Memorias Históricas Sobre la Marina, Comercio y Artes de la Antigua Ciudad de Barcelona, Antonio de Capmany y de Montpalau

Obra histórica del escritor español Antonio de Capmany y de Montpalau (1742-1813), pu­blicada en Madrid en 1779-1792. Es la pro­ducción de más alientos de Capmany, bar­celonés que se destacó en la turbulenta vida española de su tiempo — tuvo que huir de Madrid al ser ocupado por las tropas napoleónicas en 1808, fue miembro de las Cortes de Cádiz, etc. —, y que cultivó di­versos aspectos de las letras, como la gra­mática, en sus Discursos analíticos sobre la formación y perfección de las lenguas, y sobre la castellana en particular (1776), la preceptiva en el Teatro histórico crítico de la elocuencia española (1786) y en la Filosofía de la elocuencia (1777, muy modi­ficada en 1812), etc. Sus Memorias históri­cas, escritas a instancias de la Real Junta y Consulado de Comercio de Barcelona, re­velan a Capmany como un sólido y pacien­te erudito que, tras largas investigaciones en la documentación medieval de los archi­vos y un inteligente estudio de textos prin­cipalmente jurídicos, logra trazar un com­pleto y detallado panorama de tres aspectos esenciales para la comprensión de la pu­janza y de la trascendencia europea de la ciudad de Barcelona en el pasado a través de su marina, su comercio y su estructura­ción gremial.

Ello le lleva a desarrollar un amplio panorama histórico no tan sólo so­bre la expansión marítima de la antigua Corona de Aragón, sino también de múl­tiples aspectos del Mediterráneo, principal­mente de Italia y de los Balcanes y Asia Menor, donde en la Edad Media la insti­tución barcelonesa del Consulado de Mar tenía importantes factorías. Capmany pone de relieve las relaciones, con frecuencia hostiles, entre la marina catalana y la veneciana, pisana y sobre todo genovesa, tan­to desde el punto de vista puramente mer­cantil como en el histórico. La obra va acompañada de la edición de gran número de documentos de archivo sobre los que Capmany, historiador puntual, riguroso y ordenado, basa las afirmaciones de su libro, escrito con un estilo grave y sostenido.

M. de Riquer

Memorias Históricas Sobre la Economía Pública del Estado de Milán, Pietro Verri

[Memorie storiche sull’Economia pubblica dello Stato di Milano]. Obra de Pietro Verri (1728-1797), escrita en 1768 y publicada póstumamente en 1804. El exa­men de la prosperidad del comercio de Mi­lán antes del siglo XVI sugiere a Verri, apoyándose en un preciso examen, la idea de poner de relieve la utilidad de la or­ganización, la jurisdicción consular, libre de triquiñuelas curialescas, la escasez de tributos y la libertad de las profesiones. Todo está favorecido por la vecindad del gran comercio de los venecianos.

El estu­dio de la vida comercial, durante el siglo XVI, muestra las vejaciones de los gober­nantes y el monopolio de las diversas artes e industrias; así, bajo la falsa apariencia de un bien público, fueron introducidos principios que constituyen «la verdadera escuela sofística de la economía política». El gobierno español representó un daño para Milán, por las restricciones impuestas a los oficios y profesiones, por lo gravoso de los impuestos, por la necesidad de re­clutar soldados y sustraer manos al trabajo; la férrea política monetaria de Felipe III y sucesores contribuirá en el siglo XVII a la miseria que preparó la carestía y la peste. La desastrosa política de España se pone de relieve por el hecho de que, para subvenir a las necesidades del momento, se acudía a la propiedad y a las rentas reales, recurriendo después a otras sangrías. Al heredar la administración española, Aus­tria intentó poner remedio a estos males repartiendo más equitativamente los im­puestos, pero no consiguió ventajas para la economía, por cuanto no estudió seria­mente la necesidad de implantar reformas. Con todo, se alcanzó un cierto bienestar con el «gobierno paternal y clemente» de Carlos VI, merced a la abolición de los consumos inútiles; de ello se beneficiaron la industria de la seda y otras manufacturas.

Pero Verri, que fue «el primero en entrar en los archivos», halló que existie­ron en el pasado épocas más ricas y otras más pobres, y que conviene acudir a la observación de la historia para aconsejar moderación a los gobiernos, seriedad a los ciudadanos y libertad comercial. La base del comercio estriba precisamente en la li­bertad bajo todas las formas. La economía política debe ser observada a plena luz: una defectuosa organización del comercio es perniciosa, por hallarse demasiado vinculada a leyes caprichosas y pasajeras. Ba­sándose en su investigación preconiza Verri una mayor comprensión de las necesidades del pueblo, por el propio bien del Estado. Este importante escrito, que se mantuvo mucho tiempo inédito por las afirmaciones políticas que contiene, señala un hito en los estudios económicos de Italia, y bien pronto quedó incluido entre las obras clá­sicas de economía política, contribuyendo a la formulación de los nuevos principios liberales.

C. Cordié

Memorias de un Vendedor de Cuadros , Ambroise Vollard

[Souvenirs d’un marchand de tableaux]’. Obra autobiográfica de Ambroise Vollard (1872-1939), célebre traficante en cuadros de fines del siglo XIX en París, pu­blicada en 1937.

La obra, que no sigue ri­gurosamente un orden cronológico, es un documento importante para la historia del arte en el período impresionista y post­impresionista por las numerosas noticias y anécdotas sobre los mejores pintores de la época, desde Manet a Cézanne, de Renoir y Degas a Van Gogh, de los cubistas con Picasso, a los «fauves» con Matisse, Derain, Rouault, Vlaminck, y a los «Independien­tes» con Henri Rousseau, Chagall, etc. Pero los pintores que Vollard conoció mejor y de los que habla extensamente son Cézanne y Renoir. Confiesa que su primera impre­sión ante un cuadro de Cézanne fue «un coup à l’estomac». Entonces Vollard era estudiante, pero apenas entró en el «oficio» su primer proyecto fue una exposición de cuadros de Cézanne: desde aquel momento fue el amigo devoto y el defensor del discutidísimo y gran maestro de Aix. En Montmartre, en 1890, Vollard vivió en con­tacto con la «nouvelle peinture» que se reunía en el «Café de la Nouvelle Athènes»: Degas, Cézanne, Renoir, Manet, Desboutins, el crítico de arte Duranty, etc. Algunos años más tarde trasladó su sede a la rue Laffitte, donde permaneció muchos años. Aquella tienda se hizo famosa por su só­tano, donde Vollard reunía a cenar a los amigos.

Así se hicieron célebres los «dîners de la cave», frecuentados por Cézanne, Re­noir, Forain, Degas, Odilon Redon, Léon Dierx, Eugène Lautier, Jarry y Apollinaire. Vollard no da un juicio crítico de los ar­tistas que conoció: sólo registra, con agudo sentido de observación, hechos y aconteci­mientos de su vida, pero siempre en rela­ción con la pintura; por ello, cuanto re­fiere respecto al carácter del artista es a menudo precioso para el crítico; y la ob­jetividad del autor, no sólo «marchante», sino también y sobre todo apasionado gus­tador del arte figurativo, que escribió sus memorias con estilo sencillo y seguro, y que en su sinceridad no vacila en confesar que no supo intuir a tiempo el genio de algunos grandes pintores: Utrillo, por ejem­plo, y Modigliani. [Trad. de Rafael Váz­quez Zamora (Barcelona, 1946)].

E. Raudi

Memorias Históricas de la República de San Marino, Melchiorre Deifico

[Memorie storiche della Repubblica di S. Marino]. Con esta obra, publicada en 1804, Melchiorre Deifico (1744-1835) manifestaba su recono­cimiento a la república libre que lo había acogido y «elevado al grado de ciudadano suyo», cuando durante la primera restaura­ción borbónica se había visto precisado a expatriarse, por haber ocupado cargos públicos en la República Partenopea. La gloriosa república, que alardeaba de haber defendido pocos años antes su libertad con­tra las armas del cardenal Alberoni, no contaba todavía con una narración de sus orígenes y de su vida secular. Deifico se propone llenar tal laguna, no sin haber observado que los historiadores, «elegantes narradores de los errores y de los crímenes de la especie humana», «preferían exten­derse con los grandes acontecimientos de los principales imperios» en lugar «de ocu­parse del curso tranquilo de una pequeña república, más digna de las meditaciones de los filósofos que apropiada para dar satisfacción al genio» de quienes se erigen en divulgadores de los «voluminosos dia­rios del vicio».

Es una obra de historia ver­daderamente singular, por proceder de la pluma de un hombre de la Ilustración consecuente y enemigo de la historia, pero admirador de este pequeño Estado patriar­cal y pacífico, que defendía la libertad de los súbditos sin dejar de cultivar a la vez la dignidad y el perfeccionamiento moral de éstos. Las Memorias se inspiran en el convencimiento de que la libertad no exis­te donde no se tiene conciencia de su valor y voluntad de sacrificio para conquistarla y defenderla. A estas prendas mora­les la obra de Deifico une el de ser, to­davía hoy, la única narración de los acon­tecimientos ocurridos en la república en el curso de los siglos.

G. Franceschini

Memorias de un Turista, Stendhal

[Mémoi­res d’un touriste]. Obra de Stendhal (pseu­dónimo de Henry Beyle, 1783-1842), publica­da en 1838. Constituida por impresiones de viajes por diversas partes de Francia, fue escrita también con la intención de obtener un éxito editorial en un género que por aquel tiempo estaba en boga; pero hay que considerarlo sobre todo como uno de aque­llos libros que el espíritu desigual y libre del escritor prefería naturalmente, por lo fragmentado de la narración y de los jui­cios sobre los hombres. Estos viajes por provincias están narrados con briosa acti­tud de observador de la realidad, en un tono pintoresco y ágil que no puede dejar de recordar, en algunas de las mejores páginas, los modos y acentos de los Paseos por Roma (v.).

El viajero pasa por ciudades conocidas y regiones famosas: Verrières, Fontainebleau, Nevers, la Borgoña, Autun, Langres, Lyon, Valence, Aviñón, Tours, Nantes, Rennes, Tarascón, Grenoble, Marsella, Perpiñán, Burdeos y otros lugares que se prestan a descripciones geográficas, a discusiones arqueológicas o históricas y, sobre todo, a amables digresiones. Preci­samente en este género de estilo ágil y descosido, Stendhal se manifiesta maestro, aun cuando alguna vez se sirva de ensayos anteriores, de obras similares y de des­cripciones de todo género, con tal que sea compatible con el conjunto. Pues el escritor no podía traicionar su naturaleza de ins­pector agudo y finísimo de la realidad; de modo que lo mejor de estas Memorias está constituido por sus observaciones de carác­ter psicológico, que producen una litera­tura caracterizada por su donaire expre­sivo, su agudo sentido de la individualidad y su curiosidad insaciable hacia los valores sociales.

C. Cordié