Mujer Piadosa y de Temprana Edad, Dante Alighieri

[Donna pietosa e di novella etate]. Canción de Dante Alighieri (1265-1321), la más hermosa de la Vida Nueva (v.), donde (§ XXIII) se revive, con la más atenta ob­servación de los movimientos psicológicos que lo informan, el motivo poético funda­mental: el oculto temor de perder la cria­tura amada, cuya belleza espiritual da luz a la inteligencia y alegría al corazón.

La canción se encierra en el marco de una narración de toques ligeros y difuminados, líricamente animada por el fervor de una conmoción íntima y profunda, que crea con rápidas transiciones las propias vi­siones dramáticas y angustiosas. Gravemen­te enfermo, Dante invoca la muerte lloran­do. La joven mujer que le asiste amorosa­mente, estalla en sollozos. Acuden otras mujeres y, alejando a aquélla, se precipi­tan junto al lecho de Dante, le hacen volver en sí y le animan, creyendo que delira. Dante se libra del pensamiento que le an­gustiaba pronunciando el nombre de Bea­triz; pero con voz tan entrecortada por el llanto, que sólo su corazón pudo oírlo.

Aunque en su cara se pinte la vergüenza, se dirige amablemente a las mujeres que le rodean y que en su palidez temen ver la muerte. Con dulzura le confortan y le preguntan de qué ha tenido miedo en su delirio. Así, Dante fija y artísticamente re­presenta la atmósfera trepidante de bondad generosa, en la cual se encuentra y se ex­plica. Mientras pensaba en su frágil vida y en su rápida agonía, sintió como propia la vida de su amada, destinada también ella a perecer. Y se vio perdido. Y cerró los ojos delirando. A su fantasía aparecie­ron rostros de mujeres doloridas que le decían: «morirás».

Y en su vano imaginar se encontró en un lugar donde otras mu­jeres, desgreñadas y abatidas, lanzaban gri­tos: el sol se turbaba, aparecían las estre­llas y había llanto en el cielo, se preci­pitaban los pájaros desde lo alto, la tierra temblaba y alguien le comunicaba la fatal noticia: «Tu dueña ha muerto, que era tan hermosa» [«Morta é la donna tua, ch’era si bella»]. Alzando los ojos llenos de lá­grimas, advirtió entonces un grupo de án­geles que cantaban «Hosanna» detrás de una nubecilla y volvían a ascender al cie­lo. Impulsado por el amor, se precipitó a contemplar el cadáver de su amada, colo­cado en el ataúd, mientras lo cubrían con un velo.

Con humilde y resignada actitud parecía decir: «estoy en paz». Y entonces, en su dolor, Dante se había sentido cristia­namente bueno («humilde»). Vista en su amada, cuya alma en estado de gracia ha­bía subido al cielo, la muerte le pareció dulce y la reconoció piadosa; y la invocó de todo corazón. También para sí mismo solicitó la gracia de la buena muerte. Lue­go se había alejado y, mirando al cielo, reconoció como bienaventurados a quienes veían la hermosa alma de su dueña. En aquel momento, las mujeres le habían sa­cudido y hecho volver en sí con afectuosa amabilidad. Con su trama narrativa la can­ción es un sutil bordado de sentimientos delicados, que surgen de lo profundo: vida de un alma que íntimamente se estremece vigilando y que se ciñe estilísticamente a la palabra frágil y apasionada, siempre su­gestiva con su lírica incertidumbre.

En la conmovedora invocación a la gracia de la buena muerte, el motivo poético de la muerte de Beatriz, como fin a la vez te­mido y suplicado, se convierte en motivo de exaltación de la mujer amada, más allá de esta vida, en el reino de la gloria.

M. Casella