Los Narboneses, Anónimo

[Les Narbonnais]. Canción de gesta compuesta hacia 1210, en decasílabos asonantes. Seis de los hijos de Aymerí de Narbona (v.) se separan de su padre y de su madre. El condado de Nar­bona es hermoso y fértil, pero demasiado pequeño para tantos herederos; el padre decide darlo al nacido en séptimo lugar, Guibert, y envía a los demás al servicio del emperador.

Al licenciarlos, Aymerí les distribuye idealmente cargas y feudos: Ber­nardo, Guillermo y Hernaut irán a ofrecer sus servicios a Carlomagno (v. Rey Carlos) y Aymerí les confiere los tres cargos más elevados de la corte: Bernardo será par y consejero privado del rey; Guillermo, alfé­rez, y Hernaut, senescal; Bueves irá a Gas­cuña, y Aymerí le da su espada y le pro­mete como esposa la hija del rico rey Yon; Garín recibe el feudo de Pavía, y Aymerí el joven es investido de la corona de España, que habrá de conquistar a los sarracenos.

La corte y el pueblo están do­lidos por su marcha. La reina llora y re­procha a su marido; desde una torre los ven alejarse precedidos por Bernardo y, arrepentidos de lo que han hecho, les si­guen a caballo. Pero en vano su madre trata de retenerlos: los soberanos vuelven afligidos y sufren los reproches del pueblo, que siente la marcha de los jóvenes. Tra­tan de hacerles aceptar dinero, pero los jóvenes lo rechazan con orgullo.

Muy pron­to los seis hermanos, en París, actúan como si ya poseyesen los cargos asignados por su padre, de lo que se siguen escenas heroico cómicas. Pero el Emperador, conmo­vido, revalida las designaciones de Aymerí y los arma caballeros: sustituirán a los doce pares muertos en Roncesvalles. Como tales, los seis caballeros corren a liberar a su padre y a Narbona sitiada por los sarracenos. Ciertamente no es uno de los poemas épicos franceses más notables, pero algunas escenas no carecen de grandeza, como aquella en que Aymerí inviste con solemnidad a los seis hijos de feudos y cargos que habrán de conquistar.

C. Cremonesi

Napoleón Desconocido, Frédéric Masson

[Napoléon inconnu]. Obra de Frédéric Masson (1847- 1923), publicada en 1893. Reconstruye la juventud de Napoleón desde su nacimiento hasta su llegada a Tolón en el verano de 1793, a base de una preciosa colección de manuscritos en parte inéditos que, desde­ñados en Francia, fueron adquiridos por el Gobierno italiano y conservados en Flo­rencia en la Biblioteca Laurenziana.

Los manuscritos fueron publicados íntegramen­te por Masson y el prefecto de la Lauren­ziana, Guido Biagi, unidos a otros ya co­nocidos sobre Bonaparte, dando así una colección completa de todos los documentos que reflejan el período de su formación in­telectual y moral. Facilitan la compren­sión de los documentos unas útiles notas, redactadas por Masson. El conjunto consti­tuye una narración orgánica, en la que se restablece la verdad de hechos mal cono­cidos o interpretados, se demuestra que son apócrifas cartas y ensayos atribuidos a Na­poleón y se destruyen extendidas leyendas.

Los documentos consisten en páginas de diario, cartas, proyectos, resúmenes y apun­tes de obras leídas, con notas y observa­ciones. Así se sigue al joven corso en su orientación hacia Francia, decepcionado en su sueño de suceder a Paoli, cansado de las pequeñas competencias isleñas y hostil a la sumisión a Inglaterra, seducido por la Revolución con sus perspectivas de rápida carrera. Empapado de Rousseau, advierte poco a poco la falsedad de sus teorías, y, arrinconando ideologías y frases, se dirige a las realidades concretas y madura su es­tilo sobrio y vigoroso.

Su verdadera educa­dora es la historia; no hay el menor indi­cio, en sus manuscritos, de educación lite­raria ni de estudios clásicos. La historia educa en él al hombre de estado; sólo más tarde se aplica a la estrategia militar. En sus cartas, en sus reflexiones de estudioso de la historia, se encuentra la génesis de su conducta política, así como de los sue­ños e ilusiones que influyeron en ella. El libro tuvo el mérito de aportar una nueva y rica contribución a la biografía de Na­poleón y ha quedado como fundamental para el conocimiento de su personalidad.

P. Onnis

Napoleón o Los Cien Días, Christian Dietrich Grabbe

[Napo­león oder die hundert Tage]. Drama en prosa de Christian Dietrich Grabbe (1801- 1836), publicado en 1831, pero terminado antes de que estallase la revolución de julio; detalle del que el autor se loaba mucho, para hacer resaltar su perspicacia política.

Numerosos acontecimientos habían sido ya previstos por él en esta obra. La primera representación no se efectuó hasta 1895, en Berlín. El verdadero protagonista del drama no es Napoleón, que aparece en unas pocas escenas anecdóticas, sino el pueblo francés, descontento por la inep­titud de Luis XVIII y sus ministros, y presa de un fermento que le hace desear cualquier cambio político que elimine a los Borbones.

La multitud aclama como fu­turo rey de Francia al duque de Orléans, que más tarde reinó como Luis Felipe, y evoca con nostalgia las jornadas de la gran revolución y de la epopeya napoleónica. Cualquier tribuno callejero consigue pro­vocar demostraciones de odio contra la Restauración. Grabbe personifica el estado de ánimo de los bonapartistas en dos ex soldados, Vitry y Chassecoeur, vueltos de las campañas del gran corso y reducidos ahora a la miseria.

Las corrientes más de­magógicas de la revolución del 89 están representadas por el diabólico y cínico tri­buno de la plebe, Jouve, que incita a la multitud con palabras de infernal maldad. Algunas escenas nos llevan a la Corte de Luis XVIII, con su séquito de ineptos y vengativos ex emigrados; la única alma verdaderamente viril es la duquesa de An­gulema, hija de Luis XVI. El mismo Na­poleón sólo aparece en breves escenas per­tenecientes a aquel último período de su carrera; pero en las escenas en que ac­túa, es decir, cuando prepara la huida de Elba y en las batallas de Ligny y de Waterloo, demuestra que sigue estando a la altura de las situaciones.

A las entusias­tas tropas del corso se oponen los ejérci­tos alemanes e ingleses de Blücher y de Wellington, que combaten con igual fe y entusiasmo. Rapidísimamente, el autor trans­porta la acción de uno a otro campo; las, escenas de batalla son las más conseguidas del drama; el combate emociona con su ritmo precipitado entre el remolino de las masas, sobre las cuales destacan las órde­nes de los comandantes.

Las escenas son de una movilidad casi cinematográfica, lo cual durante muchos decenios impidió su representación por las insuperables dificul­tades de montaje. El drama de Grabbe es sin duda el mejor de cuantos se escribie­ron sobre el asunto. Aunque las pocas es­cenas en que aparece Napoleón son muy breves, en su episódica figura se reconoce y advierte la presencia del genio con su «fiebre de actuar» y su «tempestad de ac­ción», y su ocaso se produce en una at­mósfera altamente dramática.

C. Gundolf

Napoleón el Pequeño, Víctor Hugo

[Napoléon le petit]. Libelo político de Víctor Hugo (1802- 1885), publicado en 1852. Herido en sus ideales de republicano y de pensador hu­manitario, el desterrado lanza contra Na­poleón III las acusaciones más acres y do­cumentadas.

El golpe de estado que arrojó fuera de Francia a tantos patriotas y la implantación definitiva del Imperio señalan la caída de toda libertad; el heredero de Napoleón es sólo un falsario y un reaccio­nario que se sirvió del juego de partidos y de la alianza entre trono y altar para sofocar todo anhelo de progreso y bienes­tar nacional.

Falta la confianza de los ciu­dadanos en el Estado, las finanzas están mal dirigidas, sueños de gloria militar y polí­tica desnaturalizan todas las empresas, aunque inicialmente estén basadas en el orden y la disciplina: en el nuevo régi­men todo es negación de la dignidad y de la responsabilidad humana, en una palabra, de la libertad. El escritor examina la obra del último Bonaparte desde diversos puntos de vista, mostrando en particular sus de­fectos personales, su carácter vano y des­leal, su escaso conocimiento de los hombres en el gobierno de la cosa pública.

Su mun­do está constituido por perversos y faccio­sos que, secundados en sus más bajos ins­tintos, van perpetrando delitos e iniquida­des que muy pronto serán sometidos al juicio de la historia. En especial se pone en evidencia la preparación del «crimen», es decir, del golpe de estado de 1851 (con páginas sacadas de un futuro Crimen del 2 de diciembre, que a continuación apare­ció en un volumen como Historia de un crimen, v.).

Aun examinando con mirada de historiador los progresos y ventajas que se manifestaron en cierto modo con la cen­tralización política y administrativa del nuevo régimen, Hugo afirma que la gran iniquidad exige venganza; todo despotismo es inútil ante el ineludible progreso, e in­cluso un Napoleón en miniatura servirá para hacernos sentir la distancia que existe entre lo grande e inspirado por los acon­tecimientos, y las bajas imitaciones de fa­milia o de casta.

La obra ha de considerarse como una de las más inmediatas reacciones contra el principio de una restauración im­perial en una Europa que aspiraba, desde Mazzini hasta Kossuth, a una era de libertad.

C. Cordié

El Napoleón de Notting Hill, Gilbert Keith Chesterton

[The Napoleon of Notting Hill]. Publicada en 1904, es la primera novela de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), nacida, como explica en la dedicatoria en verso a su amigo Hilaire Belloc, de uno de sus sueños de niño.

La acción ocurre en el Londres del futuro. Auberon Quin, un original que hace gala de un humorismo que llega al ab­surdo, es inesperadamente elegido rey de Inglaterra, investido de poder despótico según un nuevo sistema de gobierno mo­nárquico no hereditario, y se dedica alegremente a hacer renacer en los suburbios londinenses la arrogancia patriótica de las ciudades de la Edad Media; aparecen las antiguas corporaciones, crea pintorescas cos­tumbres y enseñas burlescas, arma mi­núsculos ejércitos con espadas y alabardas.

Pero Adam Wayne, preboste de Notting Hill, toma esta farsa en serio y revive sin­ceramente el nacionalismo desmesurado del fanatismo medieval; cuando le piden que deje derruir unas casuchas de su barrio para abrir una nueva calle, se opone fir­memente y jura defender con la espada cada palmo de terreno. Estalla la guerra: los ejércitos de los barrios vecinos mar­chan al asalto de Notting Hill, pero son re­chazados por la estrategia de Adam Wayne.

Arrastrado por el entusiasmo, el rey toma parte en la campaña en calidad de corres­ponsal especial del diario de la Corte y describe las vicisitudes del sitio que ter­mina con la victoria de Adam Wayne. Con­tinúa durante veinte años la supremacía de Notting Hill sobre todo Londres, pero más tarde, un espíritu imperialista se enciende en los vencedores, contrariamente a la vo­luntad de Wayne, y Notting Hill cae, ocu­rriendo lo mismo con Wayne y el rey Auberon Quin. La novela termina, mientras el alba surge sobre las ruinas de la batalla, con un diálogo entre las sombras de los dos héroes, que explica el significado de la alegoría.

Quin el humorista y Wayne el fanático son dos aspectos de la realidad hu­mana, la risa y el amor, elementos esen­ciales en todo; no importa que el héroe muera, no importa que las cosas continúen como estaban; sólo es importante en la tierra el alma sensible a las cosas tradicio­nales, antiguas y heroicas. Cinco años más tarde, con La esfera y la cruz (v.), este motivo hallará su desarrollo más completo.

F. Ballini