De la Naturaleza, Anaximandro

 (póaetos]. Escrito filosófico de Anaximandro, filósofo jónico del siglo VI a. de C., discípulo y sucesor de Tales en la investigación científica y filosófica.

Es una de las más notables tentativas de sis­tematización de lo real, anterior a Aris­tóteles; a nosotros sólo ha llegado un frag­mento, pero algunas noticias de Aristóteles y de Simplicio permiten reconstruir, al me­nos en parte, la doctrina del autor; como todos los filósofos milesios, Anaximandro trata de determinar el principio primero pero en lugar de hallar este prin­cipio en una naturaleza finita — el agua, según Tales —, lo ve en algo indefinido(arcetpov) que no es percibido por la ex­periencia, sino que ha de postularse como causa permanente y trascendente del acon­tecer del mundo empírico indefinible en el espacio y en el tiempo, causa y principio de las cosas perecederas y definidas, en los que éstas están destinadas a disolverse.

La novedad de Anaximandro, en cuya doctrina quedan, sin embargo, muchos detalles obs­curos, consiste en haber buscado el prin­cipio infinito de las cosas finitas fuera de las materias que son objeto de nuestra ex­periencia.

C. Schick

De la Naturaleza, Anaxágoras

Tratado filosófico de Anaxágoras, filósofo jónico de Clazomene, en la Lidia (alrededor de 500 a 430 a. de C.), que vivió largo tiempo en Atenas, donde ejerció gran influjo sobre personajes eminentes, tales como Pericles y Eurípides, pero más tarde, acusado de ateís­mo, se vio obligado a refugiarse en Lámpsaco, donde murió.

De su obra, Simplicio, un neoplatónico del siglo VI d. de C., nos ha conservado numerosos fragmentos en su comentario a la Física (v.) de Aristóteles, mientras Teofrasto, Platón y Aristóteles nos dan noticias sus doctrinas. Tomando el problema cosmológico en el punto en que lo habían dejado los jónicos y Empédocles, Anaxágoras sostiene que el mundo está constituido por tantos elementos cuantos son los que se nos aparecen en la experiencia sensible, y que de la unión y división de éstos — que, según la concepción qüe Anaxágoras tiene en común con los eleatas, no pueden ni nacer ni perecer — derivan las cosas del universo.

Las pequeñísimas aun­que divisibles partículas de las que nacen y han nacido las cosas, son llamadas «gér­menes»; más tarde, Aristóteles las llamó «homeomerías»; están mezcladas sin orden entre sí, hasta que un ente, tam­bién material, pero de materia más sutil y móvil, el único dotado de movimiento es-pontáneo y a la vez apto para mover to­das las cosas del mundo, el vooc las ordenó haciéndolas girar en torno a un polo, con una rotación en círculos cada vez más amplios. El hombre es de la misma naturaleza que los animales, pero en él, el vouc difun» dido en todos los seres, está contenido en mayor medida.

El mérito de Anaxágoras comparado con los filósofos anteriores, es el de llegar a una concepción dualista de la naturaleza, a la distinción entre la razón ordenadora pero material, y la materia ordenada, dualidad que más tarde será des-’ envuelta orgánicamente en los sistemas de Platón y de Aristóteles. Su tratado está escrito en dialecto jónico y, por lo que se desprende de los fragmentos que han lle­gado hasta nosotros, revela el esfuerzo por lograr un estilo claro y ordenado, apto para la exposición científica, y no carente de cierta elegancia.

C. Schick

Nativa, Eduardo Acevedo Díaz

Novela del escritor uruguayo Eduardo Acevedo Díaz (1851-1924), publi­cada en 1890. Sigue en dos años a Ismael y precede en tres a Grito de gloria.

En el período histórico que abarca puede ser considerada, con algunos vacíos, la conti­nuación de la primera y el preludio de la segunda, dado que se refiere a hechos ocu­rridos entre 1823 y 1825. El autor teje con viveza y colorido, en grandes panoramas o en miniaturas de sutil belleza, el cuadro de época confusa, que es de subterráneo hervor revolucionario, mientras la domina­ción lusobrasileña se esfuerza en conso­lidar la conquista de la llamada Provincia Cisplatina.

El mismo poder de descripción y de dramatismo que se impone en las pá­ginas de las mencionadas novelas, se en­cuentra en Nativa, con algo de ternura en episodios idílicos que no son habituales en la acerada pluma de aquel polemista y luchador político. La figura histórica de Leonardo Olivera aparece perfilada con to­ques definitivos, tal como hoy la glorifica la posteridad. Acevedo Díaz contribuye con ésta, como con sus ya citadas novelas y con Lanza y sable — que las complementa en un esfuerzo tardío — a la reconstrucción de la vida uruguaya en los tiempos heroicos, en el período de formación de la naciona­lidad.

De sus grandes cuadros surge, supe­rando la fantasía de los episodios noveles­cos y dando perspectiva a las bien logradas siluetas de personajes, el gran fresco de una sociedad en creación, con sus aspira­ciones inorgánicas pero firmes, con sus características esenciales que la orientan, aun en el desorden y el tumulto, a lograr la independencia y cimentarla en un régimen de democracia.

A. D. González

Nathan el Sabio, Gotthold Ephraim Lessing

[Nathan der Weise]. Es la última y la mejor de las obras poé­ticas de Gotthold Ephraim Lessing (1729- 1781), que por primera vez usa en este dra­ma en cinco actos el pentámetro yámbico o endecasílabo, metro que, después de Les­sing, debía convertirse en el verso defini­tivo de la tragedia clásica, usado en casi todos sus dramas por Goethe y Schiller.

Envuelto en una seria polémica religiosa entre los sostenedores del deísmo inglés y los defensores de la tradición teológica (v. Anti Goeze), entre la interior y libre expe­riencia religiosa y el nuevo dogmatismo doctrinal en que se había petrificado el es­píritu de la Reforma, Lessing, impedido por la censura de proseguir la polémica co­menzada, decidió continuar el debate desde otra tribuna y, como poeta, lo llevó a la escena. El Nathan, concebido el 11 de agos­to — con este espíritu — sobre el esquema de un antiguo esbozo, fue comenzado el 12 de noviembre de 1778 y terminado en marzo de 1779. Su tema principal es la pre­dicación de la tolerancia religiosa para con los que profesan otras confesiones y la exaltación del amor al prójimo como la suprema virtud. Alrededor de este tema principal compone Lessing una acción dra­mática, en la que inserta hábilmente la parábola de los tres anillos, que figura en la tercera novela de la tercera jornada del Decamerón (v.) de Boccaccio.

El viejo Nathan, de religión hebrea, al que el vulgo llama el Sabio, ha educado en su casa como hija adoptiva a Recha, la que un día es salvada por un templario del peligro de morir abrasada. El templario, condenado a muerte junto con otros 19 caballeros de su orden, pero indultado después por el sultán Saladino a causa de cierta semejanza con su desaparecido hermano, se enamora de la gracia y la rara belleza de Recha, a la que cree hebrea, y, aunque él es cris­tiano, pide a Nathan la mano de la mucha­cha. El viejo, en cuya alma ha nacido una terrible sospecha, duda; quiere primero te­ner informaciones seguras sobre el joven y generoso templario.

Su sospecha no es infundada: Recha, la presunta hebrea, y el cristiano templario son hermanos, hijos del musulmán Asad, hermano menor de Saladino. Este hermano, arrastrado por una pasión, se había trasladado muchos años atrás a alemania, donde se casó con una noble joven de la estirpe de los Staufen, de la que tuvo una niña, Blanda von Filneck (nombre usado por Asad después de su matrimonio). Huérfana de madre a las pocas semanas, la pequeña Blanda fue confiada por su propio padre a Nathan, su ami­go de infancia, que la crió con el nombre de Recha. Reconociéndose como hermanos, Recha y el templario, lo mismo que Sala­dino y Nathan, olvidan el profundo abis­mo que la religión había hasta entonces abierto entre ellos.

La escena más bella y dramática es sin duda la séptima del ter­cer acto, un coloquio entre el sabio Na­than y el poderoso Saladino. Mientras el hebreo cree que el musulmán le ha hecho llamar para que le preste dinero, porque él es rico, el sultán le sorprende con la brusca pregunta de cuál de las tres re­ligiones monoteístas, la cristiana, la hebrea y la musulmana, es la verdadera, y cuál es el motivo de que Nathan, al que el pueblo llama el Sabio, la tenga por tal. Nathan responde a la insidiosa curiosidad de Sa­ladino con la ya mencionada parábola de los tres anillos: así como el juez de la parábola no puede determinar cuál de los tres anillos presentados por tres distintos hermanos es el auténtico y cuáles son los dos falsificados (tanta es la perfección de éstos), de la misma manera la sabiduría de Nathan no puede sentenciar en la difícil y delicada cuestión.

La acción ocurre en Jerusalén durante la tercera Cruzada, y se desenvuelve en pocas horas. El propio Lessing se mostró más bien escéptico sobre la posibilidad de representación de su dra­ma. Sin embargo, sólo cuatro años des­pués, en 1801, Nathan fue representado, sensiblemente modificado en Berlín; Aus­tria y Sajonia, estados católicos, censuraron el drama, prohibiendo su representación. Traducido al francés y al inglés, más tarde se representó en lengua griega hasta en Constantinopla, donde alcanzó un gran éxi­to de público.

Pero más que en la historia del teatro, la obra — de tono elevado y sereno — tiene importancia en la historia de la conciencia moderna y de la poesía. Ella ha sido en alemania la expresión más pura de la armónica fusión de racionalidad y sentimiento, fusión que constituyó el ideal de la Ilustración (v.) Poéticamente el dra­ma se sostiene por el cálido sentido de humanidad y de hermandad que en él se respira; el problema está tratado por en­cima de toda dialéctica, en una serena y limpia espiritualidad, que nada puede ya oscurecer. Goethe juzgó el drama como «una de las cosas más elevadas que la hu­manidad ha creado»; y se inspiró directa­mente en el tono elevado, sereno y claro del Nathan cuando compuso en el mismo metro su Ifigenia (v.).

O. Lennovari

Los Natchez, François René de Chateaubriand

[Les Natchez]. Obra de François René de Chateaubriand (1768- 1848), escrita en su juventud y no publi­cada hasta 1826, en una colección de sus Obras completas (1826-31). Ya habían sido publicadas las dos narraciones Atala (v.) y Rene (v.), consideradas por el autor como «episodios» de su gran epopeya india de Los Natchez.

El argumento está inspirado en un hecho histórico: el exterminio de una tribu india rebelde, hecho por los franceses en 1727 en Luisiana. A la sombra de los bosques americanos el autor quiso escribir «la epopeya del hombre de la Na­turaleza» y, al mismo tiempo, cantar la tragedia de un pueblo del que no queda más que el recuerdo, puesto que en nues­tro tiempo los mausoleos de los reyes no conmueven tanto como la tumba de un indio bajo la encina de su patria. Un fran­cés, René (v.), llegado a la Luisiana, junto a los salvajes natchez, es recogido por un viejo indio, Chactas, quien le narra un viaje que durante su juventud hizo a Fran­cia para visitar el reino de Luis XIV.

En el recuerdo del anciano se entreteje el amor de una muchacha, muerta en dolorosas circunstancias, Atala (v.), que ya en la obra del mismo nombre había inspirado al au­tor páginas profundas. La gran tristeza de René, enternecida a veces por el espec­táculo de la Naturaleza, halla un motivo de paz en el amor de la nieta de Chactas, la joven Celuta; pero el nacimiento de una hija no aporta la deseada serenidad: como en la obra famosa (v. René), es demasiado amargo su desengaño de la vida, y la an­gustia que le acompaña hasta la muerte no le da tregua. Finalmente René es ase­sinado a traición por un jefe indio, rival suyo, que ultraja a Celuta, y es muerto a su vez por el hermano de ésta, vengador así del doble crimen.

El exterminio de los natchez en una batalla concluye la obra y da a la evocación de la infeliz tribu el sello de una grandiosa epopeya. En una nota publicada como apéndice, el autor, junto con el resumen de la obra histórica de un misionero, procura dar mayor ca­rácter de verosimilitud a su relato. La obra es singular, pues indica en su varia composición (de epopeya y de narración novelesca, casi por partes separadas) al­gunos aspectos del arte de Chateaubriand.

La exaltación de las bellezas naturales del mundo americano sugiere la forma del poema en prosa, mientras, que las vicisi­tudes de los personajes, hacia el final de la obra, están realzadas por el interés psi­cológico que distingue las figuras de Atala y René, y les da un sentido más sutilmen­te poético. El tono bíblico y apasionado de algunas partes no se concilia con las ne­cesidades de una compleja trama narrativa. En sustancia, de esta tentativa de crear la epopeya de un nuevo mundo, iluminado por la luz del Cristianismo gracias a la obra de los misioneros, queda el valor descriptivo de ciertos fragmentos, dignos todavía de figurar en una antología.

Ya el autor, al aislar los dos mejores relatos, se había dado cuenta de la deficiencia del conjunto. [Trad. española de José Mariano Sicilia (París, 1827); de J. March (Barcelona, 1829); trad. anónima en Obras completas, tomos XI y XII (Valencia, 1844) y de Ma­nuel M. Flamant (Madrid, 1853)].

C. Cordié

En Los Natchez, igual que en Los Már­tires, Chateaubriand ha querido enfrentar dos mundos y dos tipos históricamente opuestos de la fluctuante humanidad. En Los Natchez el Nuevo Mundo y el mundo antiguo, el hombre de la Naturaleza, el sal­vaje, y el hombre civilizado, el europeo; en Los Mártires también un viejo y un nuevo mundo: el mundo pagano y el mun­do cristiano, la belleza fascinadora y la santidad sublime. (Lanson)