Vela De Finnegan, James Joyce

[Finnegan’s Wake]. Obra en prosa del escritor irlandés James Joyce í 1882-1941), publicada en 1939, des­pués de diecisiete años de trabajo y de haber publicado muchos fragmentos de esta Obra en curso [Work in Progress] en la revista francesa «Transition» y en edicio­nes limitadas (Anna Livia Plurabelle, Nue­va York, 1928, y Londres, 1930; Dos historias de Shem y Shaun [Two Tales of Shem and Shaun], Londres, 1932: Tened hijos en to­das partes [Haveth Childers Everywhere], París, 1930, y Londres, 1931).

Por su carácter no se puede hacer de ningún modo un resu­men del libro; tan sólo es posible dar una idea de su estructura y significado. El tí­tulo del libro es el mismo de una especie de balada popular, donde se cuenta que alrededor de Finnegan, al que se cree muer­to, se reúnen sus amigos para velarle, be­biendo, según la costumbre; al oír hablar de bebida, Finnegan se despierta y parti­cipa en el velorio bebiendo con los demás. Tras narrar en Ulises (v.) el día de un hom­bre cualquiera, Joyce representa en este libro la noche de un hombre cualquiera. Su Finnegan es un tabernero que antes de dormirse ha bebido más de la cuenta. En el sueño, su subconsciente ya no tiene los frenos que, despierto, mantienen unida su personalidad. Finnegan deja de ser «un» hombre para llegar a ser el hombre de su raza, reviviendo sus vicisitudes desde los primeros tiempos hasta los presentes e, im­plícitamente reviviendo la aventura de toda la humanidad.

En las oscuras figura­ciones del sueño, llega a ser, sucesivamente, el celta en lucha con los vikingos o los romanos, él dominado o el invasor, el indi­viduo anónimo o Napoleón; y entre estas vicisitudes, realizadas más que por unos personajes por unos arquetipos, se insinúan los fragmentos de la personalidad diaria del dormido. Los episodios recuerdan las gran­des vicisitudes de la humanidad (v. Anna Livia Plurabelle), las cuales se configuran según un esquema que sigue, más o menos fielmente, la teoría de los ciclos históricos de Giambattista Vico (v. Ciencia nueva); a las cuatro fases del ciclo de Vico corres­ponden las cuatro partes del libro, que llega a ser de esta forma un replanteamiento de la vida en su formación, vivido en el sueño de un borracho.

Si en esta circunstancia tenemos que ver una manifestación de «hu­mor» e ironía, el origen bajo de Finnegan quiere probablemente acentuar también la profunda comunión del personaje con el espíritu de su raza: precisamente este espí­ritu y su universal valor humano son lo que el autor quiere alcanzar y comunicar, empujado por una intención claramente con­cebida y basada sobre orientaciones de pen­samiento en parte antiguas (metempsicosis) en parte contemporáneas (psicoanálisis; du­ración bergsoniana del tiempo, etc.); pero también empujado por una tendencia a la desintegración, en la que hay que recono­cer un subterráneo impulso de todo su arte. La conciencia universal de la raza se re­suelve prácticamente en una disgregación de la conciencia a la que sigue la disolu­ción de toda forma en el sentido creativo de la palabra, no pudiéndose reconocer este valor en lo que, en el libro, es un esquema o una estructura únicamente intelectual.

También el lenguaje, desarrollando los ca­racteres ya presentes en Ulises, se lanza hacia combinaciones inverosímiles de pala­bras, amontonando los resortes de muchos idiomas, se rompe en onomatopeyas, balbuceos, puros sonidos donde los vocablos pier­den todo significado, se recoge en grupos de letras de dos o tres líneas, con un decidido salto hacia lo incomprensible. Todo esto no es más que una tentativa de rehacer el proceso de formación del lenguaje. Por lo que se refiere al resultado propiamente artístico, es difícil, a pesar de las bellas imágenes y las hermosas páginas, sustraerse a la impre­sión de un regreso hacia lo informe y el caos. De todos modos, la obra tiene un sig­nificado y un valor de indicio del mayor interés, también debido a que el trabajo intelectual, técnico y científico de nuestro tiempo está aquí en función de arte como quizás ningún escritor hizo; y quedan los fermentos, ya fructíferos, de lo que podría llamarse la forma de sincretismo lingüístico realizada por Joyce.

S. Rosati

Es la expresión más perfecta del estado de sueño. James Joyce realiza actualmente lo que los surrealistas en vano trataron de conseguir. (E. Jolas)

Cuando se llega al Work in Progress la cuarta dimensión está en todas partes, ya que el estado de sueño de la mente que aquí se enseña es compatible con la más alocada unión de tiempos y espacios. En el simbolismo de esta épica fantástica hay una especie de equivalencia ideal de muchos y distintos períodos y ambientes, y muchos y distintos personajes del mito y de la histo­ria se rúnen en uno solo. (J. W. Beach)

Veladas en la Finca de Dicanca, Nicolás Gogol

[Večera na chutore bliz’ Dikan’ki]. Colec­ción de ocho cuentos de Nicolás Gogol (Nikolaj Vasil’evič Gogol’, 1809-1852), en dos partes, de las cuales la primera fue publi­cada en 1831 y la segunda al año siguiente. Pertenecen a la primera actividad literaria de Gogol y son el producto de su juventud pasada en Ucrania. «En ningún lugar — dice el autor en el prefacio — se contaron tantas maravillas como en las veladas del apicul­tor Rudij Pan’ko…» Y es este personaje quien cuenta las narraciones.

En la «Feria de Soročincy» un gitano se disfraza de dia­blo, aterroriza a la aldea y obtiene que una tiránica madre consienta en que su hija se case con un amigo suyo; «La víspera de San Juan Bautista» es la historia de un jo­ven que para llegar a ser rico vende su alma al diablo; en la «Noche de mayo, o el ahogado» una ondina protege el amor de dos jóvenes; la «Carta perdida» es una historia de diablos y brujas derrotados por un astuto cosaco que hace la señal de la cruz sobre sus cartas; en la «Nochebuena» un carpintero obliga con engaños al diablo a llevarle a hombros hasta la emperatriz, a fin de que ésta le entregue unos bellos es­carpines que le permitirán obtener las gra­cias de su amor; en «Terrible venganza» un brujo, horrible pecador, es condenado a que los otros muertos de su maldita fami­lia le vayan royendo eternamente, y desde el abismo donde paga sus pecados produce aquellas sacudidas que en la tierra se lla­man terremotos; «Ivan Fedorovic Spon’ka y su tía» son dos pacíficos y pequeños pro­pietarios de tierras: la tía quisiera que su sobrino se casara con la hija de un vecino, y no sabemos si lo lograría, puesto que Gogol dejó este cuento sin acabar; por fin en el «Lugar embrujado» un viejo, al darse cuenta de que un punto de su habitación está embrujado, supone que allí encontrará un tesoro y en cambio encuentra una olla llena de porquería: «¡Ni siquiera en el dia­blo puede creer uno en este siglo maldito!».

Los cuentos de las Veladas, muy ricos en magníficas descripciones de la estepa, noches encantadas y voluptuosos y cálidos atarde­ceres, expresan el gran amor de Gogol por Ucrania. De la fértil tierra brotan las figu­ras humanas del libro, las distintas Gane, Pardaške, Pidorke, graciosas, maliciosamen­te femeninas, a veces sin freno; los jóve­nes despreocupados y sin miedo, en los que afloran de vez en cuando los poderosos ins­tintos de sus antepasados cosacos. Campesi­nas refunfuñonas, maridos tímidos y pere­zosos, gitanos, y casi siempre el diablo, completan el cuadro, creando en el lector la impresión de un extraño y pintoresco mundo.

G. Kraisky

Lo que se pone de relieve en los cuentos de Gogol es la sencillez de la ficción, la popularidad, la veracidad de la vida que reflejan, la originalidad y el espíritu cómi­co, siempre dominados por un profundo sentimiento de tristeza. La razón de todas estas características estriba en que Gogol es poeta, poeta de la vida real. (Bielinski)

Las Veladas de San Petersburgo o Conversaciones Sobre el Gobierno Temporal de la Providencia, Joseph de Maistre

[Les soirées de Saint- Pétersbourg, ou Entretiens sur le gouvemement temporel de la Providence]. Célebre obra de Joseph de Maistre (1753-1821), mi­nistro plenipotenciario de Víctor Manuel I, rey de Cerdeña (1759-1824), en San Petersburgo, entre los años 1802 y 1817.

De aquí se origina el título del libro (formado por diálogos y discusiones que se suponen man­tenidos en una quinta junto al Neva, entre el autor, un senador ruso y un caballero francés, durante los largos crepúsculos estivales); se publicó póstumamente, en París, el mismo año de la muerte del escritor. Las afirmaciones que, sobre todo en las Consi­deraciones sobre Francia (v.), hacen apoyar la vida .de los pueblos en la autoridad soberana del rey y en el magisterio divino de la Iglesia, para combatir los principios filosóficos del Ilustracionismo y de la Revo­lución, son recogidas con gran habilidad dialéctica, pero también con engañosas para­dojas de polemista.

La Providencia regula las cosas de este mundo incluso cuando cualquier hecho histórico pueda parecer a los hombres fuera de un orden preestable­cido; la guerra misma es signo de una con­tinua expiación, ya que también el ser ino­cente pierde la vida por una purificación superior del mal, recordando al Dios creador y regulador del mundo. En esta rígida y casi medieval visión de las cosas, donde la voluntad misma del hombre, ante los acontecimientos, no es sino inútil arbitrio, la guerra se concibe como divina «por sus con­secuencias de orden sobrenatural». También la pena de muerte y la misión del verdugo entran en la terrible expiación de más terribles males: los de no valorar dignamente el poder divino.

Las hecatombes de que el libro habla con tanta virulencia, así como con un rigor que puede sorprender, aluden precisamente al hecho de que «la tierra en­tera, continuamente empapada de sangre, no es más que un inmenso altar en el que todo cuanto existe debe ser inmolado sin .cesar, sin medida, sin reposo, hasta la con­sumación de los siglos, hasta la extinción del mal y hasta la muerte de la muerte». El pesimismo con que juzga las cosas humanas arrastra así al autor a glorificar la Providencia en su actividad, en cualquier modo que sea juzgada por los hombres. De esta forma, de paradoja en paradoja, el sis­tema de una nueva Teodicea infunde una conformidad ante los males del mundo, y ante todo, admiración y nueva fe en los caminos escondidos que sigue la sabiduría divina al realizar su indestructible realidad cósmica.

El libro, también por su estilo ágil y sencillo, ejerció notable influencia sobre algunas corrientes de la literatura clerical del siglo XIX y en la misma reela­boración de ideas relativas al poder sobe­rano y al magisterio del Papa entre los pue­blos. Problemas aislados son desarrollados también por de Maistre en su obra Del Papa (v.), en las Cartas de un noble ruso acerca de la Inquisición española y en el tratadito Aclaraciones sobre los sacrificios (v.), como apéndice a las citadas Veladas. [Trad. española por D. Malo (Madrid, 1853) y de H. Giner de los Ríos en Obras com­pletas (Madrid, 1886)].

C. Cordié

…el gran genio de nuestro siglo. (Baudelaire)

Poseyó el espíritu abstracto y razonador del siglo XVIII; no fue más que un filósofo enemigo de los filósofos, carente de sentido artístico, como en general aquéllos lo fue­ron: como ellos, también, reduce la realidad a las fórrmulas de sus ideas a priori. No debe menos a Voltaire, al que se contra­pone, que Courier, su imitador. (Lanson)

Las Veladas de Neri, Neri Tanfucio

[Le Vejle di Neri]. Obra de Neri Tontucio (anagrama de Renato Fuchina, 1843-1921), publicada en 1889 y después reimpresa varias veces. El subtítulo. «Países y figuras de la campiña toscana» [«Paesa e figure dela campaña toscana»], dice la modesta intención del autor, que fue realizada y superada en su obra; porque no se trata de meros esbozos y retratos, sino de novelas cortas que figuran entre las más bellas de la literatura italiana del siglo XIX. Son catorce narraciones, trágica la primera, «El loco de los juncales», y dolorosa la segunda, «Perla»; las demás, casi siempre mezcladas de tristeza y comi­cidad.

Damos los títulos de las doce restan­tes: «El reloj de cuco», «El hada», «La pipa de Botone», «Van a la Marisma», «El mirlo de Vuestro», «Vuelven de la Marisma», «El picapedrero», «Fiorella», «Sereno y nubla­do», «Travesía memorable», «Dulces re­cuerdos». «Jira campestre». Desfilan en ellas, más que campesinos, señoritos del campo, engreídos e ignorantes, y contra ellos la ironía se torna sátira y la sátira llega a veces al sarcasmo sangriento. En algunas narraciones, como «El mirlo de Vuestro» y «Jira campestre», hay un anticlericalismo violento y se contrapone la figura del mé­dico que quiere aportar un poco de luz a las tinieblas de la ignorancia, al cura zafio y maligno; y en «Travesía memora­ble», obra maestra de pintura, el médico es despreciado por las autoridades municipales mientras es elevado a las nubes un figurón medio charlatán, medio prestidigitador.

Es imposible no adivinar aquí un recuerdo autobiográfico: Fuchina debió tener presen­tes las vejaciones padecidas por su padre, que era médico y había sido llevado a la Marisma cuando él era muchacho. El corte de estos cuentos, breves, rápidos, en escorzos, tiene resabios de la tendencia al boceto de la segunda mitad del si­glo XIX, pero pertenece completamente a Fuchina la notación seca, punzante, precisa, la indulgencia con que la sátira es aquí y allá atemperada por una sonrisa de com­pasión, y la lengua, fresca, espontánea, que refleja con artística fidelidad el habla de la campiña toscana.

 

D. Provenzal

Se conserva en él aquel carácter de arte no literario, franco e inmediato, destilado de la vida como gota de agua pura del ma­nantial de la roca. Y tienen una forma so­bria y tajante, que no parece sino que está sometida a la disciplina del soneto. (B. Croce)

Lo bueno y lo mejor de las Veladas (como lo advirtió en seguida Procacci, y como fué repetido después) procede de la pin­tura: de aquel aire y sabor de vida libre; y cuando se las quiera juzgar, habrá que remitirse a esto. (P. Pancrazi)

Las Veladas de Siena, Orazio Vecchi

[Le veglie di Siena, ovvero I varii humori della música moderna]. Composiciones musicales para voces solas en estilo madrigalesco de Orazio Vecchi (1550-1605), publicadas en Venecia en 1650 y al año siguiente en Nuremberg con el título Noctes ludicrae.

En un largo prólogo «Al lector», Vecchi se defiende con­tra los denigradores del Amfipamaso (v.) apoyándose especialmente en la. autoridad estética de Aristóteles, aunque citando también a autores de su tiempo, como Castiglione y Marino. El texto de las Veladas, posiblemente, es también del mismo Vecchi. Los «humori» indicados en el título son la expresión musical de los varios matices de los sentimientos y caracteres humanos («el humor grave, alegre, doliente, afectuoso, amable, pérfido, sincero, licencioso», etc.), a cada uno de los cuales tendría que corres­ponder teóricamente una establecida escala modal. Pero esto se refiere de un modo particular a la última parte de la obra, que es sencillamente una serie de catorce madri­gales de cinco y seis voces.

Las partes ante­riores, en cambio, tienen un mayor carácter de acción y movimiento: el conjunto contrapuntístico varía de dos a seis voces, y el mismo coro se escinde en varios grupos, produciendo así la impresión del diálogo; es el género del madrigal representativo en el que la acción pantomímica y el canto se confían a distintos grupos de ejecutantes. Por lo que se refiere al argumento, las Ve­ladas son una representación de los entre­tenimientos y juegos de sociedad que abun­daban en Siena al igual que en otras ciu­dades de Italia en tiempo de Vecchi. Son tres «veladas», en cada una de las cuales el Príncipe (el aristocrático anfitrión) pro­pone determinados entretenimientos. En la primera velada el Príncipe sugiere el «jue­go de las imitaciones» y encontramos la imitación de un «Siciliano», de una «Pastor- cilla que se cree la más hermosa», de un «Alemán italianizado», de un «Español que habla a su dama con gran dolor», de un «Francés obstinado que se halla en amoroso estado», y por fin de los judíos.

En la se­gunda velada se hace la «Caza de Amor», caza que resulta imposible porque «Amor cuerpo no es sino espíritu». La tercera ve­lada, como dijimos, es un verdadero con­junto de madrigales. El vínculo que la une con las anteriores puede parecer algo fic­ticio: sin embargo, debido al carácter de alegría despreocupada que tiene la obra, al igual que las otras de Vecchi, de Banchieri (v. Locura senil), no hay motivo para de­sear una unidad más íntima. Quizás las Ve­ladas son una obra algo más ligera que el Amfipamaso. Sin embargo, es rica en vena y espíritu musical; el género, al fin y al cabo, es siempre el del madrigal de carac­teres, es decir, imitación del lenguaje y costumbres locales. El contrapunto vocal es ágil y rico en imitaciones y los ritmos sabia­mente variados. Para cada caricatura de personajes Vecchi encuentra unos rasgos graciosos que nos recuerdan aspectos de la vida social y popular del tiempo, logrando así impresionar la imaginación de su audi­torio con un buen número de pinturas flui­das y originales.

F. Fano