Gran Diccionario Histórico, Louis Moréri

[Grand dictionnaire historique]. Obra erudita del francés Louis Moréri (1643-1680), publicada en una primera edición en 1674 y más tar­de, después de muchas modificaciones y añadiduras, en diez volúmenes en 1759. Su importancia consiste en ser la primera com­pilación de este género; no exenta de erro­res y de desigualdades, indicaba en su mis­mo carácter enciclopédico la necesidad de una vulgarización científica y literaria que, en efecto, será una gran parte de la cul­tura de la edad siguiente. Amplio repertorio de noticias, en los distintos sectores del saber y sobre todo en el de la historia, acentúa la tendencia hacia una cultura uni­versal, enemiga de las luchas espirituales y políticas, y apropiada para conciliar los espíritus en el común deseo de saber. Si Moréri no siempre tuvo conciencia de esta posición suya en favor de la tolerancia y de la falta de prejuicios, Pierre Bayle, con su Diccionario histórico y crítico (v.) con­tinuará y desarrollará su parte mejor. Aten­to más a recoger hechos con amor de eru­dición que a discutir las teorías políticas y religiosas expuestas. El Moréri aún hoy sigue siendo útil como primer repertorio de noticias biográficas: particularmente por lo que se refiere a la literatura, a la historia y al pensamiento del siglo XVII europeo. La obra suele citarse con el nombre de su autor, que tantos esfuerzos empeñó en la noble tarea de hacer patrimonio de todos la ciencia de una minoría erudita.

C. Cordié

Grandeza y Miseria de una Victoria, Georges Clemenceau

[Grandeur et misère d’une victoire]. Obra de Georges Clemenceau (1841-1929), publicada en 1930. Más que un libro de memorias, es ésta una batalla que el «Ti­gre» quiso librar en sus últimos años con­tra algunos que colaboraron con él en la victoria, y sobre todo contra el mariscal Foch, que lo había provocado con sus fa­mosos coloquios reunidos y publicados por Raymond Recouly en el volumen Le mémorial de Foch.

Estamos en 1918; Clemenceau es jefe del gobierno francés. La batalla se encarniza en Chemin des Dames. Foch ha sido llamado, a propuesta de Clemen­ceau, al mando supremo de las tropas alia­das en Francia. Muy pronto surge una di­sensión con el jefe de las tropas america­nas en cuanto al empleo de sus contingen­tes; Clemenceau interviene quejándose de que el jefe americano no quiera obedecer a Foch y que Foch no sepa mandar. Des­pués viene la crisis de los efectivos britá­nicos, que provoca nuevos desacuerdos en­tre Foch y Clemenceau. Estamos en la victoria, en el armisticio, pero incluso en las negociaciones continúan las torturas pa­ra Clemenceau. La Cámara lo ataca porque no es bastante «Tigre», porque no desarma a alemania. Poincaré, presidente de la Re­pública, no quiere conceder a los alemanes la tregua que han pedido. Y después, otra vez Foch. Sí, el mariscal ha sido un gran soldado en el campo de batalla. Pero, ¿basta esto?, pregunta Clemenceau; y dedica todo un capítulo a la «insubordinación militar» del mariscal, a su «falta de fe en la virtud más sacrosanta: la obediencia». Ya estamos en la conferencia de la paz, y el autor nos presenta, no sin ironía, «a los plenipoten­ciarios del mundo civil». Luego evoca el drama de la conferencia, la cual, «creyendo asegurar para siempre la paz en el mundo, le regaló aquel talismán, que había de ser un parlamento de superparlamentarios pri­vados de los instrumentos de la autoridad».

En el siguiente capítulo, sobre la «Prudencia de después», Clemenceau las emprende no sólo contra Foch, sino también contra el presidente de la República, Poincaré, que «no haciendo nada, lanza acusaciones con­tra los hombres de acción». Y el libro vuel­ve a tomar el tono violento de la polémica, sometiendo a minuciosa y áspera crítica las mutilaciones que se hicieron después al tra­tado de Versalles, una «paz al revés»; una paz «por la cual el vencedor abandona al vencido una parte de las ventajas conquis­tadas en el campo de batalla al precio de su propia sangre». Hasta el último capítulo, consagrado al «soldado desconocido», ter­mina con una violenta polémica contra el mariscal Foch. En todo el libro, domina la personalidad vigorosa, apasionada, indo­mable de un estadista que, durante largos decenios fué hombre de partido, que ni siquiera cuando llegó a la ancianidad y a las cúspides del poder supo cambiar su ca­rácter de ardiente polemista. Incluso al evo­car los tiempos y los acontecimientos más grandes y gloriosos de su larga vida se siente impulsado a lanzar acusaciones y regaños, más que contra sus enemigos, con­tra sus aliados y colaboradores; y si en la victoria, no hay que dudarlo, demostró grandeza, en aquella incurable discordia residió su miseria.

G. Miegge

Grandeza y Decadencia de César Birotteau, Honoré de Balzac

[Grandeur et décadence de César Birotteau]. Título de una de las más famosas novelas de Honoré de Balzac (1799- 1850), publicada en 1837.

César Birotteau (v.), perfumista, teniente de alcalde del segundo distrito de París, candidato a ca­ballero de la Legión de Honor, está muy sa­tisfecho de la marcha de sus negocios. Se­gún su parecer, es necesario adaptar el gobierno de su familia a las nuevas exigen­cias sociales, y ha decidido por lo tanto agrandar y embellecer su casa en cuanto sea nombrado caballero. Además, Roguin, el notario, le ha propuesto una especulación en sociedad con unos amigos, con la adqui­sición de unos solares que se podrán obte­ner por la cuarta parte del valor que lle­garán a tener dentro de breve tiempo. Su buena mujer, Constance, asustada por los riesgos del negocio, intenta disuadirle, pero en vano. El ideador de la especulación es el joven Du Tillet, antes dependiente de Birotteau, que ha llegado ahora a alcanzar un puesto preeminente en el mundo finan­ciero. Du Tillet, que había intentado sedu­cir a Constance y que se había hecho con mil escudos de la empresa antes de marcharse, no perdonará nunca a Birotteau y a su familia que estén enterados de su pe­cado juvenil. La buena fortuna de Birotteau brilla por última vez en un gran banquete y baile en el que participan los represen­tantes de la ciencia, de la política y de las finanzas. Entretanto, el contrato para los solares, ya cerrado, compromete a Birotteau en 300.000 francos. Es el principio de la caída.

Numerosos acreedores llaman a su puerta, mientras en la caja no hay nada disponible. Al final, el golpe decisivo: el no­tario Roguin huye, después de derrochar las sumas que le habían sido confiadas para el negocio de los solares. La empresa quie­bra y es puesta en liquidación. Caído con dignidad, Birotteau acepta para sí y para los suyos un empleo que unos amigos fie­les le proporcionan; pero su obsesión es la rehabilitación, que quiere alcanzar a cual­quier precio. El pobre hombre tendrá esta última satisfacción ayudado por su familia, pero principalmente por su ex dependiente, luego socio y novio de su hija Cesarina, el bueno y generoso Popinot, que debe a él su próspera hacienda de perfumes y su prometedora fortuna. El libro es la clásica novela de la pequeña burguesía parisiense que, en la borrascosa época de prosperidad financiera de la primera mitad del siglo XIX, quiere subir y se mezcla con el mundo de los grandes negocios, a menudo con una natural ingenuidad que le predispone para el papel de víctima. Sin embargo, no es precisamente la novela de un ambicioso, sino la historia de un hombre, y el interés de la narración se concentra sobre el per­sonaje, que es analizado profundamente y situado en una atmósfera de bonachona hu­manidad: su mismo fin no es un desastre, sino que parece la coronación lógica y tran­quilizadora de una atormentada aventura.

M. Bonfantini

Grandeza y Decadencia de Roma, Guglielmo Ferrero

[Grandezza e decadenza di Roma]. Es la obra principal de Guglielmo Ferrero (1871- 1942), publicada en Milán del 1901 al 1907, en cinco volúmenes: I, La conquista del Imperio (hasta el 58 a. de C.); II, Julio César (58-44 a. de C.); III, De César a Augusto (44-27 a. de C.); IV, La república de Augusto; V, El gran Imperio.

El impulso principal para la expansión romana, no provino tanto de la aristocracia territorial como de los nuevos elementos cosmopolitas y demagógicos, con una considerable con­tribución de las finanzas. Poco a poco Ita­lia se transformó, de una aristocracia agrí­cola y guerrera, en una democracia bur­guesa y mercantil, en la que la mayor par­te de los ciudadanos se desentendía de los problemas públicos. Así, los cargos oficiales cayeron en manos de politicastros y dema­gogos. El mayor de ellos fue César. Éste concibió primeramente la conquista de las Galias tan sólo como una maniobra elec­toral. Emprendió la guerra civil a disgusto y la condujo con gran moderación. Su ad­versario, Pompeyo, era un hombre de in­genio flexible, pero carente de pasiones in­tensas y sin la actividad y rapidez de con­cepción de César. Sólo después de la vic­toria, César se hizo irascible y arrogante, amante de las empresas grandiosas y con tendencia a las formas monárquicas de Oriente. La conjura que lo eliminó repre­senta «la república latina y conservadora de los ricos, contra la monarquía asiática y revolucionaria de los harapientos». Augusto sólo en apariencia fue el continuador de César; más bien llevó a la práctica las ideas de Cicerón, y se propuso restaurar la república.

El verdadero heredero de César fué en realidad Marco Antonio, quien con­tinuó la tendencia orientalizante, y sucum­bió ante su adversario por lo contradictorio de su política, egipcia de hecho y romana en apariencia. Augusto, más inteligente que hombre de voluntad, no era un soldado; era un calculador frío y medroso. La causa principal de su éxito fue el temor que le inspiraban los catastróficos destinos de Pompeyó, de César y de Marco Antonio. Pre­firió retirarse a la penumbra, y desde ella ejercer un gobierno flexible. La tendencia restauradora de sus tiempos es profunda­mente contradictoria: Italia comprendía la necesidad de preservar el antiguo culto del deber, para conservar el imperio; pero que­ría conservarlo para gozar. La sencillez de la vida de los antiguos romanos degenera en egoísmo y falta de interés por la po­lítica. El representante de esta contradicción es Horacio. El gobierno de Augusto, aunque débil, fue, sin embargo, beneficioso: con él se inició la prosperidad material, funda­da en el libre cambio, que llevó a la uni­dad del imperio. Dos fueron los aspectos vi­tales de su política: la tendencia republi­cana, que garantizó la indivisibilidad del imperio, y la política filogálica, que con­virtió a las Galias en el contrapeso de Orien­te y permitió que durante tres siglos man­tuviera Italia la soberanía. Ferrero, dis­cípulo de Lombroso, tiende a rebajar las grandes personalidades y a poner de ma­nifiesto los factores económicos del desen­volvimiento histórico.

Como periodista, ani­ma el relato con perspectivas y valoraciones fundadas en un indiscutible conocimiento de las fuentes, aunque menos cautas que brillantes. La obra, combatida por muchos, entre otros G. de Sanctis y B. Croce, al­canzó una difusión mundial. Su éxito be­nefició también a los tres volúmenes sobre Roma antigua, que más sumariamente com­prenden toda la historia romana y que fueron compuestos con la colaboración de C. Barbagallo. [Trad. por M. Ciges Apa­ricio (Madrid, 1908-1909)].

F. Meregalli

Grandeza Mexicana, Bernardo de Balbuena

Obra del poeta español Bernardo de Balbuena (1568-1627). Fue publicada en México por Ocharte (1604), y de ella se hizo, en 1927, una edición fac­símil por la sociedad de Bibliófilos Mexicanos. Su texto puede leerse en la publi­cada (1941) por Francisco Monterde en la «Biblioteca del Estudiante Universitario», núm. 23. Este poema, en tercetos endeca­sílabos, con cuartetos al final de cada una de sus partes, pertenece tanto a la litera­tura mexicana como a la española. Se ini­cia con una octava real, que transcribimos, porque encierra el argumento de la obra: «De la famosa México el asiento / ori­gen y grandeza de edificios / caballos, ca­lles, trato, cumplimientos / letras, virtudes, variedad de oficios / regalos, ocasiones de contento / primavera inmortal y sus indi­cios. / gobierno ilustre, religión, estado / todo en este discurso está cifrado». Pres­cindiendo del tema de la conquista, que a varios poetas anteriores había seducido, can­ta Balbuena las excelencias de la ciudad como contraste con «la pequeñez y mez­quindad de los pueblos. «El poeta parte de la topografía, para descender después a describir lo externo — edificios, caballos, ca­lles—; alaba las costumbres; penetra en lo espiritual — cultura, virtudes —; se asoma a los oficios, las relaciones sociales; pondera el benigno clima; alaba el gobierno, la Religión, y concluye con un elogio, por igual, para la España peninsular y la Nueva Es­paña». La Grandeza reviste la forma de una carta dirigida por su autor a doña Isabel de Tovar y Guzmán, que se disponía a pa­sar en un convento el resto de sus días. Balbuena, sinceramente enamorado de la ciudad de México, que algunos suponen ha­ber sido su patria, dice de ella con entu­siasmo: «Ríndase el mundo, ofrézcale la palma / confiese que es la flor de las ciu­dades / golfo de bienes y de males calma». Bien considerado el poema, se echa de ver que — además de sus méritos artísticos — tiene no pequeño valor histórico.

A. M. Carlo

Si de algún libro hubiéramos de hacer datar el nacimiento de la poesía americana propiamente dicha, en éste nos fijaríamos. (Menéndez Pelayo)