Himno a Italia, Teodoro Däubler

[Hymne an Italien]. Serie de cantos, odas e himnos dedicados a las ciudades italianas, del poeta alemán Teodoro Däubler (1876-1928), publicada en 1916; ya en la Aurora boreal (v.) había cantado a Roma, Florencia, Nápoles y Ve- necia; ahora les añade Amalfi, Palermo, Sicilia, Siena, Pisa, Volterra, Génova, Vicenza, Rávena, Parma y Milán. Dejándose llevar por su temperamento de poeta, trata de transfigurar la contemplación de las di­versas ciudades por medio de una visión más exaltada que realista, partiendo de una especie de interpretación de los elementos del paisaje tanto natural como espiritual. Aunque la forma sea aquí más transparen­te que en las otras obras poéticas de Dáubler, cierto énfasis vela aquí y allá la pu­reza de la visión. En conjunto, es un claro testimonio, en el momento en que fué com­puesto y publicado, durante la primera guerra mundial, de aquella «Sehnsucht» por la tierra «donde florecen los limoneros» que se adueña del ánimo de todo artista nórdico, del Romanticismo en adelante.

R. Paoli

Himno a Atenas, Miguel Acominato

Breve poema en dodecasílabos bizan­tinos (sucedáneos del trímetro yámbico), debido a Miguel Acominato (11409-1220). Los escritos de Miguel, en prosa y en verso, son el documento más importante para la historia de la Atenas medieval. Atenas era entonces una insignificante ciudad provin­ciana, habitada por gente en gran parte rústica, muy distinta de la de los contem­poráneos de Platón que Miguel creía iba a encontrar en la ciudad de la Acrópolis cuando fue elegido obispo de ella en 1180. Al primer contacto con la realidad queda dolorosamente impresionado por el enorme abismo que separaba a los habitantes de la Atenas de su tiempo con la de los antiguos griegos, y exclama con profunda amargura: «¡Oh ciudad de Atenas, madre de la sabi­duría, en qué abismo de ignorancia has caído!» Ya nada quedaba de los griegos antiguos, excepto el «hechizo del país», el Himeto rico en mieles, el tranquilo Pireo, Eleusis, en otro tiempo misteriosa, la llanu­ra de Acaratón, la Acrópolis; pero aquella raza culta que amaba las ciencias había desaparecido; en su lugar quedaba una gen­te inculta, pobre de espíritu y de cuerpo. Éstos son los sentimientos que el docto obis­po de Atenas expuso en los cuidados versos de su himno; en él el poeta se compara a un amante desilusionado que ve cómo se ha desvanecido la belleza de su amada; cómo Ixión, que enamorado de Hera, no estrechó en su abrazo más que una nube que había tomado engañosamente la forma de la diosa, enumera luego todas las gran­dezas de la antigua Atenas, ahora reducida a la nada y concluye, con el corazón afli­gido, reconociendo que «la gloria toda de Atenas ha muerto». El himno ha sido de­finido como «el primero y único lamento que ha llegado hasta nosotros sobre la rui­na de la antigua ciudad gloriosa». En rea­lidad, a pesar de algunos artificios retóri­cos, el poeta demuestra un sentimiento sin­cero y un cálido entusiasmo por la antigua grandeza de la Atenas clásica.

S. Impellizzeri

Himno a la Creación

En la gran cantera de poesías latréuticas, adorantes, que se dan en la escuela poética hebraico- española, quizá la más famosa, la que ha tenido más ecos en la tradición sinagogal, es la Qedusá o Himno de la Creación del gran poeta Yehudá ha-Leví (10759-1161 ó 1178). Dentro de la tradición de tal géne­ro de poesía sagrada podemos suponer muy fundadamente que este Himno de la Crea­ción fué muy influido, por la célebre Keter Malkut o Corona real (v.) de Selomó ibn Gabirol (v.), si bien en el primero ya se ha omitido todo el cosmologismo filosófico y as­tronómico que inspirara a la segunda, para dar lugar a una más entrañable y pura modulación bíblica. El sublime Salmo 104, cuyos versículos sirven a Yehudá ha-Leví como estribillos o responsorios de su poe­sía, anima e informa con su poderoso soplo estos versos, de un estro muy elevado y bíblico. No es que el poeta renuncie a toda expresión filosófica, pero ésta se ordena e inclina hacia las vertientes bíblicas, hacia la solana de la Revelación, en donde el poe­ta se mueve con más desembarazo que en­tre las teorías y elucubraciones filosóficas. Siguiendo el orden del Salmo 104, el poeta canta junto al Dios creador, de inasequible trascendencia, a los espíritus puros y angélicos que rodean el trono de Dios y for­man el primer reino de la Creación. Las distintas órbitas celestes forman el segundo reino; luego siguen los elementos de la Tierra, los reinos vegetal y animal; el li­naje humano forma la categoría superior de la Creación, en cuya cúspide está el pue­blo elegido. La expresión en esta poesía es muy bella y la lengua muy pura, suma­mente fiel al lenguaje bíblico pero con toda la fluidez y ductilidad de la lengua hebraica renacida en la España medieval.

J. M. Millas Vallicrosa

Hijos y Amantes, David Herbert Lawrence

[Sons and Lovers]. Novela del escritor inglés David Herbert Lawrence (1885-1930), publicada en 1913. La vida conyugal del minero Walter Morel y de su mujer Gertrudis no es más que una larga batalla: la mujer, dotada de un fuerte sentimiento puritano, quiere obli­gar a su marido a asumir sus propias responsabilidades, y éste las rehúye por su naturaleza puramente sensual. Nacen de este matrimonio cinco hijos a los que la madre atrae a su propia órbita, alejándolos del padre: pero su predilecto es Pablo, mu­chacho pálido y apacible, profundamente sensible y siempre pegado a las faldas de su madre, en cuya vida, especialmente des­pués de la muerte del primogénito Guiller­mo, arraiga profundamente el influjo ma­terno. Pablo encuentra un empleo en una fábrica de instrumentos ortopédicos, pero en sus momentos libres estudia y pinta, ex­presando en sus cuadros su inquieta sensi­bilidad. Su amistad con Miriam, muchacha mística y romántica que odia la vulgaridad y siente sed de sacrificio, lo estimula intelectualmente, pero no le comunica el calor vital que él siente, en cambio, junto a su madre; y después de varias alternativas de amor y de odio, acaba por dejar a la joven. Entonces intenta desesperadamente abrasar su vida en el fuego de la pasión, en algo grande e intenso que fecunde su alma, y cree hallarlo en Clara, mujer divorciada, amiga de Miriam. Por un momento alcanza la intensidad del éxtasis; pero es sólo un momento y muy pronto advierte que no ama a Clara, sino al amor, y que su expe­riencia ha sido impersonal. Lentamente se le aclara la razón de esta dolorosa inca­pacidad de amar totalmente: mientras su madre viva él no podrá nunca entregarse enteramente a una mujer; ella lo ha con­cebido, criado, y ahora su amor vuelve a ella.

Clara comprende que algo grande y vital se le escapa en él: sus caminos diver­gen, ambos necesitan un compañero y vuel­ve al lado de su marido, Dawes, a quien, a pesar de todos sus defectos, puede sentir completamente suyo. Cuando después de largos sufrimientos muere la madre de Pablo, éste se encuentra desesperadamente solo: ya no sabe trabajar ni pintar, todo le parece irreal e indistinto; tiene la sensa­ción de no existir, Miriam corre a su lado, enamorada y fiel; sería feliz sacrificándose por él, pero no tiene fuerzas para tomarlo sencillamente, para librarlo de la responsa­bilidad de sí mismo. Pablo la rechaza, y se halla solo en la noche, en el inmenso si­lencio en que únicamente su madre lo re­tenía; pero como no puede anularse y vol­ver a ella, se dirige valientemente hacia el rumor y la claridad de la vida. Es quizá la más hermosa novela de Lawrence; en Hijos y amantes no se preocupa por defen­der tesis ni suscitar polémicas, y narra, sen­cillamente, tejiendo en su narración nume­rosos elementos autobiográficos, una expe­riencia humana, dolorosa e intensamente vivida. En el drama de Pablo Morel y de las tres mujeres que forjan su vida, sin darle una armonía perfecta, se expresa una cualidad característica de Lawrence: su ca­pacidad de entender la presencia obscura de aquella «alteridad» que yace más allá de los límites del espíritu humano conscien­te y de expresar su experiencia en términos literarios.

A. Piloian

Hilligenlei., Gustav Frenssen

Novela de Gustav Frenssen (1863-1945), que en su primera apari­ción, en 1905, alcanzó un éxito inmenso. Sin embargo, en los años posteriores, cambió la valoración de este libro. Ante todo, no corresponde ya a nuestra sensibilidad, y además el tiempo ha acentuado sus puntos débiles.

Es la historia del desarrollo inte­rior de cinco amigos de infancia, casi to­dos de la misma edad, que viven en una islita del mar del Norte (Hilligenlei Helgoland). Los caminos que siguen son dis­tintos; uno de ellos sucumbe, pero los de­más, después de una áspera lucha con las fuerzas interiores que les empujan, vencen y se convierten en hombres maduros y fuertes. Piet, Anna y Heinke Boje son hijos del maestro del pueblo, los tres de rara be­lleza, pero aparentemente altivos y fríos. En realidad, su frialdad no es más que in­capacidad de expresar lo que sienten; es el carácter cerrado de tantos hombres del Norte. Piet llega a ser un excelente marino. En sus primeros viajes tiene por compañero a Kai Jans, un soñador inadaptado a la dura vida del mar, que, al perder el uso de una mano, inicia sus estudios en el liceo y después pasa a la universidad, llegando luego de violentas luchas y dudas a ser pastor protestante. El tercer amigo es Pe Ontje Lau, también buen marinero, fuerte y tranquilo, ya seguro de su camino desde su infancia, el único que no tiene proble­mas que lo atormenten. Mientras los hom­bres están en el mar, las muchachas aguar­dan en casa, llenas de angustiosas inquie­tudes que sólo cesan cuando son ya mujeres y madres.

Anna Boje, después de lar­gos años de espera, se casa con Pe Ontje Lau Heinke, la más bella de la familia, ama a Kai Jans, pero éste, aunque también la quiere, atormentado por su falta de se­guridad interior, no se decide a declararse, y Heinke, creyéndose despreciada, se pro­mete con otro hombre precisamente pocos días antes de que Kai encuentre en sí la fuerza suficiente para pedir su mano.. Kai no sabe rehacerse de este golpe y parte para largos viajes como misionero, pero la vo­luntad de vivir se ha apagado en él, y la primera enfermedad le abate y le lleva a la muerte. Kai es el representante de la teología protestante moderna que ve a Cris­to en su aspecto humano, además de en su aspecto divino, y se propone, sobre todo, revelar este carácter comprensible a todos. Uno de los personajes secundarios de la no­vela es Tjark Dusenschör, vástago ilegítimo de una familia ya corrompida; crecido en una atmósfera de irrealidad y fantasía, no sabe nunca distinguir lo verdadero de lo falso y finalmente, por falta de esta solidez interior, se convierte en un embrollón. Aun­que hoy muchos detalles de esta novela re­sultan pasados de moda, no se puede dejar de reconocer la profundidad con que el autor ha sabido dibujar el carácter del pue­blo nórdico. Algunas partes son de una rara belleza.

C. Gundolf