La Naturaleza de la Luz, Max Planck

[Das Wesen des Lichts]. Este fascículo es el texto de una conferencia pronunciada el 28 de octubre de 1919 por el gran físico alemán Max  Planck (1858-1947), ante la asamblea general de la Asociación Kaiser – Wilhelm; fue publicado en 1920.

En una primera parte, Planck nos muestra el des­arrollo de nuestros conocimientos acerca de la luz a partir de Newton y Huygens. Parecía que nuestra ciencia a este propó­sito formaba un conjunto perfecto, hasta que Hertz demostró la naturaleza electro­magnética de la luz, prevista por Maxwell, y Laue probó la identidad de naturaleza de los rayos X con la luz, al obtener inter­ferencia de los nuevos rayos descubiertos. Planck nos hace apreciar de paso el enri­quecimiento de la teoría corpuscular de la luz de Newton y también todo aquello que nos remite a la teoría ondulatoria de Huygens.

En la segunda parte, expone las di­ficultades surgidas cuando se trató de ex­plicar el efecto fotoeléctrico: ¿de dónde toman su energía de movimiento los elec­trones extraídos del metal? La única ex­plicación posible consiste en admitir que la energía enviada por la fuente luminosa no se halla concentrada solamente en el tiempo, sino también en ciertos puntos del espacio. La emisión de la luz no se rea­liza de un modo continuo, sino por sacu­didas, por «quanta».

Planck demuestra có­mo esta hipótesis se confirma sorprenden­temente en la ciencia moderna, y concluye exponiendo el siguiente problema: ¿están «cuantificados» los mismos rayos luminosos, o bien la acción de los «quanta» no se deja sentir más que a través de la materia? Esta exposición es extremadamente clara y Planck se nos aparece a lo largo de algunas páginas como un excelente «vulgarizador» y un sabio modesto, ya que descuida expo­ner la considerable aportación personal con que él ha contribuido a la edificación de esta teoría.

De la Naturaleza, Heráclito de Efeso

Escrito de Heráclito de Efeso, filósofo griego, descendiente de una antigua familia de reyes sacerdotes, que vivió entre los siglos VI-V a. de C.

Han llegado hasta nosotros fragmentos dispersos en citas de Aristóteles, S. Clemente de Ale­jandría, Diógenes Laercio, Hipólito, Plutar­co, Estobeo y otros, habiendo resultado vana toda tentativa de reconstruir sobre estos fragmentos el esquema originario de la obra perdida, llamada por los antiguos De la Naturaleza y subdividida en tres partes: del Universo,  política, teología. Despreciador del vulgo, sentencioso y obscuro, He­ráclito pertenece al hilozoísmo jónico pre- socrático, por cuanto reconoce una esencia primera (el fuego), de la cual se engendran todas las cosas por la evo­lución circular del estado gaseoso al líquido (agua) y luego al sólido (tierra) y viceversa.

Al contrario de Parménides, para el cual «el ser es, el no ser no es», Heráclito concilia el ser y el no ser en una «con­cordia discors», en cuyo recíproco trans­formarse y oponerse las cosas tienen y pueden tener realidad. «La guerra es la madre de todas las cosas»; «todo pasa», (pero esta infinita multiplicidad di­námica se resuelve en la unidad del Xóyoc; que es suprema sabiduría, la única divini­dad (que quiere y no quiere ser llamada Zeus), y en tanto participa del mundo co­mo el fuego, que uniéndose a los aromas toma su denominación según el nombre de cada uno de éstos, es a la vez ley y medida, distinta de las cosas, que todo lo gobierna.

Espíritu esencialmente intuitivo, afanoso de captar las tensiones de la vida del universo, conscientemente saturado de contradicciones, afirmadas como leyes de la verdad, su pensamiento, sea por la forma fragmentaria de los pasajes conservados y por la arbitrariedad de las citas, sea por la insuficiencia del ambiente en que este pensamiento se desenvolvió, presenta gra­vísimas dificultades de interpretación, la cual es siempre acogida con la mayor des­confianza crítica; pero el fulgor relampa­gueante de su acento no deja dudas sobre la íntima y unitaria concreción de su prin­cipio esencial, y constituye un reactivo fecundísimo de sugestiones para los es­píritus más diversos.

Su dinamismo, aun quedando aislado frente a la tendencia predominante del período clásico de la fi­losofía griega, ejerció fuerte influjo, aunque éste no sea hoy fácil de apreciar exacta­mente, sobre el Estoicismo (v.), además de influir sobre la filosofía moderna, en par­ticular sobre Hegel, que expresamente re­conoció haber tomado de él su motivo ins­pirador.

L. Vertova

De la Naturaleza, Gerolamo Cardano

[De natura]. Breve tratado filosófico de Gerolamo Cardano (1501-1576), incluido en las «opera omnia» (Lyon, 1663).

Está dividido en tres partes: «De los principios de las cosas»; «De los cuerpos simples»; «Del alma, de los seres animados y de cuanto atañe a ello». Tres grandes principios obran sobre la Naturaleza y la constituyen: el espacio, la materia y la inteligencia o alma del mundo. No existe materia sin forma; la forma se confunde con el alma; todo cuerpo es, por tanto, animado, desde el hombre a las plantas o desde éstas a los minerales. Todas las almas, emanaciones del alma universal, diferentes y distintas las unas de las otras, son, sin embargo, iguales en su naturaleza; todas gozan de la inmor­talidad. Mientras los animales poseen un principio íntimo de movimiento (el instin­to) de que carecen las plantas, el hombre posee la conciencia, de la que los animales están desprovistos.

Cardano considera la Tierra inmóvil en el centro del Universo, se atiene a la concepción antropocéntrica, aunque no vacila en admitir que existe en el Universo un fin, y trata de explicar los fenómenos naturales por causas naturales. En conjunto, la obra de Cardano es una mezcla de teorías aristotélicas y estoicas, y las vagas referencias al método experi­mental y a puntos de vista más modernos, tales como los de Telesio y Bruno, no bas­tan para dar a este De natura un carácter original y actual.

G. Martinelli

De la Naturaleza, Agrigento

Poema filosófico de Empé­docles de Agrigento (483-423 a. de C.), co­nocido por fragmentos conservados por Sex­to Empírico, San Clemente de Alejandría, Plutarco, Simplicio y otros.

Después de la dedicatoria a su amigo Pausanias y de un oscuro prefacio, en el que el autor ruega a las Musas que comuniquen a los mortales las verdades que por ley eterna deben per­manecer ocultas, pasa a exponer una in­terpretación de los fenómenos naturales accesible a los mortales, por estar funda­da en el mundo de las sensaciones al que pertenecen todas las opiniones de los hom­bres: «Mira con toda tu fuerza las cosas por el lado que son patentes, no prestes ma­yor fe a la vista que al oído, ni al oído más que al testimonio del gusto, no niegues tampoco fe a ninguno de los otros órganos, porque cada uno de ellos es un camino del conocimiento, piensa en todas las cosas según el modo como se manifiestan».

El mundo está formado por una variada mez­colanza de los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, movidos por las fuerzas an­tagónicas de la Amistad y de la Discordia. La Amistad mezcla a todos los elementos en el Uno-Todo o Esfera, la Discordia obli­ga a todas las partículas a separarse del Todo y a unirse con las demás de su pro­pio elemento. Por eso, el nacimiento y la muerte son sólo aparentes. Igual ocurre con los mundos: nacen del Caos por la acción de la Discordia, subsisten gracias al equi­librio temporal de las dos fuerzas antagó­nicas.

Nacen y mueren en una vida pe­renne; cuando estén agotados todos los mundos posibles, reaparecerán de nuevo en el mismo orden en que ya aparecieron por vez primera. Empédocles traza asimismo una gnoseología rudimentaria: también en nosotros residen los cuatro elementos y las dos fuerzas, y conocemos lo semejante gra­cias a lo semejante: «Con la tierra cono­cemos la tierra, con el agua el agua, con el aire el divino aire, y con el fuego el fuego destructor, y con la Amistad la Amis­tad, con la luctuosa Discordia, la Discordia».

Esta grandiosa visión, escrita con estilo am­plio y fuerte, que desde muy antiguo fue comparado al «epos» homérico, es la pri­mera tentativa de construir una visión com­pleta del porvenir natural según princi­pios naturalistas; la figura y el pensa­miento de Empédocles, junto al de Demócrito, inspiraron a los grandes naturalistas del Renacimiento en los albores de la nue­va ciencia.

G. Preti

De la Naturaleza, Epicuro

Suma de la filosofía de Epicuro (342-270 a. de C.), de la que sólo nos que­dan fragmentos. Esta pérdida está en parte suplida por la «Epístola a Pitocles» (v. Epístolas de Epicuro), compilación de la obra De la Naturaleza (así lo reconocen incluso los que la declaran apócrifa), de la que puede considerarse como el frag­mento más valioso; en tanto que para el conocimiento de la teoría física de Epicuro la fuente más preciosa es la epístola de Herodoto.

La «Epístola a Pitocles» trata es­pecialmente de las doctrinas meteorológi­cas, sobre las cuales Epicuro no tenía ideas propias que fueran fruto de observaciones o de experiencias personales. Como no nos es posible examinar con la suficiente exac­titud los fenómenos celestes, y como les pueden ser asignadas causas diversas, no debemos pretender alcanzar sobre ellos una certidumbre imposible; por tanto, su inves­tigación «no debe hacerse según vanos enunciados o leyes dudosas, sino según los datos que nos son ofrecidos por los propios fenómenos», contentándonos con explicaciones probables.

Un mundo es una porción determinada y circunscrita del cielo, que contiene astros y tierra, netamente separado del infinito. Tales mundos son infinitos en número, y nacen cuando «ocurren determi­nados encuentros de átomos…, que se en­lazan entre sí…, hasta que alcanzan su composición propia y acaban su crecimien­to. No basta que ocurra un encuentro de átomos y se produzca un remolino…; esto está en oposición con los fenómenos. El sol y la luna y los demás astros… se for­man, luego crecen por nuevas agregacio­nes y torbellinos de determinadas substancias, constituidas por pequeñas y sutiles partículas, gaseosas, ígneas o partícipes de una o de otra naturaleza…».

El surgir y el declinar de estos astros puede explicarse, o porque se enciendan y apaguen, o por­que sucesivamente aparezcan sobre la Tie­rra y se oculten a nuestra vista, pues tales fenómenos son susceptibles de entrambas interpretaciones. Puede también ocurrir que los movimientos estén producidos por el movimiento en torbellino de todo el cielo, o bien que el cielo esté inmóvil y los as­tros giren por necesidad producida en la génesis del mundo. «Los movimientos tró­picos del sol y de la luna pueden producirse por oblicuación del cielo…, o porque hayan sido arrastrados a un vórtice que les im­prima un movimiento helicoidal», o por otras causas, todas ellas conciliables con el testimonio de los sentidos.

Lo mismo ocu­rre con las fases de la luna: nada se opone a que ésta tenga luz propia o a que la reciba del sol. «Es preciso recordar las di­versas explicaciones posibles, considerar las hipótesis y las causas concomitantes, y no dejarse arrastrar a una explicación unita­ria». Los eclipses de sol y de luna pueden producirse por extinción o por interposi­ción de otros cuerpos. También la sucesión ordenada de los fenómenos debe explicarse por analogía con los que ocurren sobre la Tierra. «Nunca se aduzca como causa de los fenómenos la intervención de una na­turaleza divina…; porque entonces todas nuestras investigaciones… resultarían va­nas».

Hay varias explicaciones sobre la du­ración desigual de los días y de las noches, y de los pronósticos del tiempo, «y ninguna de ellas está en oposición con los fenóme­nos». Pasa después a indicar las diversas explicaciones posibles de la formación de las nubes y de su resolución en lluvia; del origen de los truenos y los relámpagos, «seguramente por rozamiento de varias nu­bes», o por otras seis causas posibles, que enumera; de la causa de los rayos, respecto a los cuales, sin embargo, «no ha de darse fe a los mitos», sino que deben estudiarse partiendo de los datos sensibles.

De análoga manera sugiere para cada fenómeno distin­tas hipótesis; sobre el arco iris, por ejem­plo, Epicuro afirma que se produce porque «los rayos del sol se proyectan en el aire húmedo…, por lo que luego, refractándose la luz, los estratos cercanos al aire pueden recibir la coloración que vemos, porque esa coloración se proyecta sobre las partes componentes del aire». El último capítulo trata de los cometas, de las estrellas fuga­ces y de los pronósticos del tiempo.

Contra las tentativas de sugerir diversas hipótesis interpretativas de los distintos fenómenos, Epicuro no se cansa de advertir: «Pero este fenómeno puede también producirse por varias otras causas, con tal que en nuestras investigaciones sepamos atenernos a lo que está de acuerdo con los fenóme­nos…: querer buscar una solución única, es digno de los que quieren imponerla a los demás»; en cuanto a la hipótesis de que los animales con sus augurios determi­nan las tempestades, insiste en que ni ellos pueden influir, ni existe ningún ser divino que pueda producirlas por tales augurios. La solemne y repetida admonición a ser cautos en la pretensión de dar una inter­pretación única de los fenómenos de la Na­turaleza, dogmatizando en materia tan obs­cura, y asimismo la exhortación a que ex­cluyamos a la divinidad como causa inme­diata de estos fenómenos, constituye el mayor valor científico y filosófico que en­cierra de De la Naturaleza.

G. Pioli