chi averà fidanza/La tribulanza ch’è profetizzata/Da onne lato veggiola tuona­re./La luna è scura, el sole ottenebrato/Le stelle del cielo veggio cadere…/ O sire Dio, chiporrà scampare?… / L’acque del diluvio son salute,/Coperti i monti, somersa onne cosa/Aiuta, Dio, aiuta lo notare!» [«Ahora aparecerá quien tenga confianza./La tribu­lación que está profetizada/la veo tronar por todos lados./La luna está oscura, el sol cubierto de tinieblas./Veo caer las estre­llas del cielo…/Oh señor Dios, ¿quién po­drá salvarse?…/Las aguas del diluvio son salvación./Cubiertos los montes, todo su­mergido/i ayuda, oh Dios, ayuda a este escri­bano!»]; en semejantes momentos salía de su corazón la imagen del Juicio Universal, del alma que da al cuerpo el tremendo anuncio («O corpo enfracedato/io so l’anima dolente :/Lievate amantenente ché sei meco dannato/L’agnolo sta a trombare voce de gran paura» [«Oh cuerpo marchito, yo soy el alma doliente/levántate en seguida que estás condenado conmigo./El ángel va a trompetear voces de gran pavor»]), de la confusión frente al tribunal de Dios («Chi è questo gran sire rege de grande altura?/ Sotterra vorria gire, tal me mette in pau­ra» [«Quién es este gran señor, rey de gran altura?/Bajo tierra quisiera estar, tal es mi pavor» ] ) ; «Ove porria fuggire da la sua faccia dura?/Terra, fa copretura! ch’io noi veggia adirato» [«¿Dónde podría huir de su dura faz?/Tierra, cúbreme para que no lo vea airado»].

Pero Jacopone es también el poeta del amor, del amor de Dios, en el que la persona humana halla a la vez la exalta­ción y el aniquilamiento («l’alta nichilitade» ) y que le infunde en el ánimo ora una em­briaguez sin par, ora un medroso terror. Surge así el breve canto: «O iubilo del core che fa cantar d’amore» [«Oh júbilo del cora­zón que hace cantar de amor»] y la extensa lauda «Amor de caritate», que traduce el anhelo del alma por confundirse con la divinidad («Amor de caritate perché m’hai sin ferito ?/Lo cor tutt’ho partito ed arde per amore… Jesù speranza mia ab issarne en amore» [«Amor de caridad, ¿por qué me has herido así?/’El corazón tengo partido y arde por amor… Jesús, esperanza mía, abísmame en amor»]); nace de ello una de las obras más delicadas y poéticas de Jacopone, el llanto del alma que invoca en vano el amor de su Dios («Piangi dolente anima predata» [«Llora, doliente alma arrebatada»]), y la originalísima disputa; «De la diversità de contemplazione de Croce» [«De la diversidad de contemplación de la Cruz»]), en la cual dos frailes, ebrio el uno de santa alegría, y turbado y casi deshecho el otro por la contemplación de la Cruz, expresan el dra­ma místico de Jacopone en sus alternativas de deseo y miedo, de la primera alegría y de la turbación final del abandono amo­roso.

Pero en ninguna lauda quizás el en­cuentro del hombre con Dios, en sus opues­tas notas de exaltación y turbación, se traduce en una forma tan sensible y potente como en los versos «De la Beata Vergine Maria» : «O Maria co facivi quando tu lo vidivi?/Or co non te morivi de l’amore afocata ?/Co non te consumavi quando tu lo guardavi? / Ché Dio ne contemplavi en quella carne velata…?»] [«Oh María, ¿qué hacías cuando lo veías? ¿Cómo no moriste sofocada de amor ?/¿ Cómo no te consumías cuando lo mirabas/al contemplar a Dios en aquella carne velada?…»]. Un acento muy distinto tendrá este mismo motivo cuando lo tome la balada de Giovanni Dominici (1356-1419) «Di Maria dolce con quanto de- sio/Miravi il tuo figliuol Cristo mio Dio» [«Di, dulce María, con cuánto amor/miré a tu hijo Cristo mi Dios»], que un tiempo se atribuyó a Jacopone, pero que en su sencilla humanidad está tan lejos de la mís­tica embriaguez de éste. La palabra de Jacopone es siempre palabra declamada, mar­cada por el ardor de un alma que se dirige a un interlocutor, y espontáneamente tien­de a la forma del diálogo, del drama, en el que el ánimo atormentado del fraile puede expresar mejor la plenitud de su afecto. Incluso la materia más abstracta, como el misterio de la Redención, asumía forma dramática en la mente de Jacopone. Puede decirse que esta forma, a la que no fue extraño el ejemplo de la poesía profana, era la forma natural de su espíritu.

No debe por lo tanto maravillarnos el encontrar en­tre tantos diálogos un auténtico drama, la lauda «Donna del Paradiso» conocida tam­bién con el nombre de El llanto de la Virgen (v.), que es la obra maestra de Jacopone, la obra en que su poesía relampa­gueante en otras laudas con sentencias, imá­genes y motivos singulares, puede manifes­tarse en una forma más cumplida. Porque en el drama de la Pasión, que traduce con escorzos audacísimos y admirable densidad de acentos, encuentra todos los motivos de su meditación y de su poesía: la congoja por el mal del mundo y la voluntad exas­perada de sufrimiento, que le inspiran la representación del pueblo bestializado y la lenta y cruel descripción de la crucifixión, el amor infinito de María, que del dolor saca nuevas llamas, y la alteza de Cristo, que aun en su Pasión está por encima del hombre y aun del mismo dolor de su Madre.

M. Fubini

La poesía de Jacopone es realidad toda­vía natural, aún no espiritualizada, del arte; es materia en bruto, toda discorde, que da algunos rasgos bellísimos, pero nada acabado y armónico. (De Sanctis)

Tanta alegría como hay en el Cántico, hay atormentado pavor en las Laudas. El temblor cálido de la adoración franciscana se convierte en espasmo en Jacopone da Todi.          (M. Bontempelli)

Laudas, Feo Belcari

[Laudi] Al nombre de Feo Belcari (1410-1484) va ligada una de las más copiosas producciones de laudas del siglo XV, índice característico de una nueva orientación del género de las laudas renacida al sol y en el culto clima del humanismo.

Tratada por poetas doctos, la lauda pierde la olorosa frescura y el en­cendido candor que le eran propios en el siglo XIV para hacerse más linda, más dies­tramente consciente de sus propias gracias, entonándose al gusto más refinado del pú­blico y al estilo de las fiestas y reuniones de los oratorios florentinos. Éstos, más o menos, son los caracteres y el tono de las numerosas laudas de Feo Belcari, el cual, como los demás escritores de laudas de su época (Lorenzo el Magnífico, Francesco d’Albizzo, Castellano Castellani), emparenta estrechamente la métrica y la música de la lauda con las de la canción carnavalesca y la «canzonetta» profana; así la lauda «Come l’amor divino diletta e illumina el cuore purgato» se cantaba con la música de «Leg-giadra damigella», el «Lauda di Nostra Donna», con la música de «O canzonetta mia», etc. Lo cual escandalizaba a los pre­lados griegos que asistieron al concilio de Florencia, educados en una tradición más hierática y severa.

Poeta hábil, si no de grandes vuelos, Belcari logra armonizar la encendida dulzura del sentimiento y del impulso religioso con la estudiosa y gentil elegancia de los tiempos nuevos, retinando el lenguaje de la antigua lauda y perfec­cionando ciertas cadencias y modos esti­lísticos. Pero aun entre desigualdades de tono y forma debidas en parte a la diversi­dad de los auditorios y de las circunstancias, las laudas de Belcari constituyen la parte mejor de la producción laudística del si­glo XV, antes de que el movimiento re­ligioso capitaneado por Savonarola sur­giese infundiéndoles espíritu más ardiente y severo.

D. Mattalía

El Latiguillo, Rudolf G. Binding

[Das Peitschchen]. Es la mejor lograda de las Leyendas del tiem­po (v.) del escritor alemán Rudolf G. Binding (1867-1938). En el marco de las fiestas de Navidad, en la ingenuidad de la mi­rada de aquellos tres niños para los que parece ser contado el cuento, el escritor ha conseguido crear un equilibrio que no al­canzó en las otras leyendas. Sobre todo se acercó a aquel ritmo narrativo, a aquel tono, a la vez ingenuo y persuasivo, que tanta vida confiere a los cuentos. El escri­tor nos conduce a Flandes, a la plaza de una ciudad, una mañana de Navidad; todo el mundo se está preparando para celebrar­la, comprando dulces, regalos y especial­mente juguetes.

Tres niños, hijos de una vendedora callejera, están eligiendo preci­samente su regalo, que su madre les permi­tirá tomar si no lo vende durante el día; y se ponen de acuerdo para pedir para cada uno de ellos uno de aquellos pequeños látigos que se pueden envolver alrededor de un trompo, para hacerle dar vueltas. Pero he aquí que el Niño Jesús, acompa­ñado de la Virgen, pasa por allí apenas despunta el día y coge en seguida un lá­tigo; luego echa a andar hacia el templo, junto a su madre, montado sobre su bu­rrito. Los tres niños se quedan pasmados y ansiosamente aguardan; desdichadamente para ellos, aquel día su madre hace bue­nos negocios y vende casi toda su mercancía: los látigos desaparecen en un mo­mento junto con los trompos, y al caer la noche es vendido el último, bajo la lacri­mosa mirada de los niños, que tendrán qué contentarse con tres trompos. Pero cuando están a punto de echar a llorar, el portal de la iglesia se abre y el Niño Jesús vuelve con su madre para entregarles, sonriendo, el látigo que había tomado por la mañana. En efecto, de no haberlo guardado para ellos, nunca lo habrían tenido.

Y la con­clusión sabe aún más a cuento de hadas: es la alusión a un modismo de Flandes, cuando unas personas están o se han puesto de acuerdo acerca de algo: «¡ Esos tienen un látigo entre todos!». Resulta de ello un cuadrito dibujado con gran felicidad y con matices delicados, sensibles incluso en el estilo, y raros en un espíritu tan íntima­mente severo.

R. Paoli