Nariz de un Notario, Edmond About

[Le nez d’un notaire]. Novela de Edmond About (1828-1885), publicada en 1862. Alfredo L’Ambert, joven y brillante notario, des­cubre un día a su amiga, la señorita Victorina, con un joven agregado de la emba­jada turca; a continuación de una pelea, en que la nariz del turco queda malherida, ambos se baten y el turco corta de un sablazo la nariz del notario.

El hermoso Alfredo está desesperado; un médico se compromete a devolverle la nariz, pero ha desaparecido en las fauces de un gato ham­briento. Una audaz operación de cirugía estética le devuelve su apéndice mediante un trozo de epidermis que Romagné, un pobre diablo, le cede por dos mil francos. Pero cierto día la nariz del notario se vuel­ve rojo escarlata; Romagné, gozando del dinero recibido, se entrega a la bebida, y la nariz del notario, siguiendo el destino del cuerpo a que pertenecía, se convierte en la de un borrachín. Romagné es obligado a no beber más, y la nariz vuelve a la normalidad.

Pasado cierto tiempo, una nue­va catástrofe se produce: Romagné muere y la nariz de L’Ambert disminuye, se apla­na y desaparece. El pobre notario se ve obligado a hacerse poner una nariz de pla­ta. Es una de las obras más agudas de About, quien acusa aquí la influencia de aquella literatura fantástica que iba convirtiendo en absurdos risueños los «miste­rios» de los románticos, y nos aparece co­mo un lejano preludio del surrealismo. [Trad. española de Pablo Perales (Madrid, 1920)].

G. Alloisio

Narración Epistolar de un Viaje y de una Misión Jesuítica, Fernáo Cardim

[Narrativa epistolar de urna viagem e missáo jesuítica pela Bahia, Ilhios, Porto-Seguro, Pernambuco, Espirito-Santo, Rio-de-Janeiro, San Vicente, etc.]. Obra del jesuita portugués Fernáo Cardim (15409-1625), publicada póstumamente en Lisboa, en 1847, a cargo de Adolfo Varnhagen.

Está constituida por dos cartas, que el autor, desde 1583 provincial de la Orden en Brasil, envió al provincial de la Compañía en Portugal, Sebastiáo de Moraes (que vivió algún tiempo en Parma como confesor de la princesa María). En la primera hace la relación de una visita a las diversas «capitanías» de la Orden en Brasil; se inicia con la descripción del viaje desde Lisboa a Bahía, vía Madera, prosigue con la historia de la primera permanencia en Bahía, centro entonces de la expansión portuguesa en Brasil, y con las visitas he­chas desde allí a los demás centros importantes: Pernambuco, Río de Janeiro, San Vicente (la actual Sao Paulo), Santos, etc.

La segunda refiere las peripecias de un grupo de «hermanos» caídos en manos de piratas franceses en el mar; duramente mal­tratados y por fin abandonados a su des­tino en el golfo de Vizcaya, escapan de toda clase de peligros y aventuras y vuelven a Portugal a través de Francia y Es­paña. Una sugestiva sencillez de estilo in­forma estas narraciones; la más amplia y sin duda la más importante es la primera, donde brilla una rica sensibilidad prerro­mántica. Cardim no sólo tiene ojos para los hombres, sino, más aún, para la natu­raleza y el paisaje; observa y reacciona con ánimo virgen, estableciendo a menudo pre­ciosas comparaciones entre su país natal y aquel nuevo mundo descubierto por sus compatriotas a principios del siglo, a fines del cual escribía Cardim (la primera carta es de 1585, la segunda de 1590).

Refiere la vida de dicho mundo con pintorescas ex­presiones de continua maravilla, a propó­sito de la exuberante fertilidad de la tierra, de la sorprendente variedad y fuerza de los colores, de la riqueza inagotable de fauna y flora; léanse por ejemplo las páginas so­bre los pájaros y sobre la bahía de Río de Janeiro. Es también notable su actitud frente a los indígenas, actitud que repite la concepción típicamente jesuítica del «buen salvaje» que tanta influencia había de tener en el siglo XVIII.

Desde el punto de vista literario, los escritos de Cardim sugieren, por la viveza de la narración y de la descripción, la imagen de una rea­lidad lejanísima y sin embargo vivísima; desde el punto de vista histórico, las no­ticias que aportan hacen de su autor un precursor de la historiografía brasileña, digno de ser colocado junto a los prime­ros cronistas de aquellas tierras: Pero de Magalháes Gandavo y Gabriel Soares de Sousa.

G. C. Rossi

La Nariz, Gogol (Nikolaj Vasil’evič Gogol’

[Nos]. Cuento de Gogol (Nikolaj Vasil’evič Gogol’, 1809-1852), publicado en 1835. La nariz, junto con El abrigo (v.), fue considerada como la obra que señaló nuevos rumbos a la novela rusa, describien­do de modo realista y con tajante humo­rismo el ambiente de la pequeña burgue­sía moscovita.

Estudios más cuidados han mostrado, sin embargo, lo inexacto de esta unilateral concepción. Un barbero, comien­do, encuentra en el pan una nariz. Asus­tadísimo, piensa que la cortó a alguien en un momento de embriaguez y la arroja al río. Más tarde, un consejero de Estado, al despertarse, se encuentra sin nariz y al poco tiempo advierte que esta nariz se pasea en carroza por la ciudad con unifor­me de gran funcionario. El consejero trata en vano de convencer a la nariz para que vuelva a su sitio.

Quiere poner un anuncio en el periódico, pero el empleado se niega a publicarlo, diciendo: «No me fío: hace días un señor insertó un anuncio de que había perdido un perro, y en realidad se trataba de atrapar a un funcionario que huyó con la caja». El consejero está deses­perado, pero cierta mañana, sin saber có­mo, la nariz vuelve a su sitio y así ter­mina la extraordinaria aventura que da al autor la ocasión de crear amenas y rea­listas figuras de policías y funcionarios. Al final Gogol se excusa de la extravagancia e inverosimilitud de su relato: en la so­ciedad de San Petersburgo ocurren cosas tan extrañas, que la historia de la nariz, en comparación, no es nada.

También en La nariz se advierte el amor de Gogol por los asuntos fantásticos en que se inspira toda su primera producción literaria, pero ya no se trata de los poéticos sueños juve­niles de sus Veladas en la finca de Dicanca (v.); la pequeña vida cotidiana difunde en ella su color gris, y en la inspiración fantástica se escucha en ciertos momentos la «risa entre lágrimas» del escritor que más tarde hará reír y llorar a toda Rusia con el espectáculo de su inmensa miseria y corrupción. [Trad. castellana de F. Diez Mateo (Madrid, 1930)].

G. Kraisky

Napoleón y las Mujeres, Frédéric Masson

[Napoléon et les femmes]. Publicado en 1896, es uno de los estudios más extensos dedicado por Frédéric Masson (1847-1923) a la vida ín­tima del gran corso.

Desfilan en él todas las mujeres que tuvieron con Napoleón re­laciones amorosas: la prometida de la ju­ventud, Désirée Clary, luego mujer de Bernadette; la endiablada Madame Fourés, que amenizó la expedición a Egipto; la cantante Grassini, conocida en Milán; una miste­riosa señora ***, y otras famosas u os­curas, hasta la fidelísima Walewska.

Los asuntos políticos no dejaban al Emperador demasiado tiempo para distracciones sentimentales; pero no solía desdeñar, pese a las celosas iras de Josefina, a las solici­tantes que se ofrecían para aprovechar sugenerosidad y a las que dedicaba una pre­cipitada pausa de su laboriosa jornada, en el departamento secreto de las Tullerías, ni a las amantes ocasionales que se le pro­curaban durante sus expediciones milita­res. Su predilección por las cantantes y ac­trices trágicas se explica por su entusiasmo por el teatro, pero en ellas Napoleón ama más bien a la heroína del drama que a la mujer.

Voluble, distraído, generoso, ante las mujeres está siempre dispuesto a ol­vidar los errores, pero también está siem­pre en guardia para que no ejerzan in­fluencia en su vida. «Mi amante es. el poder», solía decir. No rehúye por ello el amor sentimental, tal como lo aprendió en Rousseau. Dos figuras femeninas dominan en su vida y en el libro: Josefina, traidora y traicionada y, sin embargo, indispensable a sus sentidos, amiga y confidente incom­parable; María Luisa, a la que rodea de una ternura paciente, pero también de severa custodia.

De fuerte sensualidad, pero sin refinamientos ni morbosidad, apasionado en su juventud, tierno en la madurez, Napo­león tuvo una completa experiencia de la vida amorosa. Su índole afectiva se some­tió más de lo que parece a la fascinación femenina, y el autor considera que ello determinó algunas de sus directrices po­líticas, especialmente en sentido reacciona­rio.

El libro, aunque en forma ágil y agra­dable, reúne los datos de una cuidada do­cumentación inédita y es a la vez un agu­do estudio sobre la psicología amorosa del protagonista, así como de sus amigas, y una preciosa fuente de noticias y anécdo­tas a la que han recurrido ampliamente los modernos biógrafos de Napoleón.

P. Onnis

Nápoles Recuperada, Francisco de Borja y Aragón

Poema heroico de Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, cuyo título completo es Nápoles recuperada pon el rey don Alonso (Zaragoza, 1651).

Correcto en la rima, pro­fundo y claro en los pensamientos, suelto en la versificación, es Esquilache uno de los pocos poetas de su tiempo que se sus­trajeron a las influencias culteranas y casi a las conceptistas, aunque a veces incurre en evidente prosaísmo. Nápoles recuperada es un poema épico, con un «juicio preli­minar» del P. Francisco de Mazedo, de la Compañía de Jesús; fue reimpreso en Amberes, en la imprenta plantiniana de Baltasar Moreto, en 1658.

Se divide este poema en doce libros, «que es la medida más propia del Poema Heroico». «La fábula se compo­ne de acción imitada, es una, como pide Aristóteles; el héroe es Príncipe, en quien concurren las dos partes, de entendimiento y brazo, juntándose en él la ciencia y el valor». El rey Alfonso V y su valerosa ex­pedición y reconquista de Nápoles son el argumento clave, al cual concurren todos los secundarios para enriquecerlo. En octa­vas, y precedido de un prólogo poblado de sentencias latinas, el primero de los doce libros es un firme canto a la majes­tad y al valor de un buen rey español.

Co­mienza: «Aquel glorioso Capitán Hispa­no, / que a fuerza de sus armas peregri­nas, / bebió con menosprecio del Tirano / las aguas del Sebeto cristalinas: / Triun­fos, que honraran al blasón romano, / y sus banderas célebres latinas; / empresas, que al valor y al tiempo exceden, / cantar pretendo, si cantar se pueden». Y sigue: «Cantar al Quinto Alfonso en tanto quie­ro / el celo santo, el ánimo robusto: / y si soberbio, y grave al pueblo fiero / acrecentó el Romano el más Augusto, / cuando el valor entonces lisonjero / amó el agravio del poder injusto / yo haré cre­cer, si tu favor me inflama, / años al tiem­po, y siglos a la fama».

C. Conde