El Libro del Nuevo Mundo Moral, Robert Owen

[Book of the New Moral World]. Obra de Robert Owen (1771-1858), industrial y reformador utopista británico, publicada en siete partes de 1826 a 1844. Traducción de algunas partes de la Biblioteca del Econo­mista, serie III, vol. IX, parte 1.a El libro se propone explicar una nueva constitución social que asegure la felicidad de la raza humana para todas las edades futuras. La parte fundamental se refiere a la produc­ción y distribución de la riqueza: se pro­pugna el cooperativismo, que tiende a la abolición del provecho y a la sustitución del régimen monetario por un régimen de cambio de los productos a base del trabajo. Siguen dilucidaciones en torno a la nueva religión y a la moral que habrán de instau­rarse en el «nuevo mundo», bastante dis­tintas de las «inconsistentes» del mundo antiguo (es decir, del nuestro). La obra es, en todas sus partes, utópica y presuntuosa; por otra parte tiene el valor de poner en evidencia muchos inconvenientes del régi­men capitalista, particularmente a propósito del provecho, y de aspirar noblemente a una integral realización de la hermandad humana que ya fue revelada por el cristia­nismo, clasificado por Owen entre las reli­giones «inconsistentes».

P. E. Taviani

Libro del Gorrión Felipe, John Skelton

[Boke of Phyllyp Sparowe]. Poema de John Skelton (1460?-1529), compuesto entre 1503 y 1507.

Es un canto fúnebre humorístico y en cier­tos puntos parodia, a la muerte de un go­rrión amado por una jovencita, Jane Scrope, alumna en un convento de Norwich. El cul­pable del horrendo crimen es un gato, por lo que el poeta, después de haber cantado el desesperado dolor de la muchacha, invoca sobre aquel miserable y sobre toda la raza de los gatos, la eterna maldición. Todos los pájaros celebran una ceremonia fúnebre por el alma del gorrión muerto, y este epi­sodio sirve a Skelton, a pesar de su condi­ción de clérigo, para parodiar los ritos fú­nebres y los sacerdotes que los efectúan. Los vocablos latinos y franceses, copiosa­mente entremezclados en el texto inglés, en una extraña contaminación de expre­siones doctas*y de lenguaje grosero y vul­gar, contribuyen a dar comicidad al poema. El argumento está sacado de Catulo y de Ovidio, pero desarrollado en forma origi­nal; son personales el tono y el procedi­miento de parodia, en el que el autor pone su desdeñosa reacción contra los vicios de la Iglesia. Tiene afinidad con este poemita el Vert-Vert (v.), epicedio de un papagayo, de Gresset (1709-1777).

Skelton, escritor ori­ginal, especialmente en la sátira poderosa y grosera contra personas e instituciones de su época, a quien Erasmo llamó «gloria y luz de las letras», representa la transición entre la antigua poesía caballeresca de Chaucer y la escuela nueva influida por el Renacimiento italiano.

G. Lupi

Libro del Gentil y de los Tres Sabios, Ramón Llull

Del genial escritor catalán Ramón Llull (1233-1315/1316). El título original, en su forma más corriente, es Libre del Gentil e deis tres savis; se le cita también con los títulos de Libre de raons en les tres ligs y Libre de demandes e de qüestions. Fue compuesto con toda probabilidad antes de 1275 y es mencionado en el Libre de Con­templado (v.). J. Rubio (Hist. Gen. Lit. Hisp., I, 693) no da mayores precisiones en cuanto a su fecha. S. Galmés (Ramón Llull. Obras Literarias, B. A. C., 1948, 9) opina que el Libre del Gentil fue escrito en árabe antes de 1270 y traducido al catalán hacia 1272. Se conservan de él una traduc­ción latina, otra francesa fragmentaria y otra castellana por Gonzalo Sánchez de Uceda.

El texto catalán fue publicado por Jerónimo Rosselló, en Obras de Ramón Llull, Palma, 1901. El Libre del Gentil es la primera obra apologética de carácter mi­sional compuesta por Llull. Como en tantas oirás obras suyas, la parte doctrinal, que es la que predomina, está encerrada en un breve relato novelesco, en el que Menéndez Pelayo ha señalado la influencia del Cuzarí de Yĕhudá ha-Leví. Para la exposición de la parte teológica y moral se recurre a la alegoría, lo que también es frecuente en la producción luliana. Imagina Llull en esta obra que un gentil — o uri pagano —, sabio en toda ciencia, pero ignorante de la exis­tencia de Dios y de la resurrección, co­menzó a pensar, en su vejez, en la muerte y en la inanidad de los bienes temporales. Esto le sumió en tanta tristeza que se deci­dió a viajar por tierras extrañas, para ver de encontrar a alguien que pudiera conso­larle. En estas andanzas llegó a un jardín; en él había cinco árboles simbólicos, rega­dos por la doncella Inteligencia. En el jardín encontró a tres sabios de distinta reli­gión— un judío, un cristiano y un musul­mán—, que habían acordado discutir bajo los cinco árboles, junto a una bella fuente. «Pensad señores — dijo uno de los sabios’— cuántos son los daños que se siguen porque los hombres no tienen una religión única, y cuántos bienes se seguirían si tuviesen una fe y una ley».

El gentil fue admitido a escuchar la discusión. Primero se trató de Dios y de la Resurrección, y en esto hubo acuerdo en las tres leyes. Después cada sa­bio expuso los artículos de su fe y explicó, según su creencia, las flores de los cinco árboles, cuyo simbolismo les había revelado la doncella Inteligencia. Habló en primer término el judío, después el cristiano y finalmente el mahometano. El gentil hacía preguntas a los sabios. Guiado simplemente por su claro entendimiento hace objeciones al judío, solicita mayores explicaciones del cristiano y refuta al mahometano con ra­zones del cristiano que él ha encontrado convincentes. Los tres sabios discurren a la manera luliana por analogías y diferencias de conceptos, que mutuamente se apoyan o se destruyen. Terminado el debate, los sabios renuncian a saber la religión que había escogido el gentil, para que esto no pudiera influirles en las discusiones que los tres habían de continuar teniendo hasta ponerse de acuerdo. Este detalle revela el alto sentido de comprensión y de toleran­cia que resplandece en esta obra de polé­mica. Cuando el gentil vuelve a encontrarse solo, los ojos se le inundan de lágrimas de gozo y dirige una impresionante oración a Dios, por haber recibido la luz de que care­cía y hallado solución a los problemas que le torturaban. Son las páginas más bellas, dignas del autor del Libro de contempla­ción en Dios (v.) y del Blanquerna (v.).

Al final los tres sabios se despiden, dándose muestras de amistad y de tolerancia, y acuerdan proseguir sus discusiones un rato todos los días hasta que los tres estén con­cordes en una misma fe. Condición previa de esta discusión era que los tres se hon­rasen y se sirviesen, «porque la guerra, el trabajo, la malquerencia y el hacerse daño y afrenta, impide a los hombres estar acor­des en una creencia».

P. Bohigas

El Libro del Escolio, Teodoro bar Kônî

Vasto comen­tario de la Sagrada Escritura, en once dis­cursos, de Teodoro bar Kônî, escritor sirio del siglo VIII al IX. De tema gramatical, lógico, filosófico, teológico, contiene además largas discusiones de contenido antiherético, con una exposición de -las doctrinas más importantes del paganismo caldeo, griego y persa, así como argumentos apologéticos. Es sobre todo importante la parte filosófica. Edición de Scher en Corpus scriptorum christianorum orientalium. Scriptores syri (París y Leipzig, 1910); trad. parcial ita­liana de Furlani, La filosofia nel libro degli scoli di Teodoro bar Kêwânay, «Giornale della Società Asiatica Italiana», N. S., I (1925-1926), 250-296.

G. Furlani

Libro del Caballero et Del Escudero, Juan Manuel

Obra narrativa del escritor español Juan Manuel (1282-1348), escrita hacia 1326 y conservada en estado fragmentario (la obra presenta una laguna que abarca, en la edición de Gayangos, desde el principio del cap. III hasta el final del cap. XVI). El autor nos dice que compuso este libro «en una manera que llaman en Castiella fabliella», pero los elementos didácticos superan, por completo, a los estrictamente narrati­vos.

Un escudero, cuando se dirigía a las cortes que había convocado un honrado rey, encuentra a un caballero anciano que le en­seña cuál es el estado mejor del mundo y le instruye sobre «qué cosa es la caba­llería». Sigue, a este tratado caballeresco, una pequeña enciclopedia en la que el an­ciano caballero, que hace vida de ermi­taño, trata de Dios, de los ángeles, del Pa­raíso, del Infierno, de los cielos, de los ele­mentos, de los planetas, del hombre, de las bestias, aves y peces, de las hierbas, árboles, piedras y metales del mar y de la tierra. El caballero muere y el escudero asiste, respetuosamente, a su entierro. «Et después fuese para su tierra do fue muy amado et muy preciado, et viseó muy honradamente fasta que Dios tuvo por bien de le levar deste mundo». Nos encontra­mos, pues, con el procedimiento didáctico vigente en la época y que volveremos a encontrar en El libro de los estados (v.) y en El conde Lucanor (v.).

Un maestro y un discípulo dialogan: el primero da las reglas y enseñanzas necesarias a la per­fecta educación del segundo. El modelo de los primeros capítulos de la obra es el Libro del Orden de Caballería (v.) de Ramón Llull. El mismo don Juan Manuel confiesa esta imitación, aunque sin nombrar al escritor catalán: «Yo don Johan, fijo del Infante don Manuel, fiz este libro, en que puse algunas cosas que fallé en un libro, et si el comienço dél [es] verdadero o non, yo [non] lo sé, más me paresció que las razones que en él se contenían eran muy buenas, tove que era mejor de las scrivir que de las lexar caer en olvido. E otrosí puse y algunas otras razones, que fallé scritas, et otras algunas que yo puse, que pertenescían para seer y puestas». El plan de la segunda parte del libro coincide, inicialmente, con el Félix o Libro de mara­villas (v.) del mismo Llull, pero, en la exposición del escritor castellano, no hay nada que recuerde de una manera directa el peculiar tecnicismo del autor catalán.

Don Juan Manuel, unos años más tarde, alude a esta obra en el Libro de los esta­dos: «Et como quier que este libro fiz don Johan en manera de fabliella, sabed, señor infante, que es muy buen libro et muy provechoso, et todas las razones que en él se contienen son dichas por muy buenas palabras et por los muy fermosos latines que yo nunca oí decir en libro que fuese fecho en romance». Estas palabras son un testimonio evidente del cuidado con que el autor trabajó el estilo del Libro del caba­llero et del escudero.

J. Molas