Una Mujer Sin Importancia, Oscar Wilde

[A Woman of no Importance]. Comedia en cuatro actos del poeta inglés Oscar Wilde (1854-1900), estrenada en Londres en 1893. El argumento, casi manido en la historia del teatro, está iluminado por la inteligen­cia paradójica y tolerante de Wilde y des­arrollado de modo original con un sabio equilibrio de los elementos dramáticos y cómicos.

La señora Arbuthnot ha dedicado la vida a la educación de su hijo, Gerald, nacido de una unión ilegítima. Por un extraño juego de la suerte, lord Illing­worth, el hombre que presentará a Gerald la oportunidad de una magnífica carrera, es precisamente el que veinte años antes abandonó a la jovencísima señora Arbuth­not con el hijo de pocos días. La madre se encuentra así en la trágica alternativa de renunciar al hijo, entregándolo a su padre, o de revelarle su pasado con el riesgo de perder su afecto y estimación, en nombre de la misma inflexible rectitud que le ha inculcado. Prefiere afrontar este peligro; en el corazón del hijo, el senti­miento vivo y espontáneo vence los obs­táculos de una educación rígida y resuelve el penoso dilema del modo más equitativo y humano.

En esta comedia, Wilde plantea y desarrolla, quizá con mayor claridad que en ninguna otra obra, su concepto favorito de que la vida sería más fácil y serena si los hombres se atreviesen a emprenderla como un juego, con el alma pura, libres del peso de la costumbre y de la tradición. En cambio, costumbres y tradiciones les dominan, y si ellos tratan de salvarlas, purgan dolorosamente su atrevimiento. Así, lord Illingworth, que había vivido serena y despreocupadamente, pierde la partida cuando se vuelve esencial para él.

Durante la acción, esta tragedia adquiere toda su fuerza precisamente por no hacer ostenta­ción de ella y velarla bajo el diálogo aparentemente frívolo y bajo la ironía con que’ el autor se burla de aquella sociedad que representa y a la que, íntimamente, des­precia. [Trad, de Ricardo Baeza (Madrid, 1923)].

B. Schick

La Mujer Romantica y el Médico Homeópata, Riccardo Castelvecchio

[La donna romantica e il medico omeopatico]. Comedia en cinco actos de Riccardo Castelvecchio (Giulio Pullé, 1814-1894), estrenada en 1858.

La comedia nos presenta al conde Pomo, un hombre de bien que, después de haber se­guido el sentido común durante cincuenta y dos años, con el más sereno optimismo, es puesto a prueba por una singular aven­tura. Su segunda esposa, la joven y agra­ciada Irene, está enferma; dominada por una profunda melancolía y una languidez mortal pasa la vida entre suspiros y la­mentos, rechazando todo consuelo del ma­rido. Solamente halla reposo en su inex­plicable mal con la lectura de las novelas francesas más apasionadas y con la presen­cia del joven caballero Ascanio, el cual, mientras corteja a Irene con repetidos sus­piros, aspira, con un entusiasmo mayor, a la rica dote de su hijastra Camilla.

La en­fermedad parece contagiosa, porque tam­bién Vespina, la camarera, suspira y de­clara a su marido, el bueno de Marco, que el matrimonio es la tumba del amor. Asi­mismo, Camilla, espejo de la inocencia, cae en el pesimismo y rechaza la mano del caballero Ascanio, asegurando a su padre que preferiría morir antes que convertirse en esclava de un hombre. Por fortuna, el conde halla a un ingenioso médico, el doc­tor Nuvoletti, joven elegante y genial, que emite el diagnóstico de la enfermedad: romanticismo contraído por el uso de la literatura malsana. Para curar a Camilla le basta conquistar, sin gran trabajo, su amor. Vespina se curará con los celos que siente por la cocinera, que amenaza sustituirla cerca de Marco.

Con Irene, en cambio, in­tentará un tratamiento homeopático; eli­minada la asistencia del caballero, desem­peña él un papel de amante fatal de la condesa, induciéndola a una fuga nocturna del domicilio conyugal, oportunamente des­cubierta por el marido, separación de la culpable y un proyecto de suicidio común. Pero Irene no se decide a correr tantas aventuras y termina requiriendo el socorro del esposo, renunciando a todo romanticis­mo. La comedia, que guarda relación con la corriente goldoniana filtrada a través de las experiencias de Bon, es una de las mejores que Castelvecchio dio al teatro.

E. C. Valla

Mujer que se Fue a Caballo, David-Herbert Lawrence

[A tooman who rodé away]. Novela corta del escritor inglés David-Herbert Lawrence (1885-1930), perteneciente a lo que se ha dado en llamar su período mexicano Se publicó en 1928 y, en versión castellana, en 1939 (Editorial Losada, S. A., Buenos Aires).

Esta novelita, una de las mejores de Lawrence, nos cuenta la historia de una californiana de treinta y tres años cuyo marido dirige la explotación de una mina de plata en Sierra Madre. Impulsada por una corazonada, abandona la tediosa exis­tencia al lado de su marido e hijos y parte a caballo en busca de los indios. Después de dos días se encuentra con ellos, que la conducen a su poblado. Cansada del dios de los blancos, la mujer se deja «convertir» a la religión de los indios, que la mantie­nen prisionera y que, al final, la sacrifican.

En este relato, Lawrence vuelve a insistir en uno de sus temas predilectos: la deca­dencia de la raza blanca debilitada por su intelectualismo y espíritu crítico, víctima de una voluntad esterilizante por haber perdido contacto con el fondo esencial de la vida. La fuerza de la novela estriba, por una parte, en que la mujer, aunque acabe siendo una víctima, no es presentada como tal y, por otra, en que los indios, por pri­mitivos que sean, no son tratados como héroes, como cabía esperar de la ideología del autor, que se limita a pintarnos la trá­gica situación con rasgos casi siniestros., Antes de su encuentro con los indios, la Mujer que se fue a caballo decía: «Me siento ya muerta». Efectivamente, en el presente de la obra cargado de amenazas, de colores y de belleza (Lawrence es un auténtico pintor), la mujer acepta la muer­te total y ya admitida.

Mujer Piadosa y de Temprana Edad, Dante Alighieri

[Donna pietosa e di novella etate]. Canción de Dante Alighieri (1265-1321), la más hermosa de la Vida Nueva (v.), donde (§ XXIII) se revive, con la más atenta ob­servación de los movimientos psicológicos que lo informan, el motivo poético funda­mental: el oculto temor de perder la cria­tura amada, cuya belleza espiritual da luz a la inteligencia y alegría al corazón.

La canción se encierra en el marco de una narración de toques ligeros y difuminados, líricamente animada por el fervor de una conmoción íntima y profunda, que crea con rápidas transiciones las propias vi­siones dramáticas y angustiosas. Gravemen­te enfermo, Dante invoca la muerte lloran­do. La joven mujer que le asiste amorosa­mente, estalla en sollozos. Acuden otras mujeres y, alejando a aquélla, se precipi­tan junto al lecho de Dante, le hacen volver en sí y le animan, creyendo que delira. Dante se libra del pensamiento que le an­gustiaba pronunciando el nombre de Bea­triz; pero con voz tan entrecortada por el llanto, que sólo su corazón pudo oírlo.

Aunque en su cara se pinte la vergüenza, se dirige amablemente a las mujeres que le rodean y que en su palidez temen ver la muerte. Con dulzura le confortan y le preguntan de qué ha tenido miedo en su delirio. Así, Dante fija y artísticamente re­presenta la atmósfera trepidante de bondad generosa, en la cual se encuentra y se ex­plica. Mientras pensaba en su frágil vida y en su rápida agonía, sintió como propia la vida de su amada, destinada también ella a perecer. Y se vio perdido. Y cerró los ojos delirando. A su fantasía aparecie­ron rostros de mujeres doloridas que le decían: «morirás».

Y en su vano imaginar se encontró en un lugar donde otras mu­jeres, desgreñadas y abatidas, lanzaban gri­tos: el sol se turbaba, aparecían las estre­llas y había llanto en el cielo, se preci­pitaban los pájaros desde lo alto, la tierra temblaba y alguien le comunicaba la fatal noticia: «Tu dueña ha muerto, que era tan hermosa» [«Morta é la donna tua, ch’era si bella»]. Alzando los ojos llenos de lá­grimas, advirtió entonces un grupo de án­geles que cantaban «Hosanna» detrás de una nubecilla y volvían a ascender al cie­lo. Impulsado por el amor, se precipitó a contemplar el cadáver de su amada, colo­cado en el ataúd, mientras lo cubrían con un velo.

Con humilde y resignada actitud parecía decir: «estoy en paz». Y entonces, en su dolor, Dante se había sentido cristia­namente bueno («humilde»). Vista en su amada, cuya alma en estado de gracia ha­bía subido al cielo, la muerte le pareció dulce y la reconoció piadosa; y la invocó de todo corazón. También para sí mismo solicitó la gracia de la buena muerte. Lue­go se había alejado y, mirando al cielo, reconoció como bienaventurados a quienes veían la hermosa alma de su dueña. En aquel momento, las mujeres le habían sa­cudido y hecho volver en sí con afectuosa amabilidad. Con su trama narrativa la can­ción es un sutil bordado de sentimientos delicados, que surgen de lo profundo: vida de un alma que íntimamente se estremece vigilando y que se ciñe estilísticamente a la palabra frágil y apasionada, siempre su­gestiva con su lírica incertidumbre.

En la conmovedora invocación a la gracia de la buena muerte, el motivo poético de la muerte de Beatriz, como fin a la vez te­mido y suplicado, se convierte en motivo de exaltación de la mujer amada, más allá de esta vida, en el reino de la gloria.

M. Casella

La Mujer Perdida, David Herbert Lawrence

[The Lost Girl]. Novela inglesa de David Herbert Lawrence (1885-1930), publicada póstuma en 1932.

Se narra en ella la historia de una joven, Al­bina Houghton, que vive en un pueblecito de provincias, entre una madre enferma del corazón, sólo atenta a las preocupaciones de su enfermedad, y un padre fantasioso, cuyas modestas especulaciones siempre ter­minan sin éxito. Una frialdad grave y re­signada pesa sobre Albina, que va incu­bando un instinto de rebelión que se tra­duce en una cierta dureza irónica y mali­ciosa en la mirada y la sonrisa.

Su vida transcurre incolora hasta los treinta años, animada por un afecto único, el de miss Bross, el ama de llaves, que le ha dado una educación llena de reservas y que se asus­ta de algo incognoscible que descubre a veces en el fondo de los ojos de la mucha­cha. Albina se marchita lentamente sin en­contrar al hombre que pueda inflamar de amor su vida: está dos veces a punto de prometerse, pero siempre se retira en el fondo de su irónica reserva. Pero algo nue­vo entra de pronto en su vida: en una com­pañía de variedades que trabaja en el pe­queño teatro, fruto de la última especula­ción de su padre, conoce a un abruces, Francesco Marisca.

Forma parte de un cu­rioso grupo de cómicos, capitaneado por una madura «Madame» de origen francés. Albina se siente atraída por la fascinación turbia, completamente sensual, del joven italiano: es un hombre hermoso, lleno de fuerte vitalidad física, que parece sofocar en él las facultades del espíritu; de su cuerpo emana una energía que infunde calor en el alma frígida y burlona de la muchacha inglesa. Francesco la ama con la fogosidad de su pasión meridional; y Albina duda en el borde de esta vorágine en que su individualidad debe naufragar. Por fin la resolución del hombre se impone y ella lo sigue a Italia, a una pequeña al­dea perdida en los Abruzos, en medio de una vida simple, eternamente en contacto con la impersonalidad de la Naturaleza y de los hombres.

El libro termina al co­mienzo de la guerra en Italia, con la in­corporación a las armas de Francesco: su partida coincide con el anuncio de la ma­ternidad de Albina; pero los esposos tienen ya la profunda certidumbre de su recíproca posesión. La obra es desigual. La primera parte procede con excesiva prolijidad, lo que da un cierto carácter biográfico a la novela; pero la última parte, sobre todo la que tiene lugar en Italia, eleva la na­rración a un clima de intensa poesía y pone a plena luz con excepcional vigor el tema fundamental de Lawrence: el triunfo de la sensualidad directa y avasalladora, sanamente primitiva, sobre el peligroso cerebralismo formalista que enerva a la sociedad moderna. [Trad. de Max Dickmann y Ricardo Atwell de Veyga (Buenos Aires, 1943)].

G. Alliney