Jean Bodel

Vivió en Arras durante la segunda mitad del siglo XII y murió en 1210. Probablemente clérigo, y poeta muy apre­ciado en su ciudad natal, cuando estaba a punto de marchar como cruzado a Tierra Santa advirtió ser leproso.

Forzado a reti­rarse del mundo, dirigió a los amigos un emotivo adiós en su célebre Despedida (1205, v.), con lo cual dio lugar a la apa­rición de un nuevo género; fue ésta su última obra poética.

Anteriormente había compuesto un cantar de gesta, el Cantar de los sajones (v.), acerca de las guerras de Carlomagno contra este pueblo; el Juego de San Nicolás (v.), el primer «milagro» dramático en vulgar del teatro medieval de Arras, que debió de serle encargado por alguna escuela o cofradía con destino a la fiesta del Santo, y algunas poesías líricas que, sin embargo, no tienen el valor de las obras citadas.

M. Pasquali

Wilhelm von Bode

Nació en Kalvörde en Brunswick el 10 de diciembre de 1845 y murió en Berlín el 1.° de marzo de 1929; fue Bode un historiador de arte dotado de vasta eru­dición.

Toda su vida, pobre en episodios externos si se exceptúa un largo viaje a través de Italia y por los museos de Europa, realizado inmediatamente después de la li­cenciatura, quedó absorbida por su cons­tante actividad de estudioso de la historia del arte.

Las etapas de esta actividad están constituidas por numerosos estudios sobre la pintura holandesa y la flamenca y sobre la escultura italiana y la alemana: Historia de la escultura alemana [Geschichte der deutschen Plastik, 1885]; Rembrandt, en co­laboración con Hofstede de Groot, 1897- 1906; Escultores florentinos del Renaci­miento (v.); Los pequeños bronces italia­nos del Renacimiento [Die italienischen Bronzestatuetten der Renaissance, 1906-12]; Rembrandt y sus contemporáneos [Rem­brandt und seine Zeitgenossen, 1906]; Franz Hals, escrito en colaboración con M. J. Bin­der, 1914: Los maestros de las escuelas ho­landesa y flamenca [Die Meister der hol­ländischen und flämischen Malerschulen, 1917]; Botticelli, 1923, etc., y por la afor­tunada carrera emprendida por los museos alemanes que debía llevarle en 1904 a la fundación del Kaiser Friedrich Museum y dieciséis años después al cargo de director general de todos los museos reales de Prusia.

De este modo, tanto en su trabajo de estudio como en el organizador, aportó Bode aquella exigencia de escrupulosa precisión, de maestría alemana que había heredado de su padre, presidente de tribunal, y de los mismos estudios jurídicos que Bode había rea­lizado antes de entregarse al estudio de la historia del arte y la arqueología en las universidades de Berlín y Viena.

Son tes­timonio de ello los muchos años empleados en la compilación y en la reorganización de catálogos de colecciones públicas y priva­das y el cuidado que dedicó al mejora­miento aportado por él mismo a las edicio­nes cuarta y quinta de una obra que había pesado no poco en su formación de erudito, El Cicerón (v.) de Burckhardt (v.). Confió sus memorias a la obra Cincuenta años de trabajo en los museos [Fünfzig Jahre Mueseumsarbeit, 1922].

G. Arneri

Traiano Boccallini

Nació en Loreto en 1556 y murió el 29 de diciembre de 1613 en Venecia. Estudió en Perugia, Padua y Roma, y fijó su residencia en esta última ciudad. Aun cuando ejerciera algunos cargos de go­bierno, huyó de la vida cortesana y gustó de vivir «cual eremita en la estrechez de una celda, más satisfecho de conversar con Tácito que de charlar con ciertos hombrezuelos de la corte…».

Las Osservazioni su Tácito (v. Balanza política), empezadas con anterioridad a 1590, constituyeron, en efecto, la labor a que más seriamente dedicóse du­rante casi toda su existencia. En torno a 1605, y como pasatiempo, empezó Avisos del Parnaso (v.). Ofreció manuscritas algu­nas partes de esta obra al rey de Francia y al cardenal Scipione Caffarelli-B’orghese, su nuevo mecenas, y manifestó no querer­las imprimir.

Sin embargo, ya muy avanzado el texto y ante la posibilidad de obtener de él fama y cierta ayuda para su nu­merosa y necesitada familia, resolvió pu­blicarlo en territorio libre, y así lo hizo parcialmente en 1612 en Venecia, con el auxilio financiero de otro protector, el car­denal Bonifacio Caetani. Los últimos «avi­sos», algunos de ellos políticamente muy comprometedores, aparecieron con carácter póstumo en 1615 y bajo el título Piedra de toque de la política (v.).

Boccallini destacó la imposibilidad de conciliar la razón de es­tado con el cristianismo (v. Religión y raón de estado), fustigó la corrupción de la Curia romana y hubo de enfrentarse por dos veces con el Santo Oficio. No se juzga cierta la noticia según la cual habría muer­to envenenado por los españoles, a quienes atacara duramente como corruptores de las costumbres y opresores de la libertad ita­liana.

C. Jannaco

Umberto Boccioni

Nació en Reggio Cala­bria el 19 de octubre de 1882 y murió en Sorte (Verona) el 16 de agosto de 1916, durante la guerra europea — en la que participó como voluntario— y debido a una caída de caballo.

Fue escultor, pintor y escritor, y vivió en una extrema tensión bruscamente quebrada. «Hay que mirar adelante hasta el estallido de las pupilas», había escrito poco antes de iniciarse la conflagración de 1914 al exponer en Pintura, escultura futu­ristas (v.) los orígenes y las razones del movimiento por él creado.

Después de una etapa en Roma, donde frecuentó el estudio de Giacomo Baila, marchó en 1902 a París; tampoco allí permaneció mucho tiempo. «Todo se mueve, todo corre, todo gira rá­pidamente… — escribía—. Es necesario te­ner el valor de superarse hasta… la perfec­ción, o sea la consumación. Todo marcha hacia la catástrofe…».

Según él, pues, resul­taba urgente adaptarse a la extremada ve­locidad de la época; y así, iba adquiriendo forma, sobre todo en sus obras escultóricas; el concepto del «dinamismo plástico» que fue el motivo estético original del futuris­mo.

Estuvo largo tiempo en San Petersburgo, y en 1909, durante su última perma­nencia en París, publicó en Le Fígaro el programa de aquella corriente; un año des­pués lanzaba desde Milán el primer Manifesto della Pittura Futurista, al que siguie­ron otros.

Esencialmente lírica fue su pa­sión vital, incesante afán de avanzar «hacia la liberación de lo determinado», «aspira­ción a la nada», «violento deseo de salir de sí mismo para perderse en el espacio», sentimiento de «consumación» del que na­die supo comprender exactamente el sen­tido oculto.

G. Veronesi

Luigi Boccherini

Nació en Lucca el 19 de febrero de 1743 y murió en Madrid el 28 de mayo de 1805; fue quizá el más importante compositor italiano de música instrumental del siglo XVIII, estabilizador del estilo de cámara basado en la concepción de cuarte­tos con sus numerosísimos tríos, cuartetos, quintetos y sextetos.

Inició sus estudios con el abate Vanucci en el seminario de su ciu­dad natal y los continuó en Roma, dedicán­dose al mismo tiempo al violoncelo y a la composición. Habiendo regresado a Lucca, estrechó amistad con el violinista Filippo Manfredi y emprendió con él una afortu­nadísima jira artística que duró varios años.

En 1768 llegó a París, donde obtuvo calu­rosa acogida y donde publicó sus primeros tríos y cuartetos. En 1769, siempre con Man­fredi, se trasladó a Madrid, invitado por el embajador de España en París: allí obtuvo el calificativo de «compositor y virtuoso de cámara» del infante don Luis, hermano del rey, conservándolo hasta la muerte del in­fante, ocurrida en 1785.

De 1787 a 1797 es­cribió música solamente para Federico Gui­llermo de Prusia, que le había conferido el título de compositor de cámara con una pensión anual. Muerto Federico Guillermo en 1797, Boccherini perdió la pensión y su situación económica empeoró rápidamente.

Durante un breve período, de 1799 a 1802, gozó de nuevo de una cierta prosperidad gracias a la generosa protección de Luciano Bona- parte, al que había dedicado algunas de sus obras; pero después que el embajador fran­cés hubo de abandonar Madrid, perdió este último apoyo y pasó los últimos años de su vida en estado de gran indigencia.

Sus res­tos fueron sepultados en la iglesia de San Justo de Madrid; transportados a Lucca en 1927, se conservan en la iglesia de San Francisco. Músico extraordinariamente fe­cundo, es autor de casi quinientas compo­siciones, entre las cuales figuran no menos de sesenta tríos, ciento dos Cuartetos (v.) ciento quince Quintetos (v.), dieciséis sex­tetos, dos octetos y veinte sinfonías.

En to­dos estos trabajos, el compositor sobresale por la riqueza de la invención melódica y por la fluidez del diálogo instrumental, llevado con gracia y equilibrio a través de una sucesión de sonrientes exquisiteces, en­tre las que se insinúan algunas veces acentos levemente patéticos: son famosos el Concierto para violoncelo y orquesta (v.) y el Minueto en la mayor (v.).

Escribió también la ópera La Clementina (1765), los oratorios juveniles Giuseppe riconosciuto y Gioas re di Giuda, un Stabat Mater (1800), una misa (1800), algunas cantatas y diversas arias académicas.

A. Pironti